El mundo de las finanzas puede hacerle frente al petróleo barato
Si las empresas no cumplen con sus deudas, los efectos se propagarán a través del sistema - pero sin grandes repercusiones .
En la última década, los inversionistas aprendieron una lección desagradable acerca de lo que es el contagio. Cuando el precio de los bonos hipotecarios y sus derivados cayó en picada durante el verano de 2007, parecía inicialmente ser un problema aislado. Ben Bernanke, entonces gobernador de la Reserva Federal, declaró que las pérdidas en las hipotecas de alto riesgo se limitarían a $25 mil millones. Sin embargo, el pánico se extendió hasta infectar a todo el sistema financiero. Las pérdidas fueron 100 veces mayores.
¿Podría ocurrir lo mismo otra vez, como consecuencia de la caída de los precios del petróleo
? Esta semana, Timothy Lane, vicegobernador del Banco de Canadá, dijo durante una conferencia energética en Wisconsin que los banqueros centrales están "en alerta ante la posibilidad de que los vínculos financieros podrían transmitir la tensión de los mercados del petróleo al sistema financiero".
Mientras tanto, los grandes inversores están trazando paralelos con las hipotecas de alto riesgo. Chris Flanagan, jefe de titulización de Bank of America Merrill Lynch, recientemente comparó la trayectoria del precio del crudo Brent con el índice ABX de derivados hipotecarios de alto riesgo en 2007. Encontró que los patrones eran casi idénticos.
"Como analistas hipotecarios, nuestra preocupación con el desordenado" escenario a la baja de [los precios del petróleo] quizás se ve reforzada por nuestra experiencia con la crisis de los bonos ‘subprime'", escribió. "Nos parece haber visto esta misma película antes".
Tal vez sí. Siempre que una clase de activo entra en caída libre, las instituciones están obligadas a vender otros activos para cumplir con las llamadas de margen, en medio de un clima donde reina la desconfianza. Estas ventas en medio de dificultades son en parte la razón de la reciente caída de los precios de los productos básicos; los niveles de volatilidad en los últimos días sugieren que alguien, en alguna parte del sistema financiero, está calladamente muy adolorido.
Pero hay al menos tres razones para creer que la película de este año no será tan aterradora como su precuela de 2007. La primera es que la caída de los precios del petróleo deberían tener un impacto positivo en la economía global. Eso es radicalmente diferente la situación en la que los precios inmobiliarios están en caída, creando por ende una mentalidad recesionista.
En segundo lugar, e igualmente importante, los reguladores y los inversores son todo menos complacientes. En 2007 se creía que el sistema financiero era tan saludable que no requería más capital. Esta vez, los reguladores ya han obligado a las instituciones financieras a tener colchones más grandes, y estas instituciones evalúan cada aspecto de sus operaciones. Esta semana, por citar un ejemplo, los grandes bancos canadienses revelaron que están haciendo pruebas de estrés para ver qué sucede si el petróleo cae a 35 dólares el barril - incluso más bajo que el actual. Algunas de las lecciones que nos dejó la epopeya del "subprime" han sido asimiladas.
Hay una tercera diferencia: la dispersión de los activos infectados. En 2007, las pérdidas de los activos relacionados con las hipotecas crearon una reacción en cadena, ya que estos bonos y derivados se extendieron por todo el sistema. No sólo estaban repartidos a lo largo y ancho de las carteras de muchos inversores, sino que también fueron utilizados como garantías para respaldar billones de dólares de transacciones financieras.
No se puede negar que los bonos y los derivados cuyo valor está vinculado al precio del petróleo constituyen una gran parte del universo financiero. Ellos representan alrededor de una sexta parte de la deuda corporativa estadounidense de alto riesgo, y se encuentran en los portafolios de muchos inversores. Pero, a diferencia de 2007, no son ampliamente utilizados para sustentar otras transacciones financieras.
Además, mientras que los bancos que se metieron en problemas en 2007 eran las piedras angulares de todo el sistema financiero, las empresas de energía y las casas de comercio de materias primas no lo son. Queda claro que si las compañías petroleras comienzan a dejar de pagar sus bonos, los efectos se propagarán a través del sistema financiero. Pero no crearán desastres.
Hay dos advertencias importantes que hacer. La probabilidad de posibles reacciones en cadena podría ser más grave si hay una grave inestabilidad en países como Rusia. El patrón también podría llegar a ser más pernicioso si resulta ser que hay grandes interconexiones financieras que los reguladores no pueden ver. Este escenario no se puede descartar, ya que estas dos esquinas del sistema financiero son turbias. Hay poca información, por ejemplo, acerca de lo que está sucediendo dentro de las gigantescas casas de comercio o cómo se entrelazan con los bancos de inversión. Los reguladores necesitan urgentemente ocuparse de eso.
