Crímenes y pecados
La iglesia católica y la pedofilia. El Papa debería decir sin tapujos y en alta voz que el abuso sexual de niños no es sólo pecaminoso. Es criminal.
Peor no se podía poner. Los escándalos sexuales se están desatando en la iglesia católica con tal furia que el Vaticano se ha visto obligado a defender al mismo Papa Benedicto XVI. Niños en algunas escuelas en Alemania han sido abusados sistemáticamente; los pederastas fueron transferidos a otros trabajos, en lugar de ser despedidos o enjuiciados. En Austria y en los Países Bajos se han notificado abusos. En Irlanda, el Cardenal Sean Brady, el primado, ha admitido que él estuvo presente en 1975 cuando dos adolescentes fueron persuadidos para firmar votos de silencio acerca del abuso sufrido a manos del Padre Brendan Smyth. La iglesia expulsó a Smyth, pero nadie, incluyendo el Cardenal Brady, informó a la policía de sus crímenes y éste permaneció libre para seguir abusando de niños durante dos décadas.
Sin embargo, la negación continúa. El Obispo Christopher Jones, jefe del comité del episcopado irlandés sobre asuntos familiares, se ha quejado diciendo que la iglesia es la única atacada, cuando la mayor parte de los abusos son cometidos dentro de las familias y en otras organizaciones. "¿Por qué este enorme aislamiento y concentración en el encubrimiento de la iglesia cuando esto ha ocurrido durante siglos?", se preguntó él.
Él tiene razón en que en otras instituciones muy reservadas (orfelinatos en países autoritarios, por ejemplo) ocurren abusos vergonzosos, pero ese no es el punto. Ninguna iglesia puede esperar ser juzgada simplemente en comparación con los lugares más depravados del mundo seglar. Si usted predica valores morales absolutos, de usted se esperarán estándares morales absolutos. Por lo tanto, para los católicos y los no católicos, la incapacidad de la jerarquía de la iglesia para resolver el asunto es desconcertante. La iglesia ahora tiene reglas ejemplares para proteger a los menores - de hecho son tan estrictas, que en ocasiones reprimen un saludable comportamiento afectuoso. Son los escándalos del pasado los que son tan tóxicos. El aplicar estándares modernos a conductas del pasado es complicado. En el pasado, la jerarquía veía la pedofilia no como un crimen cometido contra las víctimas, sino como un pecado que ponía en peligro el alma del perpetrador: igual que el alcoholismo o el robo de los fondos de la iglesia. Un sacerdote que "pecaba" se merecía una reprimenda, atención pastoral (quizás) y un nuevo comienzo. El grave daño ocasionado a las víctimas del abuso no se tomaba en cuenta, o era ignorado.
El segundo engaño - que todavía persiste en algunos círculos eclesiásticos - ha sido la fusión de la pedofilia y la homosexualidad. Una relación sexual entre un sacerdote y un joven adolescente se consideraba como algo malo, al igual que lo sería una relación entre dos sacerdotes. Pero no se consideraba como un repugnante abuso de confianza.
Algunos agregaron el celibato a la lista de cargos. Las personas que son alejadas de la familia no aprecian el horror que sienten los padres ante el abuso. En una época obsesionada con el sexo, la abstinencia parece anormal, y por tanto causa de desviación sexual. Sin embargo, si reflexionamos por un momento veremos qué injusto es esto. Las personas que no tienen niños también se preocupan por ellos. Algunos padres son los peores abusadores de niños. Y nadie ha mostrado un vínculo estadístico entre el celibato y la pedofilia.
Al igual que con muchos escándalos, el encubrimiento agrava el pecado original. Los secretos culpables del pasado deben ser aireados. Y los obispos deben admitir su parte en ellos. Es extraño que a una institución que está fundamentada en la honestidad y la penitencia esto le resulte tan difícil. Los líderes católicos de hoy deberían recordar que los abusos de poder del clero, defendidos mediante subterfugios legalistas, encolerizaron grandemente a un predicador itinerante en Palestina hace dos milenios.
© 2010 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com
El segundo engaño - que todavía persiste en algunos círculos eclesiásticos - ha sido la fusión de la pedofilia y la homosexualidad. Una relación sexual entre un sacerdote y un joven adolescente se consideraba como algo malo, al igual que lo sería una relación entre dos sacerdotes. Pero no se consideraba como un repugnante abuso de confianza.
Algunos agregaron el celibato a la lista de cargos. Las personas que son alejadas de la familia no aprecian el horror que sienten los padres ante el abuso. En una época obsesionada con el sexo, la abstinencia parece anormal, y por tanto causa de desviación sexual. Sin embargo, si reflexionamos por un momento veremos qué injusto es esto. Las personas que no tienen niños también se preocupan por ellos. Algunos padres son los peores abusadores de niños. Y nadie ha mostrado un vínculo estadístico entre el celibato y la pedofilia.
Al igual que con muchos escándalos, el encubrimiento agrava el pecado original. Los secretos culpables del pasado deben ser aireados. Y los obispos deben admitir su parte en ellos. Es extraño que a una institución que está fundamentada en la honestidad y la penitencia esto le resulte tan difícil. Los líderes católicos de hoy deberían recordar que los abusos de poder del clero, defendidos mediante subterfugios legalistas, encolerizaron grandemente a un predicador itinerante en Palestina hace dos milenios.
En el pasado, la jerarquía veía la pedofilia
no como un crimen cometido contra las víctimas,
sino como un pecado que ponía en peligro
el alma del perpetrador: igual que el alcoholismo
o el robo de los fondos de la iglesia.
Los líderes católicos de hoy deberían recordar que
los abusos de poder del clero, defendidos mediante
subterfugios legalistas, encolerizaron grandemente a
un predicador itinerante en Palestina hace dos milenios.
no como un crimen cometido contra las víctimas,
sino como un pecado que ponía en peligro
el alma del perpetrador: igual que el alcoholismo
o el robo de los fondos de la iglesia.
Los líderes católicos de hoy deberían recordar que
los abusos de poder del clero, defendidos mediante
subterfugios legalistas, encolerizaron grandemente a
un predicador itinerante en Palestina hace dos milenios.
© 2010 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com
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