La lectora de nubes

Mi amiga Virginia lee las nubes, lo que comenzó como un juego se convirtió en un ‘trabajo’ para leer el destino de gente que necesitaba alguien que la oyera y a escapar de su soledad

Las nubes lo dicen todo, pero hay que mirarlas con el corazón. (Ilustración: Luiggy Morales)

Virginia es una mujer sencilla, menuda, de mirada azul como el cielo. No recuerdo cuándo la conocí. Madre de tres hijos, viuda cuando apenas comenzaba a vivir, aprendió a defenderse y defender a los suyos con valentía en momentos en que sentía que el mundo desaparecía bajo sus pies.

-Me monté en un avión e hice como cantidad de dominicanos que creen que Nueva York es la respuesta a todas nuestras necesidades. Primero me fui yo, le dejé a una comadre los muchachos y le dije: “me los voy a traer uno a uno, ya verás”, y así fue. Trabajé en todo lo que honradamente pude, me hice reina de factorías, aprendí a hablar como los gringos y fui preparándome para que mis hijos pudieran estudiar y defenderse en el futuro y lo logré.

Cuando dice eso, una sonrisa inmensa de satisfacción le cubre el rostro. Sus ojos no han perdido el brillo con los años, su pelo, hoy blanco, sigue abundante y hermoso, cuando miro sus manos arrugadas y cansadas no dejo de admirarla.

-¿Y qué fue lo que más te gustó de los tantos trabajos que hiciste?

-Mira, Freddy, yo sé lo que es venir desde abajo, limpié oficinas, apenas dormía para tomar ese tren en la madrugada y fregar todo un piso de un edificio en el “dantaun”, pero algo que nunca he contado a nadie fue mi temporada de verano cuando comencé a leer las nubes.

-¿Leer las nubes?

-Estando en el parque, mientras llevaba a uno de mis hijos a jugar, me quedé mirando el cielo y comencé a decir en voz alta lo que veía. Una amiga que estaba conmigo me preguntó que qué veía y le dije muy seria: “el destino de la gente, las nubes lo dicen todo, pero hay que mirarlas con el corazón”.

Lo que comenzó como un juego se hizo viral. Al otro día esa amiga trajo a otra amiga para que le leyera las nubes. No todos los días se congregaban las nubes, así que solo cuando el cielo lo permitía, armaba unas historias interminables que vinculaban a la persona que me lo pidiera y, oye, me daban muy buenas propinas por mis descubrimientos, -y aquí Virginia, pícara, agrega-, ya tenía mi clientela, y algunas hasta repetían. Cada cliente me tomaba unos minutos y las consultas eran privadas. Jamás hablé con público. Todas mis lecturas eran individuales.

-¿Y de verdad leías algo en las nubes?

-¿Qué tú crees?

-No sé -dije asombrado-, he escuchado de gente que lee las cartas, otras las tazas, el que tú leas las nubes no me sorprende, aunque no dejo de reconocer que es algo sofisticado y hasta poético.

Aquí la carcajada de mi amiga se hizo estruendosa.

-Dios me dio una gran imaginación, es mi gran tesoro y gracias a este tesoro una vez veía al cliente sabía por dónde podía entrarle. La gente está necesitada de amor, de comprensión, de esperanza, y yo les regalaba eso.

-¿Y nunca tuviste miedo de fallar?

-¡Qué vaaaa! Además de divertido hice mi apostolado, muchas veces la gente venía a que la oyera y a escapar de su soledad. Amigo -y aquí hizo un paréntesis-, tú no sabes lo que es estar encerrado en un invierno cruel en uno de esos edificios. Las nubes ayudaron a mucha gente a mantener sus sueños. ¿Quieres que te lea la tuya? Mira, esa se parece a ti, -dijo señalando el cielo-, está repleta de luz... ¡Mira! -gritó señalando al cielo-, hasta tiene un ángel... ¡¡¡mira que tienes suerte!!!

Freddy Ginebra Giudicelli es un contador de anécdotas cuyo mayor deseo es contagiar su alegría y llenar de esperanza a todos aquellos que leen sus entrañables historias.