"Yo solamente soy un tenor. ¡Yo soy el tenor dominicano!"
Cuando se quiere de veras, 28 de noviembre, en el Teatro Nacional

Santo Domingo . Francisco Casanova prepara un concierto que ofrecerá el 28 de noviembre en el Teatro Nacional, con el respaldo de la Fundación Amigos del Teatro Nacional. Con tal razón, DL se interesó en conversar con el gran tenor dominicano.
P. ¿Cómo es la vida de un tenor, cuáles son sus temores cotidianos, qué pequeñas cosas lo hacen feliz o infeliz, además de tener la voz en excelente estado y recibir los aplausos del público donde se presente?
R. El temor esencial es cualquier gripe, cualquier infección en la garganta, en los pulmones, que te haga perder la voz temporalmente. Cuando hay alguien que tiene gripe y quieres saludar o abrazar a ese amigo que hace tiempo no ves, entonces te tienes que reprimir. Cuando alguien estornuda enseguida pregunto quién estornudó. ¡Ah, hay que alejarse de ahí!
P. Su regia formación como cantante de ópera, siendo proveniente de una zona del mundo donde hasta la zarzuela suena como algo de extraterrestres, habla de un talento innato. ¿Cuáles son los cimientos, los pilares de su logro?
R. Creo que la mayor cualidad que pueda tener es mi terquedad. Soy nieto de una señora muy inteligente y terca que se llamaba María Chahín, la madre de mi padre y ella me inoculó con su terquedad. Comprendí muy joven que tenía un talento que tenía que expresarse a través del canto. Mi madre es pianista, mi padre cantaba y tocaba el violín. Desde siempre estuve rodeado de música. Comencé a estudiar a los 7 años con el maestro Cuto Estévez, en la Academia Municipal de Música de mi pueblo, El Seibo y después en el Conservatorio Nacional de Música, en la Capital.
A nivel subconsciente, mi padre fue mi pr¡mer maestro. Recientemente he descubierto unas grabaciones caseras y me dí cuenta lo bien que cantaba mi padre. En el mundo me comparan mucho con Carlo Bergonzzi, el gran tenor italiano, y es un honor; pero al descubrir esas grabaciones de mi papá me dí cuenta que mi fraseo es imitación de mi padre.
Venir de un país del Tercer Mundo como éste ha sido muy duro en mi carrera. Decir que uno es un tenor dominicano es como mentarle la madre a alguien. Porque no conciben cómo puede ser posible que un dominicano cante ópera de esa manera, que incluso en El Corriere de la Sera el señor Paulo Izota, uno de los críticos más acervos, elogia mi trabajo, lo que me llena de satisfacción, de orgullo, especialmente porque vengo de República Dominicana.
P. Hablando de orgullo, los caribeños somos dados a la hiperbolización y exageración de las cosas, lo cual es natural porque somos isleños. Nuestros colegas repiten con orgullo patrio que Ud. es el cuarto tenor del mundo. ¿Existe algún medidor para eso, algún crítico especializado del mundo hizo esa catalogación? ¿Dónde colocamos a Jaume Aragall, a Peter Dvorsky, al mexicano Rolando Villazón, al peruano Juan Diego Flores? ¿Se considera Francisco Casanova el cuarto tenor del mundo?
R. Yo soy un tenor. ¡Yo soy el tenor dominicano! Fíjate lo que ocurre, ante el fenómeno de los tres tenores, todos los tenores de mi generación quisieron convertirse en los seguidores de esas tres carreras. Yo siempre evité eso. Lo importante es el trabajo.
El año pasado, cuando yo cantaba la ópera Um Balo in Maschera, de Giuseppe Verdi, el crítico Alonso, del periódico El País, de España, me echó ese piropo. Le gustó tanto mi interpretación de Riccardo que el título de la crítica fue "El cuarto tenor". Eso fue un piropo. Y yo se lo agradecí, porque yo crecí escuchando a esos tres señores. Porque son ejemplos a imitar, cada uno por su propia cualidad. Pero el cuarto, el tercero, todo eso es relativo. Cada cual tiene su momento y cada cual hace lo suyo bien. El propio Villazón es un gran tenor, lo escuché cantar un Alfredo en el Metropolitan hace un tiempo y fuí y lo saludé y me llenó de emoción. Hay que señalar también a Ramón Vargas, mi amigo Marcello Giordani. Agradezco el piropo: es un reconocimiento, muy bonito y lo asumo como una responsabilidad para el trabajo futuro.
P. Desde el punto de vista mercadológico, la producción de "Los tres tenores" colocó la varilla a saltar un poco alta; pero a la vez es una retranca.
R. En realidad, esa producción ha ido en detrimento del oficio, ¿sabe? Es un peligro y me alegra que Ud. lo entienda. Hay que tener en cuenta que el género responde a otras necesidades de otros tiempos en otros países. La ópera se inventa a fines del siglo XVI, lo cual responde a una ausencia de factores tecnológicos que hoy existen: como el micrófono. Así que ese fenómeno de Los tres tenores hay que tomarlo con su granito de sal; como un espectáculo, donde se cantan ciertas arias operísticas con mucha música popular, pero que nada tiene que ver con la ópera de verdad, que como sabemos se hace realmente en el teatro.
