Rien de rien: una lección parisina
Una noche en el Hotel Costes, un precioso establecimiento de la calle St. Honoré conocido por su jardín, su trabajo de interiorismo y la calidad de su bar, Jorge Brown y yo nos dimos cuenta de algo surreal: estábamos codo con codo con Joyce Bonelli, la maquillista responsable del look de las Kardashians, y Franca Sozzani, la editora de Vogue Italia. De repente entra Leandra Medine, la Man Repeller, molesta porque no pudo encontrar una mesa en el área del jardín; unos minutos después pasa Kris Jenner, vestida de Balmain de pies a cabeza, y me quedo sin habla, mientras Jorge me relaja por dejarme impresionar por alguien como ella; luego pasa Rihanna, con un efusivo saludo a nuestras vecinas que todavía hoy aseguro salpicó un chin sobre nosotros.
Y ahí pensé: la semana de la moda de Nueva York es entretenida, y la ciudad en sí un paraíso para quien busca nuevas experiencias, pero París seguirá siendo París. La ciudad luz verdaderamente tiene la capacidad de impresionarte e iluminarte la mente. Hay inspiración quizá en cada esquina, desde lo esperado hasta lo inesperado.
Durante esta semana de la moda, no solo en la extravagante dirección de arte de los desfiles encontré referencias y magia —para muestra de esto estaba en la explanada del Louvre un domo hecho de lavanda para el show de Dior Haute Couture—. Para llegar al apartamento donde estuve hospedada, pasaba todos los días delante de la torre Eiffel, pero también caminaba por brasseries que, sencillos por fuera, guardaban en sus cocinas tostadas de queso de cabra horneado, foie gras y escargots capaces de dejar memorias indelebles en el paladar.
También pasaba delante de mujeres que entendían que, al igual que esos restaurantes, su mayor fortaleza visual no estaba en lo exagerado de su ropa, sino en su valor interno y la forma en que la llevaban. Por eso, mientras que en Nueva York vale la ostentación a la hora de producirse, en París la gente no anda por la calle entregada al maquillaje, sino que le ceden el protagonismo a las piezas que llevan. Veía de cerca a personalidades como Giovanna Battaglia y Anna Dello Russo, quienes a pesar de su excentricidad al vestirse llevan el pelo y el maquillaje con una sencillez que intriga. Al internalizar esa forma de ver la ropa, le dije a Jorge, medio relajando pero con mucha seriedad: “Esta va a ser mi nueva etapa”.
Como parte de la cultura latinoamericana, pensamos que mientras más nos producimos la cara y el pelo más bonitas nos sentiremos. Quizá sea un tema de inseguridad, y eso fue algo en lo que reflexioné al verme expuesta a la cultura parisina: al emularlas y dejarme opacar por mi ropa me sentí más real. Al final, en una ciudad conocida por su elegancia, entendí que la mujer no necesita adornarse tanto, sino dejar que su cara brille sola y refleje lo que lleva dentro.
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