Turismo y soberanía
Con frecuencia el "interés nacional" se define en función de las conveniencias del capital local versus el extranjero. Tal cosa sería aceptable si existiera una real y vibrante competencia entre los capitalistas nativos.
Con su reciente denuncia de un atropello judicial en su contra, la cadena Hoteles Barceló le ha hecho un gran servicio al país. Ha puesto en evidencia el gran desafío que confronta la nación de proveer el tratamiento igualitario y decente que requiere la inversión extranjera para continuar haciendo su contribución al desarrollo nacional. Si se enjuicia su posición sin prismas xenófobos, habremos de concluir que al país le conviene adoptar una concepción moderna de la soberanía.
De los reportes de prensa se colige que la decisión de un tribunal de encarcelar a cinco ejecutivos de Hoteles Barceló fue una soberbia barrabasada. Tan carente de sentido y asidero jurídico fue, que razón tiene la multinacional de reclamar seguridad jurídica.
Junto a los "embargos asaltos" que contra otras cadenas hoteleras se cometieron el año pasado, lo que sugiere el incidente es que el sistema judicial toma partido a favor de los nacionales y victimiza a los intereses extranjeros por el simple hecho de ser extranjeros. En la denegación de justicia resultante subyace un siniestro ejercicio de la soberanía. Nada podría hacer mas daño a los intereses nacionales de largo plazo. Tanto en el sector turístico como en muchos otros, la inversión extranjera es crucial para que el país pueda crear empleos y aumentar su riqueza.
Cuando se inspeccionan las estadísticas se ve claramente que la inversión nacional ha ido a la zaga de la extranjera en las últimas décadas. Basta recordar que en los dos sectores punteros de la economía nacional, las zonas francas y el turismo, la inversión extranjera ha sido pionera y mayoritaria. Sin ella estaríamos en las cavernas. Las perspectivas son también de que esto continuará porque los capitales nativos no responden adecuadamente a los retos del desarrollo nacional. Es controversial si existen suficientes capitales nativos para ello, pero los economistas creen que los países en vías de desarrollo carecen de capitales suficientes y por eso deben buscarlos en el exterior. La importancia de los capitales foráneos queda bien establecida cuando se comprueba que, además del financiamiento, esos capitales exógenos vienen aparejados con tecnología de vanguardia e innovación.
Con frecuencia el "interés nacional" se define en función de las conveniencias del capital local versus el extranjero. Tal cosa sería aceptable si existiera una real y vibrante competencia entre los capitalistas nativos. Pero la experiencia de muchos países en vías de desarrollo --incluyendo el nuestro-- demuestra que tal situación no se da. La falta de una real competencia lleva a la formación de oligopolios y al tráfico de influencias que terminan desmedrando los intereses de las grandes mayorías. Eso es peor que el afán de lucro de los inversores extranjeros.
La "rapacidad" del capital, sea nacional o extranjero, ha sido bien satanizada por los ideólogos marxistas y no amerita que se resalte. Sabemos que el afán de lucro es capaz de cualquier atrocidad en cualquier latitud del mundo. De ahí que lo mejor que puede hacer el Estado es propiciar la verdadera competencia entre estos intereses, a fin de que ella cree los contrapesos y balances necesarios para garantizar el bien común. Salvaguardar la competencia es una de las misiones fundamentales de un Estado moderno.
Pero debemos estar conscientes de que la inversión extranjera, además de suplir capitales y tecnología, trae otros beneficios al país. Como casi siempre proviene de países donde existe un mayor cumplimiento de la ley, esas empresas están acostumbradas a pagar impuestos y, en consecuencia, no son dadas a la evasión fiscal. Por la misma razón esas empresas tienden a otorgar niveles salariales y otros beneficios a su empleomanía que, por lo general, no lo otorgan las nacionales. Y en el caso de las multinacionales, su escala de operación es tal que garantiza estabilidad a los ingresos que deriva el país y a los empleos que aquí crean.
Si por esas razones conviene a los intereses nacionales que la inversión extranjera siga fluyendo hacia nosotros, hay razones más poderosas que le confieren un rol mucho más trascendente en el sector turístico. Como el 90% del inventario de habitaciones hoteleras es propiedad de cadenas extranjeras y el sector turístico es el más importante de la economía, al país le conviene retener esas inversiones para garantizar la estabilidad de la industria. El hecho de que los extranjeros tienen que hacer rentables sus inversiones es lo mejor que puede pasarnos.
