Califato islámico
Los dominicanos no tenemos una historia que propicie ambiciones territoriales. Somos descendientes de inmigrantes, mayormente de África y Europa, algunos traídos a la fuerza, y otros que llegaron voluntariamente, y de los taínos que habitaban en la isla sólo quedan recuerdos y unos pocos cultivos y palabras.
Los árabes, en cambio, tienen el califato islámico en su haber histórico. Un ente político y religioso, llegó a abarcar la mayor parte del suroeste de Asia, África del Norte y lo que hoy es España en los dos siglos siguientes a la muerte del profeta Mahoma. Dejó de existir en el año 1258, cuando los mongoles saquearon Bagdad.
Aunque bastante más modesto que el anterior, las fuerzas islámicas que luchan en Irak anunciaron anteayer la formación de un nuevo califato, desde el norte de Siria hasta el este de Irak. Enfrentarán, sin embargo, serios obstáculos.
Los principales enemigos del califato anterior fueron los propios árabes, por sus luchas internas, marcadas por rebeliones, asesinatos de califas y hasta el exterminio de clanes enteros. Tal era la desconfianza entre ellos que algunos califas decidieron reclutar turcos, eslavos y otros no árabes para servir en la guardia de palacio.
Las diferencias sectarias no son hoy en día menores. De hecho, a las divergencias étnicas y religiosas se ha añadido otro factor muy poderoso, el petróleo.
Unos lo tienen y otros no. Los que lo poseen exhiben economías dinámicas, grandes edificaciones, plantas de desalinización de agua, programas de beneficio social, tecnología avanzada, grandes aeropuertos, participaciones en bancos y otras corporaciones internacionales, y propiedades inmobiliarias en Europa y el resto del mundo. Los que no lo poseen tienen que emigrar en busca de trabajo y pedir dádivas a los otros más afortunados.
Un califato haría que el petróleo fuera de todos, una buena ilusión para algunos y una muy mala idea para otros.
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