El ridículo mito sobre cómo el ego se puede dejar a un lado
El ego que se impone es el más fastidioso. Pero el ego silente es el más peligroso
La semana pasada recibí un correo electrónico invitándome a participar en un panel de personas presumidas que iban a hablar sobre algo de lo cual no sé mucho. Dije que no. No era lo mío.
Yo sé que usted odia los egos, la mujer me contestó por correo electrónico, pero éste es un panel libre de ego - no habrá grandilocuencia, simplemente una gran discusión.
En esto, ella estaba equivocada. Yo no odio los egos. Sería hipócrita odiarlos, dado el tamaño y la fragilidad del mío. Lo que sí odio es la pretensión, cada vez más común, de que los egos están ausentes - o la idea aún más ridícula que de alguna manera se pueden dejar a un lado.
Cada presidente dirá que su junta directiva está libre de ego. Cada CEO afirmará que el ego no se tolera en el equipo superior. A principios de mes Josef Ackermann declaró en el Financial Times que en la junta directiva de Investor "nadie jugaba al ego" - algo que no creo ni por un minuto.
Nunca he escuchado a un CEO, no importa cuán prepotente, que admita que tiene uno. Los rivales de Sir Martin Sorrell dirán con alegría que su ego será su ruina, sin embargo no estoy consciente de que el propio Sorrell jamás lo haya mencionado.
Nuestra negación del ego no sólo es ridícula sino que nos hace comportarnos con estupidez en el trabajo. La vida real nos dice que en el trabajo casi todo es ego - y la ciencia nos dice lo mismo. Hay dos estudios que presentan dos verdades muy básicas.
El primero muestra como casi todo el mundo sobreestima su propia función. Psicólogos de Harvard y la Universidad de Chicago les preguntaron a académicos que colaboraron en artículos qué porcentaje del trabajo fue responsabilidad de cada uno; sumaron los estimados y llegaron a un promedio de 140 por ciento. Un estudio similar con graduados de una Maestría en Administración de Empresas produjo un resultado similar. Nuestros egos nos hacen pensar que somos más importantes de lo que somos, o como dijeron los académicos, hay una "tendencia egocéntrica en la asignación de la responsabilidad".
Por mucho tiempo he notado que esta tendencia egocéntrica está en juego en mi cocina. Si se les pregunta a los miembros de mi hogar qué porcentaje de la limpieza semanal ellos cumplen, se llegaría a un total de 250 por ciento sin ninguna dificultad.
Tal "sobre-reclamación" no sólo se aplica al buen trabajo sino también a nuestros fracasos. Los estudios muestran que cuando metemos la pata en algo, también inflamos nuestro papel. Entender esto es vagamente consolador. No estaré dispuesta a moderar mi estimado de la frecuencia con que me equivoco, pero la próxima vez me consolaré sabiendo que mi fracaso es más pequeño de lo que me dice el ego.
El segundo estudio, realizado por psicólogos de Harvard, comprueba otra verdad: a todo el mundo le encanta hablar de sí mismo. En el experimento se les dio a escoger las siguientes opciones a los sujetos: podían contestar preguntas sobre sus propias opiniones por una modesta recompensa financiera, o, por una recompensa mayor, podían contestar preguntas sobre otra persona, como Barack Obama. La mayoría de personas prefirieron renunciar al dinero adicional siempre y cuando pudieran disertar sobre su tema favorito: ellos mismos.
La semana pasada pasé dos horas en un tren con alguien que conocía profesionalmente. No la conocía muy bien, pero al final de la jornada decidí que era una persona verdaderamente espléndida. Comprensiva. Inteligente. Confiable. Ahora, después de haberlo pensado, me mortifica darme cuenta que ella había aprendido mi lección antes de que yo la aprendiera. Ella se dio cuenta de que la manera de ganar el juego del ego era dejar que yo hablara largamente sobre mi vida y mis opiniones, mientras ella se reía y hacía las preguntas adecuadas.
Hay dos leyes sobre los egos. La primera es que crecen inevitablemente al volverse más exitosas y mayores las personas. La segunda es que no todos los egos son iguales. Algunos se pueden ver. Y otros no.
El ego de tipo visible, el que se impone, es el más fastidioso. Pero el tipo silente, el que engaña haciendo pensar que no existe, es el más peligroso.
Yo lo sé porque poseo ambas variedades. Tengo mi propia columna y ahí soy presumida. Con frecuencia escribo sobre mi misma. La primera persona, el "yo", ya ha aparecido 26 veces en esta columna, y todavía no he terminado.
Pero también tengo el tipo suprimido. Porque sé que las escandalosas manifestaciones del ego son horribles y de mala educación, trato de no hacerlas. Pero cuando alguien no ve el ego y lo pisa, duele igual y uno se resiente más porque no puede protestar.
Como posdata: Durante el curso de escribir esto me di cuenta de un alboroto en la redacción directamente detrás de mí. Dos académicos habían sometido para publicación un excelente artículo. Pero cuando el FT les dijo que sólo lo publicarían con el nombre de sólo uno de los autores, tuvieron una batalla de egos, no llegaron a un acuerdo y se retiró el artículo.
