Cuando ya no te recuerde
La mamá de Agustín tiene 94 años. Todos los domingos mi amigo la visita, almuerza con ella y repasan las lecciones de la vida. Cada domingo Agustín, pacientemente, la escucha rememorar sus mejores tiempos, el día que conoció a su marido, todos los problemas que enfrentaron cuando eran jóvenes, su primer baile, el nacimiento de su primer hijo...
Agustín en ningún momento se cansa de escucharla y ni siquiera se molesta de la cantidad de veces que su madre le pone las manos en la cabeza y le bendice.
Cada domingo el ritual es el mismo, él llega, ella ya cambiada le espera, ligeramente maquillada, peinada con el poco pelo que le queda estrena su mejor sonrisa y lo mira con sus ojos ya gastados por el tiempo con toda la ternura que solo una madre puede mirar.
–He preparado tu plato favorito –le dice ella tratando de halagarle.
Cada día de fiesta ella hace la ensalada de papas y la mayoría de las veces se le olvida alguno de los ingredientes, pero el hijo no protesta y se la come gustosamente exclamando al final.
–Esta ha sido la mejor de todas.
La mamá se pone de pie y, con cada vez más dificultad, se acerca a su hijo y le estampa un beso en la frente.
Luego, en el pequeño balcón, dos mecedoras casi juntas, conversan lo mismo de siempre.
Agustín hace las mismas exclamaciones y no protesta por las historias repetidas ni los constantes olvidos.
–Son 94, se excusa la dama de pelo blanco–, tengo derecho a olvidar algunas cosas, ¿verdad?
–Pero si es que no olvidas nada –contesta el hijo con cariño y agrega– yo olvido mucho más que tú –y a tono de chiste continúa, ayer estuve todo el día buscando las llaves del carro y ¿sabes dónde las encontré?
La mamá abre sus gastados ojos.
–¿Dónde mi hijito, dónde?
–En el mismísimo carro, pero no se me ocurrió buscarlas allí y perdí toda una mañana.
La elegante señora echa para atrás su cabeza y larga una sonora carcajada.
Agustín le toma de la mano y acaricia sus arrugados dedos, toca el anillo de bodas y le comenta:
–¿Nunca te lo has quitado mamá?
–Ni para bañarme. Tu padre me lo regaló haciendo un gran sacrificio y en esa época éramos muy pobres. El día que me lo trajo le brillaban los ojos, me lo puso y me juró amor eterno. Hasta el día de su muerte me repitió que había sido su compañera y la mujer de su vida y me dio las gracias por acompañarle en las buenas y las malas.
El hijo contempla a su madre, quien a pesar de los años tiene una belleza que la hace única.
–Agustín –le sorprende ella–. Estoy perdiendo la memoria, pero ten presente que si alguna vez te llamo Pedro, Luis o Juan, o si algún día te miro y no sé quién eres y guardo silencio, no me tomes en cuenta, detrás de ese silencio está mi amor de siempre, te querré con todos los nombres, con todos los silencios hasta el fin de mis días y, después de ida, te seguiré queriendo en la eternidad. Cuando no te recuerde, te querré más, mucho más. Agustín, ¿qué día es hoy?
–Domingo, mamá, hoy es domingo, por eso estoy aquí y te quiero tanto.