Más importante aún es el rol de la inversión extranjera en el desarrollo futuro del sector. Existe consenso de que el turístico es el sector que mejores perspectivas de desarrollo ofrece y por eso se propone como la "locomotora del desarrollo nacional" en el futuro previsible. Como los capitales nacionales se han quedado muy rezagados y en el mediano plazo no podrían competir exitosamente en el mercado turístico internacional, atraer y acoger mas inversión extranjera para propiciar un mayor desarrollo del sector es lo más racional y conveniente a los intereses nacionales.
Estas consideraciones sugieren que debemos adoptar una más práctica y realista concepción de la soberanía nacional. Lejos de pretender que la mejor defensa de los intereses nacionales consiste en favorecer --por encima de lo legal y racional-- los intereses de los capitalistas locales, la soberanía deberá recibir la más inteligente interpretación de que a todos tenemos que medir con la misma vara. Lo contrario sería fruto de una mentalidad desfasada que ignora el impacto de la globalización y de la apertura comercial sobre nuestro futuro.
Al final, mucho dependerá de la visión que tengamos del futuro nacional. Con más de cuatro millones de visitantes extranjeros y más de 700,000 dominicanos ausentes que nos visitan anualmente, una población haitiana que sobrepasa el millón y una composición del capital cada vez más foránea, la mayor internacionalización de nuestra economía es la estrategia de desarrollo más sensata. Por suerte la internacionalización promete sacarnos de la pobreza con mayor velocidad y eficacia que el aislamiento y las pretensiones autárquicas.
Frente a este escenario prospectivo hay dos estamentos del liderazgo nacional que tienen que adoptar los cambios necesarios. El primero es el del Estado y los poderes públicos. Su rol tendrá que centrarse en servir idóneamente de árbitro entre los diferentes intereses económicos que se apretujan en el mercado nacional, tanto nacionales como extranjeros. Sería miope pretender que un "buitre extranjero" es peor que un "buitre nativo" y al Estado le toca distribuir la carroña equitativamente.
Lo segundo concierne al mismo liderazgo del sector turístico. Porque los extranjeros tienen la abrumadora mayoría de las inversiones, el liderazgo debe transparentarse para que los intereses extranjeros asuman roles públicos protagónicos. La Asociación de Hoteles y Turismo (Asonahores) no debe ser una "asociación nacional" sino "internacional" de hoteles y turismo. El grupito de nacionales que hoy se atribuye su liderazgo debe admitir que los mejores voceros de los intereses de los extranjeros son los propios extranjeros. Propiciar el mito de una representatividad nacional en ese caso no conviene a los intereses de las grandes mayorías.
Tanto en el sector turístico como en muchos otros, la inversión extranjera es crucial para que el país pueda crear empleos y aumentar su riqueza.
Junto a los "embargos asaltos" que contra otras cadenas hoteleras se cometieron el año pasado, lo que sugiere el incidente es que el sistema judicial toma partido a favor de los nacionales y victimiza a los intereses extranjeros por el simple hecho de ser extranjeros. En la denegación de justicia resultante subyace un siniestro ejercicio de la soberanía. Nada podría hacer mas daño a los intereses nacionales de largo plazo. Tanto en el sector turístico como en muchos otros, la inversión extranjera es crucial para que el país pueda crear empleos y aumentar su riqueza.
Cuando se inspeccionan las estadísticas se ve claramente que la inversión nacional ha ido a la zaga de la extranjera en las últimas décadas. Basta recordar que en los dos sectores punteros de la economía nacional, las zonas francas y el turismo, la inversión extranjera ha sido pionera y mayoritaria. Sin ella estaríamos en las cavernas. Las perspectivas son también de que esto continuará porque los capitales nativos no responden adecuadamente a los retos del desarrollo nacional. Es controversial si existen suficientes capitales nativos para ello, pero los economistas creen que los países en vías de desarrollo carecen de capitales suficientes y por eso deben buscarlos en el exterior. La importancia de los capitales foráneos queda bien establecida cuando se comprueba que, además del financiamiento, esos capitales exógenos vienen aparejados con tecnología de vanguardia e innovación.
Con frecuencia el "interés nacional" se define en función de las conveniencias del capital local versus el extranjero. Tal cosa sería aceptable si existiera una real y vibrante competencia entre los capitalistas nativos. Pero la experiencia de muchos países en vías de desarrollo --incluyendo el nuestro-- demuestra que tal situación no se da. La falta de una real competencia lleva a la formación de oligopolios y al tráfico de influencias que terminan desmedrando los intereses de las grandes mayorías. Eso es peor que el afán de lucro de los inversores extranjeros.
