¿Lujo salvaje en el olimpo?

La Isla Catalina es un área protegida.

Si la liberaran, la isla Catalina podría hacer una contribución significativa al desarrollo nacional. Puesto que no se justifica que forme parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SINAP), la isla podría albergar un proyecto de turismo inmobiliario de alto lujo cuyos beneficios insuflen realismo a la conservación del resto del SINAP. Pero la obtusa cerrazón de algunos ambientalistas impide, paradójicamente, que el turismo residencial sea la tabla de salvación de nuestras áreas protegidas.

No hay duda que el SINAP tiene propósitos trascendentes. Su misión es conservar una muestra representativa de los ecosistemas del país con el objetivo de garantizar los servicios ambientales que rinden los recursos naturales. De ahí que el SINAP este supuesto a ser una pieza clave de la sostenibilidad de nuestro desarrollo. Sin embargo, la falta de apoyo financiero del Estado a los requisitos de su conservación, acompañado de la oposición de algunas ambientalistas a que se aprovechen sus recursos explotables, se ha constituido en una retranca al desarrollo económico. Un SINAP que solo existe mayormente en el papel de hecho milita contra el bienestar de la población.

La Catalina es un penoso ejemplo de tal inconsecuencia. Por alguna razón se le declaró como Monumento Natural hace décadas y nadie ahora se atreve a contradecir ese infundado dogma. Para comprobar que no hay razón para que la isla sea parte del SINAP, sólo hay que consultar las definiciones que ofrece la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) sobre las diferentes categorías de áreas protegidas. Esta es la entidad que a nivel mundial se reconoce como la más autorizada en la materia (ver: https://cmsdata.iucn.org/downloads/uicn_categoriesamp_esp.pdf).

En efecto, la isla es una plataforma de roca calcárea cuya mayor altura es de 6 metros. Con 3 kilómetros de playa y una vegetación de matorrales y arbustos, Catalina tiene una flora y una fauna que son más pobres que las existentes en tierra firme (Moscosoa, 1987). Además, no tiene especies endémicas de ningún tipo y el único animal que habita en ella que en nuestro país podría llamarse singular es el mapache, un accidente histórico producto de un capricho de Ramfis Trujillo. Tampoco la zona marítima que la rodea hace de Catalina un ecosistema singular, a pesar de que contiene el mejor sitio de buceo de la Hispaniola.

Pero esa relativa pobreza ambiental contrasta dramáticamente con el potencial turístico de la isla.

Su ubicación, vecina de Casa de Campo y de un aeropuerto internacional, se presta para atraer un segmento del mercado mundial del turismo residencial de los más altos estratos. Con sus 9.6 millones de metros cuadrados, la poca pluviosidad y su cercanía a Santo Domingo, la isla es un diamante turístico sin tallar. Si la mitad de la superficie de la isla se pudiera vender a US$400 el metro cuadrado se tendrían enormes ingresos para poner al SINAP en la condición que debería estar. Su segregación del SINAP con estos fines sería la salvación del SINAP.

Ahora bien, se requiere un proyecto que esté a tono con ese trascendente propósito. El afán de lucro debe guiar su diseño, pero sólo parcialmente. Sería necesario, además, configurar un enclave que resalte el papel de la conservación en la sostenibilidad del desarrollo. Para ello, el diseño debe regirse por unos pocos pero apropiados principios. El primero sería que el proyecto debe acrecentar los servicios ambientales que rinde actualmente la isla. Eso requeriría el desarrollo de algunos elementos e intervenciones que hoy no existen, pero que podrían existir.

Lo segundo es que el desarrollo debe ser de bajísima densidad. Esto le daría al proyecto un carácter de exclusividad compatible con los requisitos de la conservación y su destino de altísimo lujo. La construcción total no debe sobrepasar las mil habitaciones, preferiblemente en villas y mansiones (aunque no se descarte algún componente hotelero de alto lujo). Lo ideal sería que cada residencia que se construya requiera un mínimo de 10,000 metros cuadrados de terreno y que las infraestructuras y facilidades de servicios sean mínimas y perfectamente integradas al paisaje y al concepto del proyecto. El mercadeo del proyecto se haría en las ferias inmobiliarias mas exclusivas (p. ej. https://www.theluxurypropertyshow.com/).

De igual modo se requeriría un involucramiento de los propietarios en el cuidado del ambiente. Debe incorporarse algún tipo de acuerdo de co-manejo que los haga responsables del cumplimiento de un "plan de manejo" similar a los que se desarrollan para las áreas protegidas. Las instancias gubernamentales encargadas harían inspecciones semestrales para supervisar el cumplimiento, pero se buscaría también la convalidación de entidades privadas (tales como las ONG del sector ambiental). El objetivo seria no permitir que el desarrollo tenga consecuencias adversas al medio ambiente y, además, sea carbono neutro.

Por ultimo, todo lo que se construya o desarrolle debería incorporar las técnicas y herramientas más avanzadas para que sea amigable al medio ambiente y la conservación. Lo preferible seria que el concepto del proyecto sea el de un refugio ecológico donde los visitantes y residentes van a tener un encuentro especial con la naturaleza.

Pero para que el proyecto se ejecute con eficiencia y sensatez debe encargársele al sector privado. Es totalmente indeseable que el promotor que implemente el proyecto sea el Estado. Lo ideal sería que dos o tres grupos económicos del país (p. ej. Central Romana, Vicini, Corripio) formaran un consorcio que se ocupe de su ejecución como un proyecto de responsabilidad social en pos del fin trascendente de la supervivencia y real conservación del SINAP. Esto no significaría que no puedan obtener una rentabilidad adecuada a su inversión (que podría ser de no más de US$50 millones). Sólo significaría que los beneficios mayores serían para el SINAP.

Al nuevo gobierno le toca orquestar el atrevido y ambicioso proyecto. Lo primero que debería hacer es no menospreciar el recelo de los ambientalistas que se opongan a la segregación de la isla del SINAP. Para ello podría nombrar un panel de expertos que ratifique la pertinencia de la segregación y recomiende lineamientos esenciales para el proyecto.

Si el gobierno monta una campana de comunicación bien concebida es posible evitar que la opinión pública reaccione negativamente por falta de una cabal edificación (como lo hizo contra el proyecto de la Isla Artificial que se propuso hace unos anos para el litoral de Santo Domingo). El mensaje esencial a comunicar es que la isla se va a destinar al trascendente fin de hacer al SINAP una realidad. Los demás mensajes deberán entonces compatibilizarse con las conclusiones del panel de expertos. ¡Manos a la obra!