El don Héctor al que debo tanto...

Don Héctor Incháustegui Cabral.

Hablar de don Héctor Incháustegui Cabral es para quien os dirige la palabra motivo de profunda nostalgia, pues don Héctor fue una de las figuras que más influyó en mi como embarrador de cuartillas y como ciudadano.

Gran parte de lo que soy se lo debo a los consejos, al hacer y a las motivaciones de ese hombre singular, llamado justamente "poeta sustantivo" de nuestro país, un hombre que afirmaba que "hay un maestro de escuela que no he podido matar en mí".

Su sola presencia en el campus de la Universidad Católica Madre y Maestra --vivía en la casa número 1, junto a su inseparable doña Candita, y todos podíamos acercarnos a él-- constituía un soplo de aire primaveral dentro de la rigidez de las demandas académicas. Sus clases eran un aliento fresco que contrastaba con el sopor de la escolástica cibaeña, empeñada en crear a los mejores profesionales posibles para el desarrollo dominicano.

Era fama que casi nunca preparaba sus clases, pues entendía el oficio de enseñar como una conversación franca y cordial con los estudiantes. Para un hombre de su mundo, de su experiencia, de sus conocimientos y de su extraordinario repentismo, encasillarte en el marco de una lección teórica, era casi una blasfemia. Sus clases eran una lección viviente de la práctica del hacer humano, a sabiendas de que dentro de esa praxis iba todo un caudal de conocimientos, de ética, de filosofía de vida y del buen decir, que hacían de sus lecturas uno de los cursos favoritos de los estudiantes de la entonces UCAMAYMA.

Me correspondió compartir la administración universitaria con él y conservo cantidad de anécdotas y de experiencias que considero irrepetibles. Me leía sus artículos y sus discursos, corregía los míos con la afabilidad y el rigor del maestro. Me encantaba su compañía y en su presencia me ponía en actitud de esponja para aprender de alguien que, al igual que don Pedro Henríquez Ureña, era generoso con los discípulos y siempre dispuesto a transmitir lo propio como si fuera un don que perteneciera al género humano.

Siempre me decía que había leído mucho pero desordenadamente, que nunca hizo fichas y que, desafortunadamente, tenía mala memoria. Lo que don Héctor parecía ignorar es que la memoria de esas lecturas las encontrábamos en todo lo que escribía y en todo lo que hacía.

Su dominio del idioma no se limitaba a la normativa --eso se aprende-- sino que llegaba a hurgar hasta los profundos nichos del significado, de la metáfora y del sentido. Una anécdota puede explicar mejor esto que quiero decir:

Nos encontrábamos conversando en un pasillo de la Universidad cuando frente a nosotros pasó una joven estudiante realmente hermosa.

Yo, para decir algo, impresionado por la belleza de la joven, exclamé:

- Don Héctor: ¡qué muchacha tan atractiva!

Y don Héctor, sin inmutarse, respondió:

- Atractiva no, ¡peor!

Este hombre extraordinario, que se definía como "de estatura muy escasa, de hábitos sedentarios, manso", y que "temía herir y ser indiscreto", creó una obra literaria de portentosa dominicanidad, un programa editorial en la UCMM que fue ejemplo en el país y que convirtió a aquella institución, "insegura, pequeña y débil", en un referente cultural en el país.

A mí me enseñó que en materia de escribir "mientras más llano, mejor", consejo que he tratado de seguir al pie de la letra. Trato de no emplear palabras rebuscadas ni complicar al lector, sin quitarle profundidad a la pieza.

Su mejor obra, sin embargo, está escrita en el corazón y la mente de cuantos sintieron su influjo bienhechor en las aulas universitarias y en su fecunda vida, porque don Héctor estaba convencido de que "el cambio que el país demanda será obra no de la ignorancia y de las pasiones desatadas sino el resultado del esfuerzo militante de la sabiduría y de la fe de los que pudieron enriquecer su espíritu".

No existe mejor legado para esta sociedad.

Sus clases eran un aliento fresco que contrastaba con el sopor de la escolástica cibaeña.