¿Por qué lo llaman amor cuando lo que quieren decir es sexo?

Quisiera poder dejar al descubierto mis amplísimos conocimientos como cinéfilo experto, pero les confieso que en estos momentos sólo recuerdo que es española y de los noventa. Pero es el título de esta película lo que ahora mismo me interesa, y cae como anillo al dedo al asunto que hoy quiero ventilar.
En un ejercicio mental vamos a ese último recinto de los manjares más apetecidos por todos, o sea, el restaurante con "cocina fusión" del momento. Leemos la carta y encontramos uno de los platos estrella "El Sol entre Sombras". Un exquisito plato donde una rueda de Dorada, recién apartada del encanto de Neptuno, es escalfada en aceite hirviendo (¿???), y se encuentra a la sombra de una jungla de exóticos vegetales y una montaña de rayos de luna. ¿Le parece que ya le ha sucedido esto?, pues de eso hablo.
Tal vez el plato en cuestión, y en español, se trata de una rueda de Dorada fresca frita, guarnecida con una ensalada de centros de alcachofas, berro y nueces, y un puré de remolacha. ¿Por qué no nos lo describen así? Lo del nombre poético del plato es otra cosa, pero la descripción siempre debe ser clara.
No logro adivinar en qué se basa esa tendencia tonta de tratar de vendernos los platos con nombres adornados y exquisitas notas explicativas que en muchos casos logran despertar una expectativa tal que pueden llegar a verse desfavorecidos a la hora de ser degustados. Tal vez por su sabor, tal vez por la expectativa. He aquí el dilema.
He tenido en múltiples ocasiones, acompañado siempre de amigos expertos en el arte de comer, la oportunidad de ver cómo más de uno se pierde en la carta, tan llena de palabras grandes y de platos chicos. Así que, aunque yo apoyo eso de que "hay que tener intelecto para comer", hay que reconocer que no todo comensal, a pesar de lo gourmet que pueda ser, tiene por qué saberse la cartilla completa del ABC poético que tenga algún trasnochado cocinero en su maleta de cuchillos y necedades.
Dicen que de poetas, médicos y locos todos tenemos un poco. Pues de cocinero también, pienso yo. Así que para nada es de extrañar que todos tengamos más de un momento de romance con legumbres y vegetales en la intimidad de nuestra cocina casera, o la sobre exposición de una industrial. Pero este romance debería ser plasmado más en el plato que en la carta, y así nos enamoramos todos.
Aunque, lo reconozco, también pienso que a veces todos podemos llegar a pecar de vanidosos; trataremos siempre de vendernos con los mejores adjetivos; buscaremos llamar la atención o daremos un título larguísimo y llamativo a un artículo para atrapar a los lectores, lo confieso. El autor es cocinero y maquillador de alimentos.
En un ejercicio mental vamos a ese último recinto de los manjares más apetecidos por todos, o sea, el restaurante con "cocina fusión" del momento. Leemos la carta y encontramos uno de los platos estrella "El Sol entre Sombras". Un exquisito plato donde una rueda de Dorada, recién apartada del encanto de Neptuno, es escalfada en aceite hirviendo (¿???), y se encuentra a la sombra de una jungla de exóticos vegetales y una montaña de rayos de luna. ¿Le parece que ya le ha sucedido esto?, pues de eso hablo.
Tal vez el plato en cuestión, y en español, se trata de una rueda de Dorada fresca frita, guarnecida con una ensalada de centros de alcachofas, berro y nueces, y un puré de remolacha. ¿Por qué no nos lo describen así? Lo del nombre poético del plato es otra cosa, pero la descripción siempre debe ser clara.
No logro adivinar en qué se basa esa tendencia tonta de tratar de vendernos los platos con nombres adornados y exquisitas notas explicativas que en muchos casos logran despertar una expectativa tal que pueden llegar a verse desfavorecidos a la hora de ser degustados. Tal vez por su sabor, tal vez por la expectativa. He aquí el dilema.
He tenido en múltiples ocasiones, acompañado siempre de amigos expertos en el arte de comer, la oportunidad de ver cómo más de uno se pierde en la carta, tan llena de palabras grandes y de platos chicos. Así que, aunque yo apoyo eso de que "hay que tener intelecto para comer", hay que reconocer que no todo comensal, a pesar de lo gourmet que pueda ser, tiene por qué saberse la cartilla completa del ABC poético que tenga algún trasnochado cocinero en su maleta de cuchillos y necedades.
Dicen que de poetas, médicos y locos todos tenemos un poco. Pues de cocinero también, pienso yo. Así que para nada es de extrañar que todos tengamos más de un momento de romance con legumbres y vegetales en la intimidad de nuestra cocina casera, o la sobre exposición de una industrial. Pero este romance debería ser plasmado más en el plato que en la carta, y así nos enamoramos todos.
Aunque, lo reconozco, también pienso que a veces todos podemos llegar a pecar de vanidosos; trataremos siempre de vendernos con los mejores adjetivos; buscaremos llamar la atención o daremos un título larguísimo y llamativo a un artículo para atrapar a los lectores, lo confieso. El autor es cocinero y maquillador de alimentos.
Diario Libre
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