Colegio San Luis Gonzaga: Otoño en el corazón

Colegio San Luis Gonzaga.

"Otoño en el corazón" es la traducción literal de la palabra japonesa con que se designa en esa lengua a la nostalgia. Y eso es el San Luis Gonzaga: una nostalgia que no cesa. Fundado a principios de los 60 y cerrado a mediados de los 80, es un fenómeno extraordinario, pues dudo que los ex estudiantes de ninguno de los grandes colegios de Santo Domingo se reúnan con más fervor y añoren tanto las vivencias de un colegio que ya no existe.

Me inicié como profesor de francés del SLG unos meses antes de cumplir los 20. Había trabajado hasta entonces en el Liceo Vespertino Manuel Rodríguez Objío, pero al comenzar en la UASD tuve que emigrar a un colegio matutino. Llegué al SLG de la mano de Quico Valdez, gran maestro y amigo, en una remota mañana de septiembre. De tantas veces escuchar a los estudiantes repetir lo importante que fuimos en su formación los maestros de aquel entonces, hemos terminado aceptándolo.

Lo que no se imaginan ellos es que, al menos en mi caso, el beneficio fue mutuo. Soy un egresado más del San Luis Gonzaga. Pasé 16 años en ese templo, mucho más tiempo del que pasaron en él los que no conocieron otro colegio.

Además, entré al SLG como profesor de francés y salí graduado de profesor de literatura, psicología y filosofía. Y no es metáfora. Cómo llegué a enseñar literatura es una historia digna de ser contada. El profesor titular tuvo que dejar el puesto y Dña. Fabiola me llamó para informarme que yo lo iba a sustituir. Le pregunté, estupefacto, qué le hacía pensar que yo quería enseñar literatura y, sobre todo, de dónde sacaba ella que yo era capaz de hacerlo. La literatura siempre ha sido para mí una pasión, un estilo de vida, una vivencia permanente, pero nunca se me ocurrió que podía enseñarla. La explicación de Dña Fabiola fue todavía más desconcertante: "Fueron los estudiantes quienes me dijeron que usted podía enseñarla". Los estudiantes habían descubierto en mí una habilidad que yo ni siquiera sospechaba. De manera que como profesor de literatura, soy una invención del San Luis Gonzaga.

En el SLG aprendí a ser maestro. Por eso pienso que no soy autodidacta; soy más bien estudiantedidacta, ya que casi todo lo que sé o lo aprendí de un alumno, o lo aprendí mientras trataba de enseñarlo. No sé qué tanto haya logrado enseñar pero me he gastado la vida intentándolo. Creo que enseñar en mí no es vocación sino un mal hábito del que pueden dar fe mis amigos más cercanos, a quienes fastidio continuamente tratando de enseñarles cosas que ya saben o que no les interesan. A veces alguien, confundido con mi esquizofrenia curricular, me pregunta qué soy y le respondo que "maestro de escuela". Cuando me acusan de modesto por ocultar mis credenciales académicas, les aclaro que no lo digo por falsa modestia sino con auténtica arrogancia.

Un beneficio adicional de ser maestro es que, como muchos de mis amigos actuales fueron mis alumnos, son más jóvenes y es por ello improbable que partan antes que yo de este "valle de lágrimas".

Debido al clima de flexibilidad que se respiraba en el SLG, los demás colegios nos odiaban. Recuerdo este diálogo con un profesor.de un prestigioso colegio capitaleño: "¿Ustedes son los que recogen los estudiantes que nosotros botamos?". Para su mala fortuna, en esa época un estudiante expulsado por ellos y graduado en el SLG era parte de su cuerpo de profesores. No desperdicié la oportunidad: "-Sí, nosotros los recogemos, los graduamos y se los devolvemos como profesores". Y es que es muy fácil trabajar sólo con estudiantes de alto índice y de comportamiento impecable. Sacar a camino estudiantes con dificultades fue el gran mérito de Fabiola Catrain como educadora.

Este año, la promoción de 1974, una de las más importantes en mi formación de maestro, celebra sus 40 años de graduados y, naturalmente, me uno a esos festejos. Quiero decirles a ellos y a todas las promociones con quienes tanto aprendí durante esos 16 fructíferos años, que haber sido su maestro sigue siendo el punto más luminoso en mi "hoja de vida".. Que no he podido ni he querido olvidarlos. Que siempre van conmigo a todas partes. Que a pesar del tiempo terco y de las incesantes nuevas promociones, siguen "invictos en mi corazón".