Golpe al paraíso

La confianza en los paraísos fiscales ha recibido un duro golpe con las revelaciones de los archivos sustraídos de Panamá. Inherente al uso de esos refugios es la creencia de que los nombres, montos y transacciones involucrados están fuera del escrutinio de gobiernos o rivales. Y esa creencia ha sido ahora desmentida.

Los paraísos fiscales no funcionan de forma aislada. A veces se les concibe como un espacio financiero separado del resto de la economía mundial, algo así como un hoyo negro en el cual entran recursos que pasan entonces a ser invisibles, como si a partir de ese momento dejaran de existir.

Si así fuera, estaríamos frente a una economía mundial paralela, con sus propias industrias, fincas, explotaciones mineras, comercios y demás productores de bienes y servicios. En realidad, los paraísos fiscales no son simples cajas fuertes donde se guardan cosas, pues las empresas en ellos constituidas interactúan con compañías ubicadas dentro de las jurisdicciones fiscales regulares.

El bufete legal panameño cuya base de datos está siendo publicada declaró ser víctima de hackers externos, alegato entendible, dado que sería aún peor que la filtración se hubiera debido a causas internas. Su reputación, como quiera que sea, ha quedado maltrecha, aunque afirme no haber violado ninguna ley.

Uno de sus argumentos en defensa de su integridad es que nunca destruyó expedientes para ocultar lavados de fondos o evasiones de impuestos, y que es precisamente por esa razón que las informaciones estaban todas en sus archivos. Pero desde el punto de vista de sus clientes ese argumento no explica ni justifica su fallo en proteger los datos adecuadamente.

Mossack Fonseca no es la única firma especializada en poner fortunas en la oscuridad. Decenas de firmas similares ofrecen sus servicios a personas en todo el mundo interesadas en ocultar su identidad por diferentes motivos, no siempre por timidez o humildad.

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