El corazón en unos puños, los de Unai Simón
Ignacio Ortega
San Petersgurgo, 2 jul (EFE).- ¡Otra vez no!. Ese era el pensamiento de muchos aficionados cuando el partido entre España y Suiza se fue a la lotería de los penaltis. El recuerdo del estadio Luzhnikí está aún muy fresco, aunque han pasado tres años del Mundial. Unai Simón se encargó de hacer añicos la maldición rusa.
Todos aventuraban un partido duro, pero nadie se imaginaba otro via crucis como el del 1 de julio de 2018 en el estadio Luzhnikí.
Y eso que el partido se puso de cara a los ocho minutos. Eso sí, de rebote. A partir de la media hora el equipo español se atascó. Reaparecieron los fantasmas de los octavos de final ante Rusia.
La segunda parte fue un querer y no poder. Los suizos se subieron a las barbas y empataron con toda justicia, no como los rusos, que lo hicieron de penalti tras una mano de Gerard Piqué.
La expulsión de Freuler parecía allanar el camino, pero puso a toda la afición, menos a la escasa hinchada española, en contra del equipo de Luis Enrique Martínez. Los rusos querían que el pequeño le ganara al grande. Deseaban una nueva machada de los alpinos.
Cada jugada de ataque española era acompañada de silbidos, mientras las paradas de Sommer, por ovaciones.
España jugó una buena primera parte de la prórroga, pero le faltó puntería. Eso sí, convirtió al portero del Borussia Monchengladbach en un héroe. Lo paró todo y cuando él no llegó, fueron los españoles a los que les faltó temple con la espada.
Los españoles querían evitar a toda costa los penaltis, pero en los segundos quince minutos se vio ya que tenían la mente puesta en los once metros.
'Hace tres años en el Mundial yo estaba en el estadio sentado detrás de Akinféev y vi como paró el penalti con la bota del pie. Mejor no recordarlo', comentaba Javier, que reside en el sur de Rusia, horas antes del partido.
Se refería al lanzamiento de Iago Aspas, aunque no fue el único que falló. Koke tampoco convirtió su lanzamiento en esta fatídica tarde.
Luis Enrique no se arredró. Hizo una piña con los suyos antes de enviarlos a la guerra o al matadero. Según se mire.
El “abuelo” de la selección, Sergio Busquets, fue el primero en tirar. Su fallo echó por los suelos todos los planes.
Por suerte, Unai Simón, que no deja de encadenar heroicidades desde su garrafal fallo ante Croacia, detuvo dos penas máximas. Incluso el error de Rodri, que había entrado en la prórroga, no condenó a La Roja. Los suizos fallaron un tercer lanzamiento.
Es difícil imaginar que un equipo falle dos penas máximas y, de todas formas, pase de ronda. Eso ocurrió este viernes en San Petersburgo, que está a más de 600 kilómetros de Moscú.
Como a Cesc en la histórica tanda de cuartos contra Italia en la Eurocopa de 2008, lanzamientos que cambiaron la historia del fútbol español, esta vez le tocó vestirse de superhéroe a Oyarzabal.
El vasco es un especialista desde los once metros, pero esta temporada había fallado varios. No le tembló el pulso esta vez. Engañó a Sommer y metió a su equipo en semifinales nueve años después de la última vez.
Antes del comienzo del partido, la federación española publicó un tuit en el que destacó la importancia del grupo sobre las individualidades. Lo corroboró Unai Simón al término del partido. “Somos un gran grupo”, dijo.
De hecho, admitió en rueda de prensa después del encuentro que “parte de la victoria” es mérito del seleccionador. Luis Enrique ha creado una piña. Si alguien quiere romper esa unión, tendrá que esforzarse.
Unai también tuvo un gran gesto al final del partido. Cuando recibió el premio el mejor jugador del torneo, dijo que se lo merecía Yann Sommer, que había llevado en volandas a su equipo hasta los penaltis. “Hizo un partidazo”, aseguró.
Independientemente de lo que ocurra en Londres, esta tanda penaltis puede dar un vuelco al pesimismo que rodeaba la selección en los últimos años. No fue una lotería, fue una ruleta rusa. Y ganó España. EFE

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