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Errores propios, méritos ajenos y polémicas esfuman el sueño sevillista

Curri Carrillo

Sevilla, 4 mar (EFE).- El Sevilla, tras perder este miércoles con el Barcelona (3-0) en las semifinales de la Copa del Rey, vio esfumado su sueño de acceder a la que hubiera sido su quinta final copera en este siglo XXI por errores propios y méritos ajenos, los de un gran Barcelona, en un choque con acciones polémicas de las que se quejaron amargamente los andaluces.

El varapalo sufrido en el Camp Nou es de gran magnitud y la desilusión, como reconocieron el técnico Julen Lopetegui y jugadores como Joan Jordán y el croata Ivan Rakitic, enorme, aunque el conjunto sevillista, con su actitud en fases decisivas de la vuelta de esta semifinales, también puso de su parte involuntariamente para el desenlace final.

El Sevilla reclamó una segunda amarilla a Óscar Mingueza en el penalti desperdiciado por Lucas Ocampos y una posible pena máxima en la prórroga, ya con el 3-0 y que podría haberle dado el pase a la final, por manos del exsevillista Clément Lenglet dentro del área que ni el árbitro murciano Sánchez Muñoz ni el VAR consideraron.

Con independencia del acierto o no en esas decisiones, pues la interpretación es libre y todo es muy discutible, aparte de que los errores propios ensombrecen a los hipotéticos desaciertos arbitrales, el sevillismo aún rumia la derrota y su enorme decepción, pues llegó al Camp Nou con un 2-0 favorable y acabó eliminado de manera cruel.

La clave máxima, el penalti fallado en el 73 por el argentino Lucas Ocampos, un auténtico especialista desde los 11 metros y héroe de muchas citas que reapareció tras un mes lesionado; y luego la expulsión del brasileño Fernando Reges en el 92, en una falta innecesaria y tras una pérdida absurda del marroquí En-Nesyri; o el córner que en el tiempo añadido evitó de forma inocente el brasileño Diego Carlos Santos, en vez de dejar salir el balón.

Esta acción permitió al Barcelona recuperar el balón con la zaga hispalense descolocada, lo que aprovechó el galo Antoine Griezmann para servir el 2-0 a Gerard Piqué y forzar la prórroga cuando iban 93 minutos y 7 segundos. El árbitro había dado 4 minutos de prolongación, con lo que al Sevilla, ya descentrado y con diez, le sobraron sólo 53 segundos.

La concatenación de errores difuminó las ilusiones de un Sevilla que nunca mostró su mejor nivel, totalmente dominado en un primer tiempo en el que Vaclík fue batido una vez, aunque pudo encajar varios más. En el segundo, el equipo de Lopetegui, cambios incluidos, mejoró bastante, si bien repitió sus fallos y su incapacidad para salir y hace daño.

Al Sevilla le faltó identidad, carácter y templanza, y le sobró miedo, si bien es verdad que el Barcelona ha mutado y cada vez se parece más al de siempre, al todopoderoso equipo que somete a su rival, después de que el discutido técnico neerlandés Ronald Koeman haya dado con la tecla, ahogando al adversario a base de presión, precisión en los pases, acierto y fe.

Tras un 'quiero y no puedo' de querer presionar muy arriba, el Sevilla se dio de bruces con la realidad en el primer tiempo. Fue incapaz de parar el vendaval de los barcelonistas. Llegar al descanso fue un remanso de paz y un cambio para el equipo de Lopetegui, que en el segundo mejoró su nivel y tuvo menos miedo, aunque al final le pasó factura su racanería de antes.

La concatenación de errores en momentos puntuales y decisivos fue clave. El Sevilla notó mucho la baja de última hora del meta marroquí Yassine Bono, sustituido por el checo Tomas Vaclík, quien llevaba tres meses sin jugar por lesión, pero, además, falló un penalti por medio de Ocampos, tanta veces salvador y héroe.

La entrada del argentino supuso una leve brisa fresca para su equipo, pero sin resultado alguno. Para más inri para el Sevilla, a la lesión de última hora del portero Bono se le unió la de Aleix Vidal, el que mejor estaba entendiendo lo que debían hacer para salir de la 'cueva' e intentar tener un poco más de llegada.

Fue Una quimera para los de Nervión, tal y como se dio el partido. Un fiasco para los sevillistas, pero también una oportunidad para levantarse después de un batacazo gordo, y más aún por el hecho de que la final de esta Copa la podría haber jugado en casa al estar fijada para el 17 de abril en el estadio de La Cartuja de Sevilla.

Aún así, para los hombres de Lopetegui también podría ser una ocasión para rebelarse, tanto en LaLiga -en la que son cuartos- como en la Champions, en la que tienen el reto de intentar remontar el 2-3 encajado en la ida de los octavos de final del máximo torneo continental frente al Borussia Dortmund alemán. EFE

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