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Ashurov, el abogado que cabalgó para ayudar a los apátridas de Asia Central

Antonio Broto

Ginebra, 7 oct (EFE).- Al volante de un todoterreno, a pie o a caballo, el abogado Azizbek Ashurov ha pasado cinco años de su vida recorriendo su país, Kirguizistán, para ayudar a miles de personas que quedaron sin nacionalidad tras la disolución de la Unión Soviética, una labor por la que hoy le premia Naciones Unidas.

Ashurov recoge esta noche en Ginebra el Premio Nansen, el máximo galardón anual de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), que por primera vez en 65 años quiere reconocer la labor de ayuda a los apátridas, millones de personas en todo el mundo que sufren un gran olvido por su condición al margen del sistema.

La labor de Ashurov ha contribuido a que su país, en Asia Central y situado en el cruce de caminos de la antigua Ruta de la Seda, haya sido el primero del mundo en nacionalizar a toda su comunidad apátrida, formada por decenas de miles de personas a quienes la caída de la Unión Soviética dejó 30 años sin nacionalidad y, por tanto, sin Estado.

'Eran como fantasmas, no existían en las estadísticas y eso era un problema para el Estado', relata en una entrevista a Efe el abogado de 38 años, para quien el galardón no es sólo suyo sino que 'premia a toda la gente que en el mundo está trabajando para terminar con la situación de los apátridas'.

En 1990 y 1991, la disolución de la URSS desembocó en la aparición de 15 nuevas repúblicas y millones de personas sin una nacionalidad que les diera derecho a educación, sanidad o posibilidades de trabajo estable, un problema que algunos arrastraron hasta hoy.

La misma familia del abogado kirguís lo sufrió en los 90, ya que emigraron de la vecina Uzbekistán a Kirguizistán, origen de su familia, pero pasaron un tiempo sin poder normalizar su situación, algo que marcó a Ashurov desde su juventud.

'Soportamos aquel proceso burocrático, incluso para un abogado como yo es difícil', señala Ashurov, quien con apenas 20 años comenzó una labor solidaria que ha beneficiado a 10.822 ciudadanos que gracias a él dejaron de ser apátridas, según la cuenta que lleva.

En 2003, él y otros colegas crearon Abogados Sin Fronteras del Valle de Fergana, una organización de asesoramiento legal para los habitantes de una de las zonas más étnicamente diversas de Asia Central, repartida actualmente entre tres países (Kirguizistán, Uzbekistán y Tayikistán).

En ese mosaico étnico rodeado de cordilleras de hasta 7.000 metros de altura, en el que kirguisos y uzbecos han protagonizado violentos enfrentamientos desde los años 90, Ashurov comenzó su trabajo, que después se extendió a todo su país gracias a su poder de convicción con las autoridades.

'Les explicamos cuán grande era el problema, pero también cómo podría beneficiarse el gobierno de legalizar a toda esta gente, algo que también mejoraría la seguridad en el conflictivo valle de Fergana', recuerda, y las autoridades respondieron con una 'amnistía' que abría la puerta a legalizaciones masivas.

Desde entonces, en 2014, la labor de él y otros Abogados Sin Fronteras se extendió a todo Kirguizistán, a menudo en 'bufetes móviles' que viajaban a caballo hasta aldeas montañosas, visitaban yurtas, conversaban con pastores y finalmente les convencían de que podían tramitar un documento de identidad kirguís.

'Muchos de ellos tenían miedo de contactar con las autoridades', reconoce Ashurov, quien asegura que su trabajo es 'aburrido como el de cualquier abogado' pero al menos, a juzgar por las fotos y vídeos que de él han tomado los colaboradores de ACNUR, tiene unas 'oficinas' con vistas espectaculares a paisajes centroasiáticos.

Ashurov ha ayudado entre otros a comunidades gitanas de su país, y sobre todo a muchas mujeres de fuera de Kirguizistán que antes de los 90 emigraron para contraer matrimonio con kirguises, quedando sin identidad oficial tanto ellas como sus hijos.

El máximo galardón de ACNUR, que en 1987 recibió el entonces rey Juan Carlos I de España, homenajea al héroe nacional noruego Fridtjof Nansen (1861-1930), pionero en la ayuda internacional a los refugiados, y en esta edición quiere servir para recordar la situación de los millones de apátridas en el mundo.

Según recordó el propio alto comisionado Filippo Grandi al anunciarse el premio, entre esta comunidad conviene recordar el particular drama que viven los rohinyás, pueblo de religión musulmana que en 2017 tuvo que emprender un masivo éxodo desde la budista Birmania hacia Bangladesh para escapar de la persecución.

Ninguno de los dos países reconoce como ciudadanos suyos a los rohinyás, de los que casi un millón malviven en el mayor campo de refugiados del mundo (Cox's Bazar, en Bangladesh). EFE

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