Mon y los héroes del 30 de mayo: las muertes inútiles
Dos hechos singulares de la historia dominicana, marcan esta fecha histórica
Santo Domingo. El 19 de noviembre es una fecha importantísima, aunque olvidada, en la historia dominicana de este siglo.
Dos acontecimientos singulares, signados por la cruz de lo trágico, señalan este día como una fecha para meditar y recordar, para estudiar y analizar.
El primero de los dos 19 de noviembre ocurrió en el año 1911, cuando en Güibia, en la ciudad Capital, cayó abatido el Presidente de la República, general Ramón Cáceres.
Lo irónico del hecho es que el disparo que cegó la vida del caudillo cibaeño no iba dirigido a él, sino a su leal conductor que trataba de repeler la agresión contra su protegido. Pero la mala suerte se cruzó por el camino y culminó con un experimento en apego a la ley y al orden que pudo haber cambiado la historia contemporánea del país.
Mon en la historia
En efecto, Ramón Cáceres saltó vomitando fuego a la historia política dominicana. En una calle trunca de Moca, en la tarde calurosa del 26 de julio de 1899, Mon Cáceres se vistió de gloria abatiendo a Ulises Heureaux (Lilís), y abriendo así el siglo XX para la República Dominicana.
Sin embargo, el caudillismo, aletargado por el peso político superior de Lilís, se desbordó como río hondo y llenó nuestras calles y campo de sangre. El Remington sustituyó a la ley como ordenador de las relaciones sociales.
Aquí es donde aparece Mon Cáceres como paladín del Orden y de la Ley, como constructor de la infraestructura física que necesitaba el país, como protector de las artes, y apaciguador de caciques locales por medio de la Guardia Republicana, "La Guardia de Mon", que todavía es ejemplo de eficiencia y disciplina.
Ese esfuerzo tenía un precio: para aquietar a espíritus levantiscos e interesados hubo de tomar medidas graves de orden público, algunas de la cuales, sin duda, fueron aplicadas en exceso. Durante su administración,además se firmó la Convención Domínico-Americana, que cercenó parte de la soberanía nacional.
Lo que selló la suerte de Mon, sin embargo, no fue la "concentración" en Montecristi de los habitantes de la línea Noroeste, sino el hecho de que eliminó el sistema de subvenciones para los caudillos locales. La muerte del presidente Cáceres ha sido denominada "el crimen más inútil de la historia política dominicana".
La muerte de Mon abrió las puertas a la carnicería del caudillaje y a la intervención de los Estados Unidos cinco años más tarde.
Ramfis y los ajusticiadores de Trujillo
El segundo 19 de noviembre que debemos recordar ocurrió en 1961, es decir, cincuenta años más tarde, cuando el grupo de complotados que ajusticiaron al dictador Rafael Leonidas Trujillo fue sacado de sus mazmorras para ser acribillados por las balas de la venganza asesina.
Al atardecer, momentos antes de abandonar el país para siempre, Ramfis Trujillo encabezó un grupo de verdugos que ultimó a los conjurados, en otro crimen cobarde de la dictadura.
Cayeron Salvador Estrella Sadhalá, Tunti Cáceres (nieto del presidente asesinado en 1911), Modesto Díaz, Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda, Roberto Pastoriza y los sobrevivientes adultos de la familia de la Maza
"Bien muerto...
Don Emiliano Tejera, ante el cadáver de su hijo Luis, homicida del Presidente, quien fuera ultrajado por los soldados del Gobierno en la subsecuente persecución, reaccionó con una frase que se ha quedado en el subconsciente criollo: "¡Bien muerto, pero mal matado!"
Lo irónico del hecho es que el disparo que cegó la vida del caudillo cibaeño no iba dirigido a él, sino a su leal conductor que trataba de repeler la agresión contra su protegido. Pero la mala suerte se cruzó por el camino y culminó con un experimento en apego a la ley y al orden que pudo haber cambiado la historia contemporánea del país.
Mon en la historia
En efecto, Ramón Cáceres saltó vomitando fuego a la historia política dominicana. En una calle trunca de Moca, en la tarde calurosa del 26 de julio de 1899, Mon Cáceres se vistió de gloria abatiendo a Ulises Heureaux (Lilís), y abriendo así el siglo XX para la República Dominicana.
Sin embargo, el caudillismo, aletargado por el peso político superior de Lilís, se desbordó como río hondo y llenó nuestras calles y campo de sangre. El Remington sustituyó a la ley como ordenador de las relaciones sociales.
Aquí es donde aparece Mon Cáceres como paladín del Orden y de la Ley, como constructor de la infraestructura física que necesitaba el país, como protector de las artes, y apaciguador de caciques locales por medio de la Guardia Republicana, "La Guardia de Mon", que todavía es ejemplo de eficiencia y disciplina.
Ese esfuerzo tenía un precio: para aquietar a espíritus levantiscos e interesados hubo de tomar medidas graves de orden público, algunas de la cuales, sin duda, fueron aplicadas en exceso. Durante su administración,además se firmó la Convención Domínico-Americana, que cercenó parte de la soberanía nacional.
Lo que selló la suerte de Mon, sin embargo, no fue la "concentración" en Montecristi de los habitantes de la línea Noroeste, sino el hecho de que eliminó el sistema de subvenciones para los caudillos locales. La muerte del presidente Cáceres ha sido denominada "el crimen más inútil de la historia política dominicana".
La muerte de Mon abrió las puertas a la carnicería del caudillaje y a la intervención de los Estados Unidos cinco años más tarde.
Ramfis y los ajusticiadores de Trujillo
El segundo 19 de noviembre que debemos recordar ocurrió en 1961, es decir, cincuenta años más tarde, cuando el grupo de complotados que ajusticiaron al dictador Rafael Leonidas Trujillo fue sacado de sus mazmorras para ser acribillados por las balas de la venganza asesina.
Al atardecer, momentos antes de abandonar el país para siempre, Ramfis Trujillo encabezó un grupo de verdugos que ultimó a los conjurados, en otro crimen cobarde de la dictadura.
Cayeron Salvador Estrella Sadhalá, Tunti Cáceres (nieto del presidente asesinado en 1911), Modesto Díaz, Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda, Roberto Pastoriza y los sobrevivientes adultos de la familia de la Maza
"Bien muerto...
Don Emiliano Tejera, ante el cadáver de su hijo Luis, homicida del Presidente, quien fuera ultrajado por los soldados del Gobierno en la subsecuente persecución, reaccionó con una frase que se ha quedado en el subconsciente criollo: "¡Bien muerto, pero mal matado!"
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