Las vulnerabilidades en la defensa del espacio aéreo dominicano
Mientras el uso de sistemas de detección electrónica para detectar aeronaves ilícitas, drones y otros artefactos es cada vez más necesario, República Dominicana se mantiene sin radares militares para dicho control.

Los presentes conflictos de Ucrania y el Medio Oriente nos han introducido a un nuevo estilo de guerra en el que el uso de drones de bajo costo, así como los radares para su detección, han pasado a ser armas preferidas tanto para la ofensiva como para la defensa.
A diario vemos cómo drones kamikaze iraníes, de bajo costo, se estrellan contra objetivos en ciudades como Dubái y Doha, mientras sus equipos de defensa dirigidos por radares de última generación salen a interceptarlos. Para nosotros en República Dominicana esto pareciera algo lejano, de lo que no tenemos que preocuparnos, pero cuando analizamos las capacidades y la planificación de nuestras autoridades, nos damos cuenta que estamos completamente expuestos.
Crisis venezolana y el peligro para la región
Desde finales del año pasado, la región del Caribe vivió la tensión de tener la flota naval más grande en décadas desplegada en sus aguas. Se trató del despliegue norteamericano con miras a presionar al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela para que entregara el poder y saliera de manera pacífica.
Al no hacerlo, el presidente Trump ordenó la incursión militar en Venezuela y el arresto de Maduro.
Pero desde el punto de vista de defensa, ¿qué significó esto para República Dominicana?
Aunque aportamos algo de apoyo logístico al permitir el uso de nuestro Aeropuerto Internacional de Las Américas (AILA) a aviones cisterna norteamericanos, el conflicto con Venezuela también se sintió como algo lejano, aunque debajo de la mesa existía cierta preocupación en círculos aeronáuticos y de defensa de que Venezuela utilizase una estrategia similar a la que utiliza Irán hoy en día, y que atacase con drones a los países aliados de EE. UU. en la región, como República Dominicana.
Y es que Venezuela habría adquirido los drones iraníes diseñados para usos militares ofensivos, similares a los que hoy se utilizan en el conflicto del Medio Oriente.
Programa de drones venezolanos
En 2006, la República Bolivariana de Venezuela firmó un acuerdo de cooperación técnica-militar con la República Islámica de Irán, en el que se incluyó transferencia de tecnología de drones, entrenamiento y piezas.
El fabricante iraní de drones Qods Aviation Industries, creador del Mohajer-2, proveyó a Venezuela de los primeros kits para armar drones. De acuerdo con el Miami Herald, en 2009 se inició un programa secreto de ensamblaje de drones en Venezuela, con la fabricación del modelo venezolano Arpía-001, un derivado directo del Mohajer-2 iraní.
En junio de 2012 el presidente de Venezuela en ese entonces, Hugo Chávez Frías, publicó orgullosamente los detalles del programa, argumentando inicialmente que era con fines pacíficos, primordialmente para vigilancia.
En 2020, el gobierno de Venezuela creó la Empresa Aeronáutica Nacional S.A. (EANSA), encargada del programa de fabricación de drones venezolano, el cual junto a Irán pasó a la producción de drones de ataque, que incluían los ANSU-100 y -200, capaces de bombardeo aire-tierra y poca detectabilidad.
Pero la capacidad adquirida más alarmante para la región es la fabricación de los ANSU-200, una versión venezolana del dron de ataque iraní Shahed-136, capaz alcanzar distancias entre 1,000 y 1,500 km. Según el Miami Herald, esto significaba que por primera vez un país latinoamericano operaba drones armados de mediano-largo alcance.

