Un verano en Mallorca

No me lo dijo Pérez sino Beatriz, que también estuvo en Mallorca. Lo de Pérez es por una vieja canción ("hortera" –diría la misma Beatriz) que ganó, allá por los sesenta, cuando se quería promocionar a Mallorca como destino turístico, el festival de esa ciudad.
Las bases del concurso especificaban que la canción, en su letra, tenía que aludir a la isla. Y así era en efecto pues decía así: "Me lo dijo Pérez/ que estuvo en Mallorca/que allí la alegría/ de noche y de día/ nunca tiene fin".
Otro año, ganó otra de estas canciones que se titulaba "El puente" y hablaba de la necesidad de construir un puente "desde Valencia hasta Mallorca sin necesidad de tomar el barco o el avión".
Pensé instintivamente en esas canciones tan "cutres", interpretadas generalmente por "Los tres sudamericanos" cuando Beatriz, que contestaba al celular después de días de ausencia, me dijo, con aire de superioridad y como para darme envidia, que acababa de llegar de Mallorca donde se había pasado cuatro días al sol, hospedada en un hotel con todas las estrellas del mundo y viajando en primera clase.
Yo, como para no quedarme abajo y contrarrestar la arremetida, le contesté:
– Yo también estaba de viaje… en Miami…
Ella debió de reírse por lo bajo ya que jamás será lo mismo pasear por el Borne que por el Bayside, contemplar el palacio de la Almudaina que darse una vueltecita por Vizcaya, donde cubanitas quinceañeras se toman fotos de lo más cursis como recuerdo de su fiesta de cumpleaños.
Beatriz, de seguro que vio el castillo de Bellver, la calle de Colón, la plaza de Cort y el ayuntamiento. Apuesto a que se sentó a tomar un aperitivo en una terraza de la calle Apuntadores o en Gomila, si es que aún existen esos lugares después de décadas de ausencia. Pasó por el Paseo Marítimo de la misma manera que yo paseé por Miami Beach.
Pero, insisto, no era lo mismo. Mallorca es para mí una asignatura pendiente, algo así como uno de esos veranos en los que llueve a cántaros y te tienes que quedar en el lobby del hotel jugando dominó con otros huéspedes tan aburridos como tú. Y lo es porque, con Mallorca, yo caí en un gancho.
Entré a la agencia de viajes de la Gran Vía madrileña y aproveché aquella excursión a Palma que estaba baratísima.
A los pocos días me encontraba en el aeropuerto mientras divisaba a lo lejos a George Kennedy, entonces conocido, rubicundo y altísimo actor secundario de tantas y tantas películas.
Al llegar a Mallorca nos estaba esperando un autobús que nos llevó por carreteras de escasísima vegetación y de austeros paisajes. Después de rodar y rodar nos depositaron en un hotel minúsculo que más bien parecía estar situado en un pueblo perdido y donde las habitaciones rústicas y pequeñas no tenían ni aire acondicionado ni tan siquiera un abanico. El calor era insufrible y el centro de la ciudad con sus turistas de todas las latitudes, con sus cuevas, sus discotecas y sus noches interminables quedaba allá, en la lejanía. La playa no. La playa estaba al doblar de la esquina pero es que en Mallorca todo es playa.
La nuestra, la cercana, no tenía nada de glamorosa ni de espectacular. Era arena, agua y una población, en traje de baño, compuesta principalmente por obreros españoles que disfrutaban de sus vacaciones.
Yo, acostado sobre mi toalla, me resigné a que, de ahora en adelante, Mallorca fuera una niña que me salpicaba de agua y de arena cada vez que pasaba por mi lado una señora gorda de piernas varicosas que le llamaba la atención y una autobiografía de Bette Davis que devoré más rápido que inmediatamente.
La Mallorca de Beatriz, la de primera clase y hoteles de lujo, aún no la conozco.
Las bases del concurso especificaban que la canción, en su letra, tenía que aludir a la isla. Y así era en efecto pues decía así: "Me lo dijo Pérez/ que estuvo en Mallorca/que allí la alegría/ de noche y de día/ nunca tiene fin".
Otro año, ganó otra de estas canciones que se titulaba "El puente" y hablaba de la necesidad de construir un puente "desde Valencia hasta Mallorca sin necesidad de tomar el barco o el avión".
Pensé instintivamente en esas canciones tan "cutres", interpretadas generalmente por "Los tres sudamericanos" cuando Beatriz, que contestaba al celular después de días de ausencia, me dijo, con aire de superioridad y como para darme envidia, que acababa de llegar de Mallorca donde se había pasado cuatro días al sol, hospedada en un hotel con todas las estrellas del mundo y viajando en primera clase.
Yo, como para no quedarme abajo y contrarrestar la arremetida, le contesté:
– Yo también estaba de viaje… en Miami…
Ella debió de reírse por lo bajo ya que jamás será lo mismo pasear por el Borne que por el Bayside, contemplar el palacio de la Almudaina que darse una vueltecita por Vizcaya, donde cubanitas quinceañeras se toman fotos de lo más cursis como recuerdo de su fiesta de cumpleaños.
Beatriz, de seguro que vio el castillo de Bellver, la calle de Colón, la plaza de Cort y el ayuntamiento. Apuesto a que se sentó a tomar un aperitivo en una terraza de la calle Apuntadores o en Gomila, si es que aún existen esos lugares después de décadas de ausencia. Pasó por el Paseo Marítimo de la misma manera que yo paseé por Miami Beach.
Pero, insisto, no era lo mismo. Mallorca es para mí una asignatura pendiente, algo así como uno de esos veranos en los que llueve a cántaros y te tienes que quedar en el lobby del hotel jugando dominó con otros huéspedes tan aburridos como tú. Y lo es porque, con Mallorca, yo caí en un gancho.
Entré a la agencia de viajes de la Gran Vía madrileña y aproveché aquella excursión a Palma que estaba baratísima.
A los pocos días me encontraba en el aeropuerto mientras divisaba a lo lejos a George Kennedy, entonces conocido, rubicundo y altísimo actor secundario de tantas y tantas películas.
Al llegar a Mallorca nos estaba esperando un autobús que nos llevó por carreteras de escasísima vegetación y de austeros paisajes. Después de rodar y rodar nos depositaron en un hotel minúsculo que más bien parecía estar situado en un pueblo perdido y donde las habitaciones rústicas y pequeñas no tenían ni aire acondicionado ni tan siquiera un abanico. El calor era insufrible y el centro de la ciudad con sus turistas de todas las latitudes, con sus cuevas, sus discotecas y sus noches interminables quedaba allá, en la lejanía. La playa no. La playa estaba al doblar de la esquina pero es que en Mallorca todo es playa.
La nuestra, la cercana, no tenía nada de glamorosa ni de espectacular. Era arena, agua y una población, en traje de baño, compuesta principalmente por obreros españoles que disfrutaban de sus vacaciones.
Yo, acostado sobre mi toalla, me resigné a que, de ahora en adelante, Mallorca fuera una niña que me salpicaba de agua y de arena cada vez que pasaba por mi lado una señora gorda de piernas varicosas que le llamaba la atención y una autobiografía de Bette Davis que devoré más rápido que inmediatamente.
La Mallorca de Beatriz, la de primera clase y hoteles de lujo, aún no la conozco.
Diario Libre
Diario Libre