Decidieron desaparecer
Han preferido escapar de los confines del programa y permanecer como ilegales en los EE.UU.
La atracción que ejerce la economía es demasiado poderosa. El programa por medio del cual el gobierno de los EE.UU. intenta formar a militares afganos defensores de la democracia y respetuosos de los derechos humanos, ha sufrido un revés inesperado. En menos de dos años, 44 de esos militares han abandonado el entrenamiento y desaparecido sin dejar rastros. Comparando lo que les aguarda en su país cuando regresen, con las oportunidades que les ofrece una economía desarrollada, han preferido escapar de los confines del programa y permanecer como ilegales en los EE.UU., o trasladarse a Canadá, donde uno fue detenido al entrar. Y el ritmo de las desapariciones se ha acelerado, ocho de ellas desde el mes pasado.
Los afganos participantes en el programa son sujetos a una minuciosa depuración previa. Se les evalúa a fin de excluir a cualquier persona que haya cometido abusos durante la contienda, o que tenga algún vínculo con grupos islamistas militantes. Pero lo que es más difícil de asegurar es que una vez en los EE.UU., donde no se les va a mantener encerrados o aislados, no busquen la forma de alcanzar un nivel de vida que difícilmente podrán conseguir si retornan. Habría quizás que enrolar sólo aquellos que provengan de familias urbanas acaudaladas, o los mejor posicionados entre las tribus rurales, pero ésos no son muy proclives a ingresar en las fuerzas armadas u organismos de seguridad.
Según reportes del Departamento de Defensa, los EE.UU. han gastado más de 60 mil millones de dólares desde el año 2002 en entrenar y equipar a los militares de Afganistán. A pesar de eso, han tenido que retrasar la salida de sus tropas debido a la debilidad y falta de motivación del ejército afgano, y se han visto forzados a dejar a 8,400 efectivos por lo menos hasta enero del 2017. El Talibán controla ahora más territorio que en cualquier otro momento desde la invasión estadounidense en el 2001.