Espero que lean esto, comprendan que simplemente sufren de una perfectamente normal tendencia egocéntrica en la asignación de la responsabilidad, y que por mutuo interés uno de ellos encuentre la gracia de bajarse.
(c) 2015 The Financial Times Ltd. All rights reserved
Cada presidente dirá que su junta directiva está libre de ego. Cada CEO afirmará que el ego no se tolera en el equipo superior. A principios de mes Josef Ackermann declaró en el Financial Times que en la junta directiva de Investor "nadie jugaba al ego" - algo que no creo ni por un minuto.
Nunca he escuchado a un CEO, no importa cuán prepotente, que admita que tiene uno. Los rivales de Sir Martin Sorrell dirán con alegría que su ego será su ruina, sin embargo no estoy consciente de que el propio Sorrell jamás lo haya mencionado.
Nuestra negación del ego no sólo es ridícula sino que nos hace comportarnos con estupidez en el trabajo. La vida real nos dice que en el trabajo casi todo es ego - y la ciencia nos dice lo mismo. Hay dos estudios que presentan dos verdades muy básicas.
El primero muestra como casi todo el mundo sobreestima su propia función. Psicólogos de Harvard y la Universidad de Chicago les preguntaron a académicos que colaboraron en artículos qué porcentaje del trabajo fue responsabilidad de cada uno; sumaron los estimados y llegaron a un promedio de 140 por ciento. Un estudio similar con graduados de una Maestría en Administración de Empresas produjo un resultado similar. Nuestros egos nos hacen pensar que somos más importantes de lo que somos, o como dijeron los académicos, hay una "tendencia egocéntrica en la asignación de la responsabilidad".
Por mucho tiempo he notado que esta tendencia egocéntrica está en juego en mi cocina. Si se les pregunta a los miembros de mi hogar qué porcentaje de la limpieza semanal ellos cumplen, se llegaría a un total de 250 por ciento sin ninguna dificultad.
Tal "sobre-reclamación" no sólo se aplica al buen trabajo sino también a nuestros fracasos. Los estudios muestran que cuando metemos la pata en algo, también inflamos nuestro papel. Entender esto es vagamente consolador. No estaré dispuesta a moderar mi estimado de la frecuencia con que me equivoco, pero la próxima vez me consolaré sabiendo que mi fracaso es más pequeño de lo que me dice el ego.
El segundo estudio, realizado por psicólogos de Harvard, comprueba otra verdad: a todo el mundo le encanta hablar de sí mismo. En el experimento se les dio a escoger las siguientes opciones a los sujetos: podían contestar preguntas sobre sus propias opiniones por una modesta recompensa financiera, o, por una recompensa mayor, podían contestar preguntas sobre otra persona, como Barack Obama. La mayoría de personas prefirieron renunciar al dinero adicional siempre y cuando pudieran disertar sobre su tema favorito: ellos mismos.
La semana pasada pasé dos horas en un tren con alguien que conocía profesionalmente. No la conocía muy bien, pero al final de la jornada decidí que era una persona verdaderamente espléndida. Comprensiva. Inteligente. Confiable. Ahora, después de haberlo pensado, me mortifica darme cuenta que ella había aprendido mi lección antes de que yo la aprendiera. Ella se dio cuenta de que la manera de ganar el juego del ego era dejar que yo hablara largamente sobre mi vida y mis opiniones, mientras ella se reía y hacía las preguntas adecuadas.
Hay dos leyes sobre los egos. La primera es que crecen inevitablemente al volverse más exitosas y mayores las personas. La segunda es que no todos los egos son iguales. Algunos se pueden ver. Y otros no.
El ego de tipo visible, el que se impone, es el más fastidioso. Pero el tipo silente, el que engaña haciendo pensar que no existe, es el más peligroso.
Yo lo sé porque poseo ambas variedades. Tengo mi propia columna y ahí soy presumida. Con frecuencia escribo sobre mi misma. La primera persona, el "yo", ya ha aparecido 26 veces en esta columna, y todavía no he terminado.
Pero también tengo el tipo suprimido. Porque sé que las escandalosas manifestaciones del ego son horribles y de mala educación, trato de no hacerlas. Pero cuando alguien no ve el ego y lo pisa, duele igual y uno se resiente más porque no puede protestar.
Como posdata: Durante el curso de escribir esto me di cuenta de un alboroto en la redacción directamente detrás de mí. Dos académicos habían sometido para publicación un excelente artículo. Pero cuando el FT les dijo que sólo lo publicarían con el nombre de sólo uno de los autores, tuvieron una batalla de egos, no llegaron a un acuerdo y se retiró el artículo.
Espero que lean esto, comprendan que simplemente sufren de una perfectamente normal tendencia egocéntrica en la asignación de la responsabilidad, y que por mutuo interés uno de ellos encuentre la gracia de bajarse.
(c) 2015 The Financial Times Ltd. All rights reserved
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