La "rapacidad" del capital, sea nacional o extranjero, ha sido bien satanizada por los ideólogos marxistas y no amerita que se resalte. Sabemos que el afán de lucro es capaz de cualquier atrocidad en cualquier latitud del mundo. De ahí que lo mejor que puede hacer el Estado es propiciar la verdadera competencia entre estos intereses, a fin de que ella cree los contrapesos y balances necesarios para garantizar el bien común. Salvaguardar la competencia es una de las misiones fundamentales de un Estado moderno.
Pero debemos estar conscientes de que la inversión extranjera, además de suplir capitales y tecnología, trae otros beneficios al país. Como casi siempre proviene de países donde existe un mayor cumplimiento de la ley, esas empresas están acostumbradas a pagar impuestos y, en consecuencia, no son dadas a la evasión fiscal. Por la misma razón esas empresas tienden a otorgar niveles salariales y otros beneficios a su empleomanía que, por lo general, no lo otorgan las nacionales. Y en el caso de las multinacionales, su escala de operación es tal que garantiza estabilidad a los ingresos que deriva el país y a los empleos que aquí crean.
Si por esas razones conviene a los intereses nacionales que la inversión extranjera siga fluyendo hacia nosotros, hay razones más poderosas que le confieren un rol mucho más trascendente en el sector turístico. Como el 90% del inventario de habitaciones hoteleras es propiedad de cadenas extranjeras y el sector turístico es el más importante de la economía, al país le conviene retener esas inversiones para garantizar la estabilidad de la industria. El hecho de que los extranjeros tienen que hacer rentables sus inversiones es lo mejor que puede pasarnos.
Más importante aún es el rol de la inversión extranjera en el desarrollo futuro del sector. Existe consenso de que el turístico es el sector que mejores perspectivas de desarrollo ofrece y por eso se propone como la "locomotora del desarrollo nacional" en el futuro previsible. Como los capitales nacionales se han quedado muy rezagados y en el mediano plazo no podrían competir exitosamente en el mercado turístico internacional, atraer y acoger mas inversión extranjera para propiciar un mayor desarrollo del sector es lo más racional y conveniente a los intereses nacionales.
Estas consideraciones sugieren que debemos adoptar una más práctica y realista concepción de la soberanía nacional. Lejos de pretender que la mejor defensa de los intereses nacionales consiste en favorecer --por encima de lo legal y racional-- los intereses de los capitalistas locales, la soberanía deberá recibir la más inteligente interpretación de que a todos tenemos que medir con la misma vara. Lo contrario sería fruto de una mentalidad desfasada que ignora el impacto de la globalización y de la apertura comercial sobre nuestro futuro.
Al final, mucho dependerá de la visión que tengamos del futuro nacional. Con más de cuatro millones de visitantes extranjeros y más de 700,000 dominicanos ausentes que nos visitan anualmente, una población haitiana que sobrepasa el millón y una composición del capital cada vez más foránea, la mayor internacionalización de nuestra economía es la estrategia de desarrollo más sensata. Por suerte la internacionalización promete sacarnos de la pobreza con mayor velocidad y eficacia que el aislamiento y las pretensiones autárquicas.
Frente a este escenario prospectivo hay dos estamentos del liderazgo nacional que tienen que adoptar los cambios necesarios. El primero es el del Estado y los poderes públicos. Su rol tendrá que centrarse en servir idóneamente de árbitro entre los diferentes intereses económicos que se apretujan en el mercado nacional, tanto nacionales como extranjeros. Sería miope pretender que un "buitre extranjero" es peor que un "buitre nativo" y al Estado le toca distribuir la carroña equitativamente.
Lo segundo concierne al mismo liderazgo del sector turístico. Porque los extranjeros tienen la abrumadora mayoría de las inversiones, el liderazgo debe transparentarse para que los intereses extranjeros asuman roles públicos protagónicos. La Asociación de Hoteles y Turismo (Asonahores) no debe ser una "asociación nacional" sino "internacional" de hoteles y turismo. El grupito de nacionales que hoy se atribuye su liderazgo debe admitir que los mejores voceros de los intereses de los extranjeros son los propios extranjeros. Propiciar el mito de una representatividad nacional en ese caso no conviene a los intereses de las grandes mayorías.
Tanto en el sector turístico como en muchos otros, la inversión extranjera es crucial para que el país pueda crear empleos y aumentar su riqueza.