Venir de un país del Tercer Mundo como éste ha sido muy duro en mi carrera. Decir que uno es un tenor dominicano es como mentarle la madre a alguien".
P. ¿Cómo es la vida de un tenor, cuáles son sus temores cotidianos, qué pequeñas cosas lo hacen feliz o infeliz, además de tener la voz en excelente estado y recibir los aplausos del público donde se presente?
R. El temor esencial es cualquier gripe, cualquier infección en la garganta, en los pulmones, que te haga perder la voz temporalmente. Cuando hay alguien que tiene gripe y quieres saludar o abrazar a ese amigo que hace tiempo no ves, entonces te tienes que reprimir. Cuando alguien estornuda enseguida pregunto quién estornudó. ¡Ah, hay que alejarse de ahí!
P. Su regia formación como cantante de ópera, siendo proveniente de una zona del mundo donde hasta la zarzuela suena como algo de extraterrestres, habla de un talento innato. ¿Cuáles son los cimientos, los pilares de su logro?
R. Creo que la mayor cualidad que pueda tener es mi terquedad. Soy nieto de una señora muy inteligente y terca que se llamaba María Chahín, la madre de mi padre y ella me inoculó con su terquedad. Comprendí muy joven que tenía un talento que tenía que expresarse a través del canto. Mi madre es pianista, mi padre cantaba y tocaba el violín. Desde siempre estuve rodeado de música. Comencé a estudiar a los 7 años con el maestro Cuto Estévez, en la Academia Municipal de Música de mi pueblo, El Seibo y después en el Conservatorio Nacional de Música, en la Capital.
A nivel subconsciente, mi padre fue mi pr¡mer maestro. Recientemente he descubierto unas grabaciones caseras y me dí cuenta lo bien que cantaba mi padre. En el mundo me comparan mucho con Carlo Bergonzzi, el gran tenor italiano, y es un honor; pero al descubrir esas grabaciones de mi papá me dí cuenta que mi fraseo es imitación de mi padre.
Venir de un país del Tercer Mundo como éste ha sido muy duro en mi carrera. Decir que uno es un tenor dominicano es como mentarle la madre a alguien. Porque no conciben cómo puede ser posible que un dominicano cante ópera de esa manera, que incluso en El Corriere de la Sera el señor Paulo Izota, uno de los críticos más acervos, elogia mi trabajo, lo que me llena de satisfacción, de orgullo, especialmente porque vengo de República Dominicana.
P. Hablando de orgullo, los caribeños somos dados a la hiperbolización y exageración de las cosas, lo cual es natural porque somos isleños. Nuestros colegas repiten con orgullo patrio que Ud. es el cuarto tenor del mundo. ¿Existe algún medidor para eso, algún crítico especializado del mundo hizo esa catalogación? ¿Dónde colocamos a Jaume Aragall, a Peter Dvorsky, al mexicano Rolando Villazón, al peruano Juan Diego Flores? ¿Se considera Francisco Casanova el cuarto tenor del mundo?
R. Yo soy un tenor. ¡Yo soy el tenor dominicano! Fíjate lo que ocurre, ante el fenómeno de los tres tenores, todos los tenores de mi generación quisieron convertirse en los seguidores de esas tres carreras. Yo siempre evité eso. Lo importante es el trabajo.
El año pasado, cuando yo cantaba la ópera Um Balo in Maschera, de Giuseppe Verdi, el crítico Alonso, del periódico El País, de España, me echó ese piropo. Le gustó tanto mi interpretación de Riccardo que el título de la crítica fue "El cuarto tenor". Eso fue un piropo. Y yo se lo agradecí, porque yo crecí escuchando a esos tres señores. Porque son ejemplos a imitar, cada uno por su propia cualidad. Pero el cuarto, el tercero, todo eso es relativo. Cada cual tiene su momento y cada cual hace lo suyo bien. El propio Villazón es un gran tenor, lo escuché cantar un Alfredo en el Metropolitan hace un tiempo y fuí y lo saludé y me llenó de emoción. Hay que señalar también a Ramón Vargas, mi amigo Marcello Giordani. Agradezco el piropo: es un reconocimiento, muy bonito y lo asumo como una responsabilidad para el trabajo futuro.
P. Desde el punto de vista mercadológico, la producción de "Los tres tenores" colocó la varilla a saltar un poco alta; pero a la vez es una retranca.
R. En realidad, esa producción ha ido en detrimento del oficio, ¿sabe? Es un peligro y me alegra que Ud. lo entienda. Hay que tener en cuenta que el género responde a otras necesidades de otros tiempos en otros países. La ópera se inventa a fines del siglo XVI, lo cual responde a una ausencia de factores tecnológicos que hoy existen: como el micrófono. Así que ese fenómeno de Los tres tenores hay que tomarlo con su granito de sal; como un espectáculo, donde se cantan ciertas arias operísticas con mucha música popular, pero que nada tiene que ver con la ópera de verdad, que como sabemos se hace realmente en el teatro.
Venir de un país del Tercer Mundo como éste ha sido muy duro en mi carrera. Decir que uno es un tenor dominicano es como mentarle la madre a alguien".
Alfonso Quiñones
Alfonso Quiñones