Demagogos no sólo atraen a intolerantes y “deplorables”

Combo de imágenes de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinto y Donald Trump. (Foto EFE)

El populismo se ha convertido en una fuerza destructiva debido a la atracción que ejerce sobre las personas respetables que están desilusionadas y abatidas.

Cuando Hillary Clinton colocó a la mitad de los partidarios de Donald Trump en lo que llamó una cesta de “deplorables” — “racistas, sexistas, homófobos, islamófobos, xenófobos, de todo” — ella cometió un error político elemental. Puedes atacar los prejuicios de tu oponente, pero nunca debes atacar a sus partidarios. Después de todo, nunca rechazarías sus votos. La Sra. Clinton se disculpó prontamente por lo que ella llamó una “generalización indisculpable”.

La candidata del Partido Demócrata no es la primera que ha cometido este error. Barack Obama en una ocasión arremetió contra los estadounidenses de las pequeñas ciudades que se aferraban a “las armas o a la religión o a la antipatía hacia las personas que no son como ellos”. Esto ocurrió durante una contienda de las elecciones primarias en 2008 contra, ni más ni menos, la Sra. Clinton. A Mitt Romney — el republicano que se enfrentó al Sr. Obama en las elecciones de 2012 — lo grabaron diciéndole a un grupo de acaudalados donantes que el 47 por ciento de los estadounidenses se consideraban “víctimas” con derecho “a servicios de salud públicos, a alimentos, a vivienda, y a lo que se les ocurra”.

Cualquiera que haya escrito algo ofensivo sobre el candidato republicano a la presidencia de EEUU va a entender dónde se originó el comentario de la Sra. Clinton. Quienes se describen a sí mismos como partidarios del Sr. Trump son personas que no se andan con rodeos cuando se trata de invectivas cargadas de improperios. “Moja-camas liberal” es un epíteto favorito en el extremo más cortés del espectro. Ocasionalmente, sin embargo, también se puede entrever una desesperación genuina: “¿Cuál es la alternativa?”.

El populismo que está transformando la política en ambos lados del Atlántico se presenta en diferentes formas y tamaños. Pero, al menos en la derecha, los movimientos comparten ciertas características. El nacionalismo se infiltra en el nativismo, y nuevas fronteras de identidad, origen étnico y religión remplazan las viejas líneas divisorias entre la izquierda y la derecha. Los populistas quieren desacreditar a las instituciones democráticas y pintan a la globalización como una conspiración de las élites. Ellos comparten una inclinación autoritaria, y prefieren un capitalismo de Estado a un mercado sin restricciones.

Démosle un vistazo a la campaña del Sr. Trump y a los populistas que amenazan con cambiar completamente el statu quo en Europa; es justo decir que atraen a algunas personas desagradables. El Frente Nacional de Francia ha añadido a los islamófobos a su tradicional base antisemita; el partido Alternativa para Alemania tiene su porción de neonazis; y el Sr. Trump, por supuesto, cuenta con numerosos seguidores entre los defensores de la supremacía de la raza blanca.

Las democracias siempre han tenido sus ‘elementos’ desagradables. Es un hecho que forma parte de la naturaleza de las sociedades libres y liberales. La Sra. Clinton dijo que éstas son las personas que el Sr. Trump actualmente ha “despertado” por lo que “los sitios web que solían tener 11,000 personas ahora tienen 11 millones”. Una vez más, se puede ver que lo que ella quiso describir es la explosión de odio en los medios sociales y en la proliferación de sitios web extremistas. La era digital amplifica tanto lo peor como lo mejor.

Sin embargo, lo que distingue a los movimientos populistas de hoy en día no es que la cantidad de racistas e intolerantes haya crecido de manera exponencial, sino que los demagogos como Donald Trump y Marine Le Pen han logrado atraer no sólo a un electorado natural de intolerantes, sino también a los desencantados y desilusionados. La realidad es que el populismo se ha convertido en una fuerza destructiva mediante la adición de una considerable cantidad de personas respetables, pero abatidas, al número de “deplorables”.

La Sra. Clinton reconoció los temores y las ansiedades económicas de un electorado más amplio, pero pareció caracterizarlos como víctimas del engaño. Para quienes seriamente quieran confrontar al populismo, estas preocupaciones deberían ser el punto de partida en vez de una ocurrencia tardía. Las políticas que el Sr. Trump y otros personajes similares promueven son totalmente ilegítimas; tan contrarias a la decencia como lo están destinadas al fracaso. Quienes se ven atraídos hacia la causa a menudo están actuando en contra de su propio interés. Pero tales argumentos sólo se pueden plantear de manera convincente cuando el obsoleto sistema político reconozca la legitimidad de las quejas y actúe en consecuencia. Hasta ese entonces, la ira desplazará a la razón.

Ésta es una historia familiar: El relativo estancamiento de los ingresos reales entre las clases trabajadora y media mientras que la riqueza de los más ricos ha aumentado de manera exponencial. La disminución de la movilidad social y las inseguridades de empleo planteadas por las fuerzas combinadas del avance tecnológico y de la liberalizaron de los mercados globales. La agitación social y cultural causada por la migración y una percepción de que las élites — ya sea en la política, en los negocios o en las profesiones — están protegidas contra las vicisitudes de la globalización.

Luego se encuentra el poderoso cargo de que los ricos se han comprado su propia inmunidad legal. Pensemos en los banqueros que causaron la debacle en 2008 y cuya culpabilidad por toda clase de actos ilegales ha sido desde entonces demostrada. ¿Cuántos han ido a la cárcel?

No existe un modelo fácil para reconstruir la confianza. El esfuerzo incluiría proyectos como: remodelar el capitalismo; reducir el vínculo entre el dinero y la política; obligar a las corporaciones globales a pagar una cantidad de impuestos respetable; abandonar los acuerdos comerciales llevados a cabo exclusivamente para el beneficio de las empresas tecnológicas de Silicon Valley; restablecer una conexión entre la remuneración de los miembros de las juntas directivas y su rendimiento; e invertir en sistemas de educación adecuados. Claramente, la implementación de estos proyectos requeriría más de un solo término político.

Sin embargo, observando la presente realidad, es difícil imaginarse a los principales políticos tan siquiera comenzando a abordar el tema. La Sra. Clinton tiene cantidades de políticas, pero escasamente equivalen a un persuasivo mensaje de cambio o a una convincente respuesta a la peligrosa pregunta planteada por los populistas: ¿de qué lado estás tú? Sí, hay demasiados “deplorables”, pero lo que debemos hacer es preocuparnos por los respetables desilusionados.

Por Philip Stephens (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved