Sinfonía culinaria

Con sartenes, ollas, pilones, cuchillos, cubiertos y copas, Emil Vega demuestra que una sinfonía no sólo tiene lugar en el escenario sino entre los fogones de una cocina. Todo está en su imaginación.
Detesto el ruido. Cada vez que tengo la oportunidad salgo de la ciudad huyéndole al "forte" ruido. Aunque éste me irrita, he tenido que aceptar algunos de ellos, pues forman parte de la vida cotidiana. Recuerdo haber visto varios anuncios publicitarios donde a partir de algunos ruidos han compuesto formidables canciones. Como forma de poder tolerar los desagradables ruidos he adoptado esta genial idea, haciendo un ejercicio mental convirtiéndolos en ‘sonidos’ o notas musicales que, junto a otros, forman melodías, e incluso han llegado a convertirse en grandes sinfonías.
Uno de estos casos se da en la cocina. El constante ‘cuc, cuc, cuc’ que hace el pilón, a simple oído no es agradable. Pero como este ruido tiene su propósito (majar ajo y especias, la llave para abrir paso a algo que sin duda valdrá la pena, generalmente suculento) al analizarlo un poco lo convierto en percusión, la base de una melodía. Un sonido que va marcando un tiempo en 4/4, y el cual será la base rítmica de una obra maestra.
Luego de la ‘majadera’, la cual permanece en mi mente, al tomar el cuchillo y comenzar el corte, este nuevo sonido ya tiene sentido y es incorporado al anterior, agregándole poliritmia a mi base rítmica ya combinada. Al sacar sartenes y ollas, éstas emiten otros sonidos (sumamente desagradables para quien no tiene el ritmo en cuestión en la mente) que, esta vez, sí suenan armoniosos y son incorporados a los anteriores.
Mientras sazono imagino la sección de cuerdas, y en lo que amaso con las manos incorporo la sección de vientos. Entran los contrabajos con el agua hirviendo y guayos funcionando, y el aceite caliente y las tapas componen un crescendo que llega al último movimiento de la sinfonía al saltear o freír lo sazonado. Los cubiertos colocados en la mesa junto al hielo vertido en las copas se convierten en los calderones finales, con lo que la obra culmina en un cierre magistral al verter líquido sobre el hielo.
¿Aplausos para el director? Vienen con los ¡Uy, qué sabroso…! El autor es director de la revista Gastroteca, una publicación trimestral dedicada a la gastronomía gourmet.
Detesto el ruido. Cada vez que tengo la oportunidad salgo de la ciudad huyéndole al "forte" ruido. Aunque éste me irrita, he tenido que aceptar algunos de ellos, pues forman parte de la vida cotidiana. Recuerdo haber visto varios anuncios publicitarios donde a partir de algunos ruidos han compuesto formidables canciones. Como forma de poder tolerar los desagradables ruidos he adoptado esta genial idea, haciendo un ejercicio mental convirtiéndolos en ‘sonidos’ o notas musicales que, junto a otros, forman melodías, e incluso han llegado a convertirse en grandes sinfonías.
Uno de estos casos se da en la cocina. El constante ‘cuc, cuc, cuc’ que hace el pilón, a simple oído no es agradable. Pero como este ruido tiene su propósito (majar ajo y especias, la llave para abrir paso a algo que sin duda valdrá la pena, generalmente suculento) al analizarlo un poco lo convierto en percusión, la base de una melodía. Un sonido que va marcando un tiempo en 4/4, y el cual será la base rítmica de una obra maestra.
Luego de la ‘majadera’, la cual permanece en mi mente, al tomar el cuchillo y comenzar el corte, este nuevo sonido ya tiene sentido y es incorporado al anterior, agregándole poliritmia a mi base rítmica ya combinada. Al sacar sartenes y ollas, éstas emiten otros sonidos (sumamente desagradables para quien no tiene el ritmo en cuestión en la mente) que, esta vez, sí suenan armoniosos y son incorporados a los anteriores.
Mientras sazono imagino la sección de cuerdas, y en lo que amaso con las manos incorporo la sección de vientos. Entran los contrabajos con el agua hirviendo y guayos funcionando, y el aceite caliente y las tapas componen un crescendo que llega al último movimiento de la sinfonía al saltear o freír lo sazonado. Los cubiertos colocados en la mesa junto al hielo vertido en las copas se convierten en los calderones finales, con lo que la obra culmina en un cierre magistral al verter líquido sobre el hielo.
¿Aplausos para el director? Vienen con los ¡Uy, qué sabroso…! El autor es director de la revista Gastroteca, una publicación trimestral dedicada a la gastronomía gourmet.
Diario Libre
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