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Recuento de una vida sibarita

Hay días en los que me siento melancólico, hoy es uno de esos.

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Recuento de una vida sibarita
Igual que la vista y el oído, el gusto y el olfato nos evocan recuerdos aún más vívidos que si leyéramos cien diarios recontando nuestra vida. FOTO: GETTYIMAGES
No me pasa con regularidad, aunque debo admitir que ciertos sentimientos deberían abrumarnos con mayor frecuencia. Permítanme explicar tan radical apertura.

Para la mayoría de las personas la vista o el sonido resultan ser los sentidos principales, sentidos a través de los cuales muchas veces nos remontamos en el tiempo a épocas mejores, llenas de recuerdos felices, amistades de niñez, tardes bajo el sol o paseos a lugares inolvidables... A veces siento envidia. Envidia porque a veces no logro recordar los viajes de los que hablan mis padres o los momentos cómicos que recuerdan mis hermanos, hoy no es uno de esos días.

Mientras hundo mis dientes en el humeante hojaldre de cordero frente a mí, mis manos se acercan a la copa de vino destinada a refrescar mis labios y mi memoria. Tras el primer sorbo, estoy allí. Estoy con Rosa y con Mariam, con Juan y Miguel. Todos reímos mientras comemos los exquisitos platos que tenemos en frente. Intercambiamos opiniones y teorías sobre la botella que acabamos de descorchar. Elogiamos la destreza de quienes hoy nos han preparado tan suculento manjar, mientras la segunda botella ya va de mano en mano en vía de ser consumida hasta llevarnos a todos a un estado de júbilo que sólo puede ser alcanzado luego de una leve dosis de alcohol mezclada con euforia. Jardines se acerca. Con el acostumbrado respeto, pero sin ocultar su sonrisa, nos cuestiona sobre el estado del almuerzo. Silvio asoma la cabeza. Parecería que por nuestras caras ha descifrado nuestra complacencia, pues se retira antes de preguntar nada. Todo esto es un momento en el tiempo retratado en mi memoria por una mezcla de harina, cordero, mantequilla y tempranillo.

Así de fuerte es la gastronomía. Igual que la vista y el oído, el gusto y el olfato nos evocan recuerdos aún más vívidos que si leyéramos cien diarios recontando nuestra vida. Creo que sólo los que llevan esta pasión en la sangre me entienden. Esas personas que, como yo, no entienden cómo hay algunos que comen para vivir, mientras se puede vivir para comer. ¡Cuántos manjares esperan aún por ser degustados!

Miro mi plato. Me planteo la disyuntiva de si está medio lleno o medio vacío. Concluyo que simplemente está por la mitad, así como mis pensamientos. Papel y lápiz en mano pienso también en Beatriz, a la cual le debo ya varias páginas. Creo que esto será interesante para ella…

Así que, la próxima vez que coma, no se olvide de recordar. Recordar a sus padres y a su abuelita, la que cuando niña te brindaba el té con galletas. Recuerda a la tía, aquella que traía los chocolates desde Nueva York. Pero, sobre todo, recuerda a tus seres queridos (familiares o amigos), esos que compartieron contigo los momentos de júbilo, esos que recuerdas con cada sorbo y cada bocado que te hace feliz.