Por qué no estamos ganando la batalla contra la obesidad

Los problemas de la salud son costosos y no hay claridad científica para luchar contra ellos

¿No debería la gente simplemente comer menos y hacer más ejercicio?

La obesidad le cuesta al mundo casi tanto como la guerra, la violencia armada y el terrorismo. Sin embargo, cuando intentamos abordar la obesidad, somos como los navegantes del siglo XVI con mapas incompletos y continentes mal dibujados.

Ésa es la conclusión de un informe publicado la semana pasada por el McKinsey Global Institute. Si bien el informe recomienda la intervención generalizada del gobierno, las empresas de alimentos, minoristas, restaurantes, proveedores de cuidados de la salud y los medios de comunicación, también admite que realmente no sabíamos lo que estábamos haciendo.

“La ciencia relacionada con la obesidad y las investigaciones sobre cómo revertir este creciente lastre son claramente incompletas”, dijeron los investigadores de McKinsey.

Algunas tendencias son claras. Hoy en día es más fácil comer en exceso que nunca antes. La comida es mucho más barata. En 1900, el hogar estadounidense promedio gastaba el 42 por ciento de sus ingresos en alimentos. Para 1950, esa cifra había disminuido al 30 por ciento. Para el 2003, la cifra era 13.5 por ciento.

La actividad física mostró una caída similar. En 1969, el 40 por ciento de los niños estadounidenses caminaban o montaban en bicicleta a la escuela. En 2001, sólo el 13 por ciento.

¿No debería la gente simplemente comer menos y hacer más ejercicio? El problema es que lo primero es difícil y el segundo, aunque imparte muchos beneficios, no es tan efectivo para bajar de peso.

David Kessler, ex comisionado de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de EEUU, argumenta que la industria alimentaria ha descubierto una combinación de azúcar, grasa y sal que nos proporciona un efecto placentero similar al de la heroína.

En su excelente libro Food: A Very Short Introduction, John Krebs, ex presidente de la UK Food Standards Agency, tilda la opinión de Kessler de “especulativa”, pero añade que la evolución nos ha programado para disfrutar el azúcar, la grasa y la sal. Los dos primeros son fuentes cruciales de energía y necesitamos sal para reemplazar los fluidos corporales que perdemos durante el día.

Pero mientras que nuestros antepasados comían alimentos con azúcar, sal y grasas siempre que podían, porque no estaban seguros de cuándo ingerirían su próxima comida, la nuestra, sobrecargada con estos ingredientes nos espera en cada esquina.

En cuanto a ejercicio se refiere, Lord Krebs dice que 20 minutos en la caminadora quema el mismo número de calorías que se encuentran en una botella de refresco.

Creo que hay otro problema. Si bien, como Lord Krebs señala, nuestro conocimiento acerca de la nutrición ha avanzado enormemente desde que la gente pensaba que el escorbuto era causado por falta de aire debajo de la cubierta de los barcos o por la carne salada, hay muchas cosas que no sabemos con respecto al papel que juegan los alimentos, no sólo en la causa de la obesidad sino también en las condiciones médicas a veces relacionadas con ella.

El consejo normal en cuanto a las grasas saturadas en la mantequilla, la crema y la carne roja es comer menos de ellas y más de las grasas insaturadas en el pescado y las plantas. Pero en marzo, una investigación publicada en la revista Annals of Internal Medicine, no encontró evidencia significativa que las grasas saturadas aumentan el riesgo de enfermedades del corazón.

Y mientras que durante mucho tiempo se pensó que la leche era importante para tener huesos sanos, un estudio sueco publicado recientemente en la revista British Medical Journal sugiere que un mayor consumo de leche podría resultar en un nivel más alto de fracturas óseas en mujeres.

Estos estudios vienen con las advertencias de que se requiere mayor investigación al respecto. Y no tiene sentido quejarse de científicos titubeantes. Así es como se desarrolla la ciencia, mediante la prueba de nuevas hipótesis y el descarte de viejas certezas.

Pero eso dificulta el persuadir a la gente a cambiar sus hábitos alimenticios. Si los expertos no se deciden acerca de qué alimentos son buenos para nosotros, ¿por qué debemos hacerles caso acerca de cómo perder peso?

No estamos completamente perdidos en cuanto a la obesidad. Como dice el estudio de McKinsey, a pesar de todo, los mapas antiguos les eran útiles a los marineros del siglo XVI. Los consultores recomiendan rediseñar las ciudades para fomentar la actividad física y colaborar con la industria alimentaria para reducir el tamaño de las porciones.

Esto podría ser rentable para las empresas, ya que reduciría el monto de comida que utilizan. McKinsey sostiene que es importante garantizar que las empresas tengan incentivos para cooperar, a diferencia de sus negativas cuando Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, trató de prohibir las bebidas azucaradas gigantes.

Como dice McKinsey, no hay una respuesta simple. Las campañas contra conducir bajo efectos del alcohol y contra el tabaquismo tenían mensajes fáciles de entender. Conducir borracho causa lesiones y muerte, puede dejarte con un historial criminal y problemas para encontrar trabajo. El fumar mata – y perjudica a tus hijos.

La obesidad, algo más difícil de entender, será, al igual que la lucha contra el terrorismo, una batalla más larga y mucho más complicada.

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