Vacío comercial
Llenar vacíos es parte del rol que las economías tienen que desempeñar. Deben convertir la ausencia o desaparición de un producto o una empresa, en una oportunidad para opciones sustitutas, y crear incentivos para que dicha oportunidad sea aprovechada.
Eso fue precisamente lo que sucedió con el acuerdo comercial Transpacífico. Auspiciado originalmente por los EE.UU., fue firmado en febrero del 2016. Doce países lo integraban, tanto de Asia como de América, incluyendo a Australia, Japón, Malasia, Vietnam, Canadá, Chile, Perú y México, siendo notorio que China no figurara entre ellos. En realidad, la exclusión de China era una pieza esencial del convenio, con la que los EE.UU. esperaban atajar su avance. No obstante, once meses después, en enero del 2017, el presidente Trump retiró a su país del acuerdo, dejándolo prácticamente difunto. Las restantes once naciones intentaron seguir adelante sin los EE.UU., firmando un pacto en marzo del 2018, muy similar al Transpacífico pero sin algunas cláusulas sobre regulaciones que los EE.UU. habían impulsado. Era evidente, sin embargo, que sin la participación estadounidense las perspectivas de ese pacto eran limitadas.
Igual que ocurre cuando un producto o empresa deja de existir, el vacío dejado por el retiro estadounidense creó una oportunidad que los chinos no pasaron por alto. De inmediato intensificaron las negociaciones encaminadas a forjar un nuevo acuerdo bajo el liderazgo chino. Y finalmente lo consiguieron.
Quince países componen el nuevo convenio regional, todos asiáticos y ninguno del lado americano. Se suman ahora países como Indonesia, Filipinas, Corea del Sur, Tailandia, Camboya y Laos, no siendo ya un convenio vinculado al Océano Pacífico. Es así como la preferencia de la administración de Trump por acuerdos bilaterales, en los que los EE.UU. pudieran ejercer más presión sobre la otra parte, condujo a la pérdida del objetivo de contener la influencia de China en la región.