Cómo explicar lo imposible
Por Julia R. Arévalo
Madrid, mar 18 (EFE).- Manuel R. cumple hoy 81 años en una residencia de ancianos de Madrid y su hija le estaba preparando un regalo de cumpleaños, una llamada por Skype para que al menos pudieran verse.
Manuel, como otros 48.000 residentes de asilos de la región de Madrid, es una persona de alto riesgo de contagio del COVID-19 y no puede recibir visitas de la familia.
Había que protegerlos a todos del maldito bicho y las autoridades madrileñas pidieron a las 425 residencias de la región que limitaran las visitas a las “ineludibles”, siempre con mascarilla, sólo de personas sin síntomas.
Las visitas quedaron, en realidad, prohibidas una semana antes de que toda España recibiera la orden de quedarse en casa.
Para Manuel, se acabaron los paseos para tomar el sol con Carlos o Alfredo, amigos de la familia más que cuidadores, quienes lo sacaban al bar del barrio, donde recalaban para el aperitivo los vecinos de toda la vida.
Y las visitas diarias de la esposa, que vive al lado, y del hijo. Antes del cierre, ambos llevaban días sin poder ir a verlo por una gripe, o lo que parece una gripe, que no terminan de curarse. Los médicos siguen atendiendo a la madre en casa, con ese diagnóstico.
En Madrid hay 20.000 caos sospechosas de contagio. No hay pruebas para todos, Sanidad promete que en dos o tres días las habrá para hacérselas también a los que muestren síntomas leves.
La región capitalina es el epicentro de la epidemia en España, el cuarto país del mundo más golpeado, con 13910 contagios confirmados y 623 muertos.
Los primeros casos se dieron en residencias y esta semana se conocían otros cuatro focos en estos albergues de ancianos dependientes. En un centro de Madrid, la mitad están enfermos y en estos últimos días han muerto al menos 17 sin haber podido ver a sus seres queridos.
Manuel empezó a tener fiebre y tos el lunes por la noche y fue puesto en aislamiento. ¿Podemos imaginar la soledad total de una persona anciana, sin contacto con los suyos, sin el rato de la comida o la cena en compañía siquiera?
A la mañana siguiente, vomitó e inundó sus bronquios. Quedó semiinconsciente.
“Si hasta está guapo, como siempre”, dice la mujer cuando puede entrar a verle. Ella y la hija con bata, guantes, mascarilla, unos minutos nada más para evitar contagios, a distancia.
Tampoco ellas pueden consolarse dándose un abrazo.
La hija ha pedido que lo lleven a Urgencias, la actuación normal si viviéramos tiempos normales, una pretensión egoísta en estos momentos extraordinarios.
“Están absolutamente colapsados. Si lo mandamos, nos lo devuelven y quizás vuelva peor. Por su deterioro no lo aceptan en el hospital”, le explica a la familia una doctora de la residencia.
En Urgencias “no está entrando mayores de 70 años”.
A personas como Manuel no les hacen el test, así que el diagnóstico que tiene la familia es “infección respiratoria severa” y el tratamiento, oxígeno, suero y un antibiótico de amplio espectro proporcionado por su hospital.
“Nos dicen que lo tratemos como un positivo, pero no hay reactivos para confirmarlo. Le damos el tratamiento para una infección bacteriana. Es una batalla que tiene que ganar”, dice otro médico que intenta infundir ánimo a la familia.
El personal del centro asegura que Manuel ha pasado la última semana bien, decaído por la ausencia de sus seres queridos pero sabiendo lo que pasaba en España porque los terapeutas se han afanado en explicárselo a los ancianos de forma clara y sencilla.
¿Pero cómo se explica esto? ¿Cómo llegaremos a entenderlo todos?
Manuel ya no oía nada al teléfono ni de la tele, su espalda rota lo colocó en silla de ruedas hace casi dos años, y últimamente casi no hablaba.
El miércoles a mediodía, una llamada de alivio. Manuel sigue plantando batalla y ha recuperado la conciencia, permiten que entremos a verlo, sólo una persona, sólo un rato.
“No creo que lo tenga”, dice ahora una doctora tan aliviada como la hija. No puede ser nada fácil estar a cargo de personas tan frágiles.
Hay algo más de 6 millones de españoles que superan los 70 años, según los datos oficiales. Son verdaderamente los vulnerables, porque no contamos con lograr tratarlos, quizás ni siquiera con diagnosticarlos.
Llevaba más de un mes sin ver a mi padre. La emergencia en Europa se declaró cuando estaba en viaje de trabajo por Asia, que mi empresa acortó, afortunadamente.
Apenas ha podido articular dos frases, mientras intentaba explicarle lo inconcebible. Las calles desiertas, los comercios cerrados, los hospitales llenos, las familias separadas, sin poder tocarse al mínimo síntoma de un catarro, yo toda cubierta sin poder abrazarle a él.
“¿Cuántos?”, me pregunta.
“81, papá. Y tú no tienes el bicho, si no no estarías despierto ahora. Ninguno de nosotros lo tiene, estamos todos bien.”
“Vas a estar solo muchos días en esta habitación, pero sigue luchando”. Lo promete con un gesto, pero esos ojazos siguen mirando más allá, intentando comprender lo imposible.
“Te quiero”, me dice. Al final ha sido él quien me ha hecho un regalo a mí. EFE

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