?Selección de vacunas
Los economistas ponen una gran atención sobre las selecciones que efectúan los consumidores y las empresas. Estudian los procesos por medio de los cuales se llevan a cabo, a fin de detectar los criterios que motivan que una alternativa sea preferida por encima de las demás.
Usualmente las opciones se identifican y ordenan según su costo, comparado con los beneficios que se anticipa recibir de cada una de ellas. Y, a su vez, luego de determinar cuál es la mejor alternativa, se decide si esta cae dentro de las posibilidades económicas que en ese momento se tienen. Es así como alguien puede, por ejemplo, reconocer que un modelo de automóvil sería el ideal, pero adquirir otro que se ajuste mejor a sus limitaciones presupuestarias.
En mayor o menor grado, ese es un ejercicio que hacemos continuamente de forma habitual, del cual nos percatamos principalmente en aquellos casos en los que la decisión involucra bienes costosos, como un apartamento, o decisiones cuyas consecuencias consideramos serán importantes. Pero para que ese proceso sea eficiente, debemos tener informaciones equivalentes para todas las alternativas.
Respecto de la inmunización contra el COVID-19, es lógico que prefiramos recibir la vacuna más efectiva. No luce razonable, en ese sentido, optar por una que sea 70 % o 79 % efectiva, si podemos escoger una que llegue al 94 %. La realidad actual de nuestro país, sin embargo, nos deja muy poco margen de decisión. O nos vacunamos con la china, o no nos vacunamos, y esperamos que llegue la de la Pfizer u otra con una efectividad más elevada. Mientras tanto, si la decisión es la segunda, implícitamente, aceptaríamos correr el riesgo de no tener protección hasta cuando nos vacunemos.
Pero sucede que las informaciones sobre la efectividad pueden no ser equivalentes, dado que las pruebas clínicas se efectuaron en diferentes períodos y contra variantes distintas del virus. Eso hace que la decisión de esperar se justifique menos.