Los vasos rotos

Creo que tendría 8 ó 9 años, no estoy seguro, el tiempo transcurrido va esfumando los recuerdos.

En ese tiempo la ciudad era muy pequeña y casi todos nos conocíamos. Yo era el hijo de Danilo y Cecilia y mis amigos eran los hijos de tal o cual, era la manera de identificarnos. El año 1952 cambió mi vida, llegó la televisión a mi país y de 5 a 10 de la noche, hipnotizado, veía la pantalla chica soñando con que algún día yo trabajaría en ella y así fue.

Una mañana de abril caminaba por mi calle el Conde como era habitual; vivía en la Sánchez y pasear por la arteria principal de la ciudad era parte de mi cotidianidad.

La vitrina de la ferretería Morey los tenía en el escaparate, ya desde finales de abril comenzaban a poner anuncios para los regalos de las madres con grandes precios dibujados en colores que llamaban la atención.

Era llamativo ver todos los regalos y sus ofertas envueltos en papel celofán.

Una tarde, paseando con mi mamá, en búsqueda de unos zapatos para la escuela, ella vio los vasos y me comentó que le gustaban. Eran unos vasos de color amarillo con unos diseños en azul en los bordes. Eso bastó para que me decidiera de inmediato. Si ahorraba suficiente podría comprarlos y se los regalaría el día de las madres.

Unos días después, cuando la guagua del colegio me dejó, me escapé a preguntar el precio. Creo que podría comprarlos si ajustaba mi presupuesto y ahorraba del dinero de meriendas y cines.

Es sábado, en mi bolsillo el peso con cincuenta centavos de la media docena de vasos. La emoción me mantiene intranquilo, ya hablé con mi vecino para que me los guarde hasta la mañana del domingo y así sorprender a mi mamá.

Amanece, apenas pude dormir pensando en el rostro de ella cuando viera que los vasos que tanto le gustaron se los regalaba su príncipe. (Así me llamaba). El reloj de la vitrina marca las 7:20 a.m., pijama puesto, corro y toco la puerta de mi amigo; me abre la muchacha de la casa y, como ya está enterada, me entrega de inmediato, envuelto en un llamativo papel celofán rojo, mi regalo de madres.

Corro, el nerviosismo y la emoción es tal que doy un paso en falso y vuelan de mis manos los seis vasos. En ese momento siento que me falta la respiración, los veo en el aire, intento atraparlos, pero la torpeza es aún peor, caen y, con un sonido que jamás olvidaré, mi regalo se convierte en cientos de pedacitos de vidrio.

–No –grito en desesperación. Y sin poder evitarlo dos grandes lágrimas me corren por el rostro. Lloro tanto y tan alto que mi mamá asustada viene a socorrerme. Estoy sentado en la acera. Ella me toma de las manos y me abraza.

–¿Te has hecho daño? –pregunta.

Me revisa, toma mi cabeza entre sus manos, está asustada, le digo que no y, sin poder casi hablar, le señalo mi regalo de madres....

–Eran unos vasos –entre hipos le digo–.

Y ella, con la sonrisa más bella del mundo, me dice:

–Son los vasos rotos más hermosos –y me abraza–.

Ese abrazo se queda en mi corazón para siempre. l

Ilustración: Ramón L. Sandoval