La superioridad aérea extranjera da alas a Hafter en su asedio a Trípoli
Mohamad abdel Kader/Javier Martín
Trípoli/Túnez, 15 nov (EFE).- Empresario en el dominio de la construcción, Jalil L. hace semanas que no visita su negocio. Tampoco su casa situada en uno de los barrios de Trípoli, escenario desde el pasado abril de bombardeos y combates entre las fuerzas del mariscal Jalifa Hafter, hombre fuerte del país, que la asedia, y milicias afines al Gobierno sostenido por la ONU (GNA), que la defienden.
Hasta finales de septiembre tenía dos posibilidades para llegar desde Túnez: o un largo viaje por carretera de diez horas plagado de trampas o uno de los varios vuelos diarios que realizaban tres compañías aéreas locales entre el aeropuerto tunecino de Cartago y la base aérea de Mitiga, único aeródromo en funcionamiento hasta entonces en la capital.
Víctima de las bombas de Hafter, la ciudad ya quedó entonces prácticamente aislada: con el espacio aéreo cerrado y la carretera del oeste hogar de radicales y saqueadores, la única vía que quedaba abierta era la autopista que la une con el aeropuerto de la ciudad-estado de Misrata, a unos 200 kilómetros al este.
Pero ni siquiera este recorrido es ya seguro: desde hace dos semanas, drones Wing Loong II de fabricación China llegados a través de Emiratos Árabes Unidos (EAU) y aviones artillados Calidus B-250, un prototipo similar a los IOMAX AT-802 'Air Tractor' que la industria nacional de Dubai ha desarrollado para la guerra, bombardean Misrata y dominan el espacio aéreo en torno a la capital.
A esta flota extranjera, que le ofrece superioridad frente a los 'Bayraktar TB2' del GNA, un dron de fabricación turca que también puebla el arsenal de Catar, se unen aviones de transporte C-133 del Ejército egipcio que facilitan el movimiento de tropas y traslado de armas, y viejos caza procedentes del arsenal del depuesto Muamar al Gadafi, arreglados por Rusia.
'La ciudad se muere poco a poco. No se puede entrar ni salir y cada vez hay menos productos. Importar material es muy difícil y muy caro', explica a Efe Jalil, que habla casi a diario con su familia.
Consciente de su ventaja, Hafter -un antiguo general gadafista que, reclutado por la CIA, se trasladó a Washington y se convirtió en el rostro visible de la oposición en el exilio-, ha intensificado su ofensiva aérea en la última semana, con bombardeos incluso sobre el aeropuerto de Sirte, ciudad controlada por los misratíes y situada a 400 kilómetros al este de la capital.
'La estrategia está clara', subraya a Efe una fuente militar europea que observa el conflicto desde Túnez. 'Hafter no solo busca aislar la capital, algo que ya prácticamente ha logrado, sino bloquear los suministros de su enemigo. Tiene mejor fuerza aérea y eso en un conflicto, a la larga, es sinónimo de victoria', asegura el analista, que prefiere no ser identificado.
La mayor parte de los aviones que bombardean Trípoli y su extrarradio sur despegan de la base aérea de Al Watyah, situada en el eje oeste, muy cerca de la frontera con Túnez. Los que atacan Sirte y Misrata lo hacen desde la región desértica de Jufrah y la Cirenaica, la provincia oriental dominada por el gobierno no reconocido de Tobrouk, al que tutela Hafter.
Un dominio casi total del espacio aéreo que anoche obligó al aeropuerto de Misrata a cancelar cualquier vuelo procedente o con destino Jordania, Egipto, Sudán y Arabia Saudí. Una medida adoptada días después de que un avión jordano que volaba rumbo a Ammán fuera obligado a aterrizar en el aeropuerto de Benina, controlado por el gobierno en Tobrouk.
'Nosotros no recibimos ningún apoyo real de parte de nuestros aliados', argumentó esta semana el presidente del Consejo de Estado del GNA, Jaled al Meshri, a un conocido programa de investigación de la cadena de televisión catarí Al Yazira.
'En el caso de Turquía, compramos las armas de forma legal. Pero no recibimos apoyo libre o contrario a las resoluciones de la ONU', agrega el responsable, quien acusa a las potencias aliadas de Hafter de violar el embargo de armamento impuesto por la comunidad internacional en 2011, durante la ofensiva de la OTAN contra Al Gadafi.
La violación sistemática desde hace meses de ese embargo por parte de Rusia, Arabia Saudí, Egipto y Emiratos ha sido acreditada por la propia misión de la ONU para Libia (UNSMIL), que en su informe del pasado abril ya denunciaba el envío desde Dubai de los Wing Loom II chinos.
Una estrategia que da alas a Hafter y que incluso ha desencadenado las críticas del enviado especial de la ONU para Libia, Ghassam Saleme, quien esta semana acusó al propio Consejo de Seguridad de romper deliberadamente el consenso y de no hacer nada para frenar un conflicto muy rentable para otros países. EFE
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