Vereda tropical: el espacio público por asalto

"Voy... por la vereda tropical, la noche llena de quietud con su perfume de humedad" ... así reza un clásico bolero caribeño, pero nada más lejanas hoy las veredas de Santo Domingo, tomadas por asalto a vista y paciencia de vecinos y autoridades. Negocios informales y formales, carros mal parqueados, puestos de comida, hoyos, alcantarillas sin tapas, cúmulos de basura y una larga retahíla de obstáculos encuentra quien camina por las calles de una ciudad que da la espalda a los peatones. ¿Por qué el espacio público es tan poco valorado? No bastan editoriales, reportajes, denuncias, ni campañas gráficas en medios o en la vía pública; a lo sumo se toman medidas que duran unos pocos días y se vuelve a lo mismo. Intentaremos aquí abrir una vía de explicación al tema.

Hace más de una década un dominicano y alto funcionario de Naciones Unidas me explicó que una de las ventajas del país era la poca formalidad que se requería para montar un negocio. Hasta en la marquesina de una casa es posible tener una importadora o vender repuestos de carro, me dijo. Acostumbrado a la formalidad chilena, donde para constituir un negocio o empresa se necesitan una serie de requisitos, le miraba incrédulo... hasta que, ya viviendo en Santo Domingo, tuve que resolver un problema mecánico.

Tenía en esos años un vehículo norteamericano que los avances tecnológicos dejaron obsoleto y cuyos repuestos casi no aparecían. Alguien me dio el dato, para conseguir un carburador había que ir a Villa X y buscar a "El gordo de los carburadores". Un sábado por la mañana arranqué en FA...

Luego de preguntar un par de veces, llegué hasta el personaje, quien sentado en un taburete atendía detrás de un mesón, hundido bajo el peso de varias piezas de su especialidad mecánica. Sí, era gordo, en franela sin mangas y pantalones de tela oscuros manchados de grasa; rostro sin afeitar un par de días al menos. Su establecimiento estaba sobre la vereda, en la misma entrada de una escuela con nombre de país centroamericano. Luego de contarle el motivo de mi visita, se puso manos a la obra; desmontó la pieza de marras en minutos y con un rudimentario instrumental se dispuso a "puyar" la ingeniería del país del Norte.

Al ver que no era el único que tenía su taller en la vereda, le pregunté desde cuando estaba ocupando ese espacio... "Oh... ésto es mío... estoy aquí desde antes que construyeran la escuela" , dijo apuntando hacia atrás con el pulgar de la mano derecha. Ingenuamente pregunté si pagaba alquiler o algún tipo de impuestos. "Oye eso!... que si yo pago impuestos" ... espetó riendo a uno de sus colegas. La conversación fue interrumpida por una joven que le pidió dinero... "Es que hay que darle para la comida", señaló, luego que la muchacha se marchara. Necesitado de un taladro, "El gordo" lo mandó pedir; al rato llegó un muchacho con la herramienta y un largo cable, entró por un estrecho callejón y en minutos ya había energía. Le pregunté entonces a "El gordo" por su negocio, "Llevó más de 20 años aquí, trabajé en mecánica desde chiquito y de esto he vivido toda la vida"... nuevamente tuvimos que interrumpir la conversación, desde la acera del frente otra joven le hacía señas... sacó de uno de sus bolsillos unas papeletas gastadas y se las mandó con el muchacho del taladro.... "Tanto que piden estas mujeres", me dijo con cara de pícaro....

El espacio entre su mesón y la escalinata de acceso a la escuela era estrecho, le consulté entonces si no tenía problemas con la entrada o salida de los estudiantes. Me miró con signo de interrogación... Ese día con "El gordo" aprendí más que con un tratado de sociología.

Pude comprobar que esa vereda era más que un lugar para caminar de una esquina a otra. Ese espacio público era eso mismo, público, más bien de indiscriminado uso público. Al no estar regulado por las leyes del mercado que rigen las transferencias de bienes y servicios, ninguno de los ocupantes paga alquiler, ni impuestos, ni contribuciones o concesiones; la energía eléctrica se consigue... lo complicado es que las condiciones descritas han durado décadas y en la práctica sirven como subsidio informal a familias completas.

A nuestro juicio este tipo de comportamiento revela un pacto tácito: los vecinos no se quejan de este tipo de ocupación, ya que ellos también podrían llegar a necesitar ese espacio público. El asalto constante a las calles y veredas que los habitantes realizan de diversas maneras está sustentado en una convención no escrita: lo que es de todos sirve para todo. De allí solo hay un paso a, como dice el refrán, "Lo que nada nos cuesta, hagámosle fiesta".

Frente a esta arraigada costumbre, lo que el Estado a través de sus instituciones pueda hacer con el dinero de los contribuyentes - los que sí pagan - es en realidad muy poco. Quizás esto ayude a explicar el por qué las campañas de bienestar social y urbano dan poco resultado. La extendida y antigua complicidad de los ciudadanos atenta contra los esfuerzos reguladores de entes públicos y privados. Claro, cabe preguntarse si éstos son en realidad ciudadanos... pero ese es tema para otro artículo.

Como sea, personajes como "El gordo" atentan en contra las iniciativas que los promotores del desarrollismo puedan hacer. Difícilmente cambiará de hábitos, su economía se basa en ocupar el espacio público como si fuera propio y de acuerdo a los principios del mercadeo social, nadie cambia si no le conviene.

Por supuesto que no estamos de acuerdo con el libertinaje en el uso del espacio público, pero antes de diseñar campañas para adecentar o cambiar el entorno urbano, es vital conocer en profundidad la dinámica social de quienes se intenta meter en cintura o como dicen los economistas, llevar de la economía informal a la economía formal. De lo contrario, seguiremos viendo como se van por el contén a la alcantarilla los escasos recursos públicos que pretenden cambiar la mentalidad de los habitantes.

"Por qué se fue? Tú la dejaste ir, vereda tropical. Hazla volver a mí, quiero besar su boca otra vez junto al mar, vereda tropical... vereda tropical".