Recuperar la pasión del gol para acallar el silbido de las balas en Libia
Javier Martín
Túnez, 9 ene (EFE).- Sacudido por la covid-19, ese enemigo vírico que se ha colado en nuestras rutinas y alterado costumbre y hábitos, el fútbol mundial -y en particular el negocio de las grandes competiciones- se ha tambaleado en este extraño y perturbador paréntesis de pandemia.
Partidos suspendidos, calendarios nacionales e internacionales alterados, jugadores, directivos y otros trabajadores del sector balompédico contagiados y aficionados obligados a seguir su pasión a través de pantallas, privados del fervor y la magia que rezuman las gradas, que ha reducido los beneficios y abocado a muchos clubes a una crisis que antes era impensable.
Una situación cotidiana, sin embargo, en Libia, donde desde hace más de una década el deporte rey lucha por sobrevivir en estadios vacíos en los que solo atruena el hosco silbido de los misiles y las balas.
Desde que en 2011 la OTAN contribuyera militarmente a la victoria de los heterogéneos grupos rebeldes sobre la dictadura de Muamar al Gadafi, solo se han disputado tres campeonatos de la liga nacional mientras que otros dos quedaron interrumpidos por el estallido de la guerra.
El último, en la temporada 2018-2019, se canceló en abril a falta de varias jornadas, debido al decisión del mariscal Jalifa Hafter, tutor del Ejecutivo no reconocido en el este y hombre fuerte del país, de levantar un asedio a la capital para tratar de arrebatársela al llamado Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), sostenido por la ONU en Trípoli y algunas zonas del oeste.
Desde entonces, el balón no ha vuelto a rodar en césped alguno de esta nación norteafricana y a los aficionados solo les ha quedado la opción de tratar de disfrutar -también a distancia- de las evoluciones de la selección nacional en amistosos y partidos oficiales de clasificación para la Copa de África o la fase final del Mundial de Catar, disputados todos en países vecinos como Túnez.
RECUPERAR LA LIGA COMO FACTOR DE PAZ
'El fútbol es un instrumento muy poderoso', explica a Efe un directivo de la federación libia. 'Ayuda a la paz y a la normalidad y por eso nos estamos esforzando porque la liga vuelva', precisa en Túnez, donde vive a tiempo parcial como decenas de miles de compatriotas.
El primer gran paso en pos de ese objetivo lo dio esta misma semana la Federación Libia de Fútbol (FLF) celebrando el sorteo para el próximo campeonato, que pretende arrancar el próximo 25 de enero con 24 equipos divididos en dos grupos.
Uno con las escuadras de la región este y el otro con los del oeste para eludir las restricciones de viaje y los peligros que impone la aún muy tensa situación bélica.
Aunque la intervención de Turquía -que reclutó y envió a miles de mercenarios sirios a la defensa de Trípoli- y las maniobras de Rusia -que apoya a Hafter igualmente con soldados de fortuna- lograron en julio pasado una endeble tregua que ha abierto la actual ventana de oportunidad, las milicias de ambos bandos mantienen las armas levantadas en la línea del frente y no han reabierto las comunicaciones, pese a comprometerse a ello.
'La tensión puede estallar en cualquier momento. Es verdad que se ha avanzado y normalizado la situación con el proceso de paz impulsado por la ONU y la tregua, todo sigue en el aire', advierte a Efe un diplomático europeo afincado en Túnez, donde aún se encuentran la mayoría de las embajadas extranjeras acreditadas para Libia.
Fuentes de la FLF admiten que existe ese riesgo pero esperan que pueda disputarse completa la primera fase -a un solo partido-, y que los dos primeros clasificados de cada grupo se enfrenten en una semifinal y final que decida un sucesor para el Al Nasser Benghazi SCSC (este), que alzó el segundo título de su historia -y el último disputado en Libia hasta la fecha- en 2017.
UNA HISTORIA DE SANGRE Y AMAÑOS
El Nasser rompió así una hegemonía que años que había favorecido el monopolio del Al Ahly Trípoli, el equipo dirigido por Al Saadi, el 'hijo futbolista de Al Gadafi', que además de utilizar el tesoro robado de su padre para garantizarse un hueco en plantillas de la Serie A italiana -formó parte de la Sampdoria y el Udinense pese a su evidente falta de nivel- fue durante años presidente de la federación y capitán de Libia.
Durante aquellos años no solo se le acusó de amañar los partidos y de coaccionar a directivos y jugadores para que los mejores acabaran en el equipo de la capital.
También de instigar la represión de una protesta de los aficionados del Ahly Benghazi, el otro gran equipo del este, que vistieron a un burro con la camiseta con su nombre tras polémico partido y vieron como el estadio era reducido a escombros.
BOTAS EN EL EXILIO
El segundo objetivo es lograr no solo que vuelvan a los terrenos nacionales las estrellas que han tenido que buscar acomodo en equipos del norte de África y el resto del mundo árabe, como Sanad al Warfali, defensa del Raja de Casablanca, finalista este año de la Liga de Campeones africana, o los centrocampistas Muaid Ellafi (Wyda Casablanca), Abdalah Dagou (Etoile du Sahel) o Hamdou el Houni, enrolado en el Esperance, actual campeón de Túnez.
También otros jóvenes que tratan de abrirse paso en Portugal, Inglaterra o Estados Unidos, como el centrocampista Ali Musrati, un joven de 24 años con 32 internacionalidades que juega en el Sporting de Braga, Mohamad Bettamer, delantero centro del Aldershot Town, de la quinta división inglesa, o Ismael Tajouri-Shradi, mediapunta del New York City.
Todos con la ilusión de superar a la selección de 1986, que se quedó a la puerta de clasificarse por primera vez para una fase final de un mundial, y a la de 2014, que bajo la batuta del español Javier Clemente ganó el Campeonato Africano de Naciones, su primer y único título internacional.
Aquella edición, como la de Copa de África de Naciones (CAN) de 2017, debería haberse celebrado en Libia, pero entonces el rugir de las armas también impidió a los libios liberar sus tensiones y purgar sus diferencias solo al grito de 'gol'. EFE

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