Sin embargo, si se habla de una amenaza a la estabilidad financiera, la caída del precio del petróleo aún no está a la par con los bonos de alto riesgo. Algunos inversionistas sin duda tendrán que vérselas con pérdidas. Nos espera más volatilidad. El precio del petróleo también puede caer aún más. Pero ésta es, sin embargo, una historia que trata de casos aislados de dolor, y no un contagio financiero generalizado. Y eso es algo por lo que debemos estar agradecidos. Especialmente al tener en cuenta que la economía mundial sigue siendo débil ... en el mejor de los casos.
(c) 2015 The Financial Times Ltd. All rights reserved
Mientras tanto, los grandes inversores están trazando paralelos con las hipotecas de alto riesgo. Chris Flanagan, jefe de titulización de Bank of America Merrill Lynch, recientemente comparó la trayectoria del precio del crudo Brent con el índice ABX de derivados hipotecarios de alto riesgo en 2007. Encontró que los patrones eran casi idénticos.
"Como analistas hipotecarios, nuestra preocupación con el desordenado" escenario a la baja de [los precios del petróleo] quizás se ve reforzada por nuestra experiencia con la crisis de los bonos ‘subprime'", escribió. "Nos parece haber visto esta misma película antes".
Tal vez sí. Siempre que una clase de activo entra en caída libre, las instituciones están obligadas a vender otros activos para cumplir con las llamadas de margen, en medio de un clima donde reina la desconfianza. Estas ventas en medio de dificultades son en parte la razón de la reciente caída de los precios de los productos básicos; los niveles de volatilidad en los últimos días sugieren que alguien, en alguna parte del sistema financiero, está calladamente muy adolorido.
Pero hay al menos tres razones para creer que la película de este año no será tan aterradora como su precuela de 2007. La primera es que la caída de los precios del petróleo deberían tener un impacto positivo en la economía global. Eso es radicalmente diferente la situación en la que los precios inmobiliarios están en caída, creando por ende una mentalidad recesionista.
En segundo lugar, e igualmente importante, los reguladores y los inversores son todo menos complacientes. En 2007 se creía que el sistema financiero era tan saludable que no requería más capital. Esta vez, los reguladores ya han obligado a las instituciones financieras a tener colchones más grandes, y estas instituciones evalúan cada aspecto de sus operaciones. Esta semana, por citar un ejemplo, los grandes bancos canadienses revelaron que están haciendo pruebas de estrés para ver qué sucede si el petróleo cae a 35 dólares el barril - incluso más bajo que el actual. Algunas de las lecciones que nos dejó la epopeya del "subprime" han sido asimiladas.
Hay una tercera diferencia: la dispersión de los activos infectados. En 2007, las pérdidas de los activos relacionados con las hipotecas crearon una reacción en cadena, ya que estos bonos y derivados se extendieron por todo el sistema. No sólo estaban repartidos a lo largo y ancho de las carteras de muchos inversores, sino que también fueron utilizados como garantías para respaldar billones de dólares de transacciones financieras.
No se puede negar que los bonos y los derivados cuyo valor está vinculado al precio del petróleo constituyen una gran parte del universo financiero. Ellos representan alrededor de una sexta parte de la deuda corporativa estadounidense de alto riesgo, y se encuentran en los portafolios de muchos inversores. Pero, a diferencia de 2007, no son ampliamente utilizados para sustentar otras transacciones financieras.
Además, mientras que los bancos que se metieron en problemas en 2007 eran las piedras angulares de todo el sistema financiero, las empresas de energía y las casas de comercio de materias primas no lo son. Queda claro que si las compañías petroleras comienzan a dejar de pagar sus bonos, los efectos se propagarán a través del sistema financiero. Pero no crearán desastres.
Hay dos advertencias importantes que hacer. La probabilidad de posibles reacciones en cadena podría ser más grave si hay una grave inestabilidad en países como Rusia. El patrón también podría llegar a ser más pernicioso si resulta ser que hay grandes interconexiones financieras que los reguladores no pueden ver. Este escenario no se puede descartar, ya que estas dos esquinas del sistema financiero son turbias. Hay poca información, por ejemplo, acerca de lo que está sucediendo dentro de las gigantescas casas de comercio o cómo se entrelazan con los bancos de inversión. Los reguladores necesitan urgentemente ocuparse de eso.
Sin embargo, si se habla de una amenaza a la estabilidad financiera, la caída del precio del petróleo aún no está a la par con los bonos de alto riesgo. Algunos inversionistas sin duda tendrán que vérselas con pérdidas. Nos espera más volatilidad. El precio del petróleo también puede caer aún más. Pero ésta es, sin embargo, una historia que trata de casos aislados de dolor, y no un contagio financiero generalizado. Y eso es algo por lo que debemos estar agradecidos. Especialmente al tener en cuenta que la economía mundial sigue siendo débil ... en el mejor de los casos.
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