Vulnerabilidad dominicana
La República Dominica y Venezuela están separadas por solo 687 km de mar Caribe, lo que les posiciona muy cerca en relación con el uso de aeronaves militares.
Por décadas, nuestro país ha tenido problemas custodiando física y electrónicamente su espacio aéreo, ya que no cuenta con radares primarios militares, o con una fuerza aérea capaz de custodiar todo el espectro aéreo del país (las aeronaves de la fuerza aérea están restringidas a bajas alturas y velocidades, debido a que no contamos con jets militares).
Incluso, hace más de una década se estableció la necesidad de radares militares como parte de la estrategia de control del espacio aéreo por temas de narcotráfico, y se adquirió una primera unidad en Israel, pero estos nunca fueron instalados.
- Al día de hoy, el país solo cuenta con tres radares primarios/secundarios de uso civil, diseñados para el control de tráfico aéreo y no para la detección de aeronaves ilícitas o drones militares.
A esto se añade la falta de interoperatividad entre la Fuerza Aérea de República Dominicana (FARD) y el Instituto Dominicano de Aviación Civil (IDAC), el cual controla esos radares y emplea a los controladores de tránsito aéreo.
Como piloto de transporte de línea aérea, me parece increíble que, en un espacio aéreo tan denso como el dominicano, no exista un enlace entre el centro nacional de control de tránsito aéreo del IDAC y la FARD.
Crisis venezolana y la preocupación de impacto en RD
Durante la reciente crisis entre Venezuela y EE. UU., en la que se vivieron momentos de tensión en el Caribe, círculos profesionales de pilotos dominicanos discutimos la posibilidad de que Venezuela utilizase sus drones ANSU-200 contra objetivos civiles en países aliados de EE. UU. en la región, como una forma de represalia (tal cual sucede hoy entre Irán y los países del golfo Pérsico, o entre Rusia y los países de Europa).
En el caso de República Dominicana, la preocupación era mayor, pues como hemos explicado, no contamos con un sistema de detección para dichos drones, y EE. UU. no instaló uno en el país durante la estadía de sus aviones cisterna en el AILA. No contamos siquiera con un plan de acción de qué hacer con el tráfico aéreo civil en caso de un ataque así, aún cuando tenemos el aeropuerto de mayor congestión en el Caribe (Punta Cana).
El argumento del apoyo de la flota americana
Durante muchas de estas discusiones técnicas surgía la lógica de algunos de que las FF. AA. americanas, como aliadas de nuestros gobiernos, nos protegerían en caso de que Venezuela tomase represalias contra nosotros utilizando sus drones.
Esto generalmente era respondido con el argumento de que la flota americana estaba enfocada en defenderse a sí misma, no a nosotros los aliados. Y que, para detectar y derribar estos pequeños drones, hay que estar casi en el medio de su trayecto hacia el objetivo, pues no solo son pequeños, sino que vuelan muy cerca de la superficie.
Estas teorías han sido demostradas en el presente conflicto de Medio Oriente, pues aún con un despliegue mucho mayor (se estima que la mitad de la fuerza aérea norteamericana y un tercio de su armada está desplegada en Medio Oriente), no han podido detener los ataques de drones kamikaze iraníes a lo largo del golfo Pérsico. Lo que les ha ayudado bastante en el proceso es que cada país cuente con su propio sistema de detección y derribo.
Nueva industria aeronáutica dominicana
La creación mediante fideicomiso de la nueva industria aeronáutica dominicana por parte del presidente Luis Abinader supone un cambio de paradigma en este sentido. Como ya se ha demostrado con el ensamblaje de los TP-75 DULUS, el país es capaz de producir sus propias aeronaves.
Por lo que, siguiendo el ejemplo venezolano, debemos enfocar los esfuerzos en el desarrollo de drones de vigilancia y defensa, tal como se hace en los presentes conflictos de Medio Oriente y Ucrania, y sobre todo en estrategias de detección y derribo de drones ilegales.
Estas pueden organizarse mejor cuando se tiene el conocimiento del diseño y fabricación que nos da una industria nacional.
Aunque, gracias a Dios, nuestro país no fue objeto de ninguna situación con drones venezolanos, pues la incursión norteamericana fue rápida y exitosa, la situación que viven nuestros colegas pilotos en los países del golfo Pérsico con la incursión de estos drones kamikaze nos lleva a la reflexión de nuestra vulnerabilidad en el panorama aeronáutico.
Una amenaza que, debido a la facilidad de su alcance, es cada día más real para todos nosotros.


Francisco J. Diaz