A.M. - Lenguaje político
El lenguaje es la herramienta de comunicación por excelencia entre los hombres, pero es un instrumento que se presta a todos los usos. La fábula de la lengua, servida como el mejor plato y el peor de ellos, ilustra bien la utilidad del lenguaje y su capacidad de hacer daño.
El lenguaje político es descalificador y excluyente. Los políticos dominicanos no hablan, insultan. Son como perros rabiosos ladrándole a quien consideran un eventual peligro.
Sin embargo, esos ladridos nunca se convierten en mordeduras porque son todos de la misma raza aunque tengan la piel de diversos colores. Por eso, ningún político envía a la cárcel ni a los suyos ni a sus enemigos.
Ese lenguaje no es más que una manifestación, entre otras razones, del carácter patrimonial que ha venido adquiriendo la actividad política. Quien quiere bajarme del poder, lo que quiere en el fondo es quitarme mi fuente de prebendas, mi canasta de oportunidades, mis ingresos, y por eso la violencia es el primer recurso de defensa.
Como la ascensión o caída del poder tiene su equivalente en términos económicos y en ascendiente social, la posición política hay que mantenerla a cualquier precio.
Ese lenguaje de gallera de barrio, de cafetín de mala muerte, podrá ser atractivo a algunos de sus seguidores que viven de la carroña, pero descalifica moralmente a quien lo utiliza. La política debe ser una facilitadora de políticas públicas y de acuerdos entre actores que representen intereses legítimos en la sociedad, no un mercado persa donde se compra y se vende al mejor postor.
El lenguaje de las descalificaciones retrata de cuerpo entero la baja calidad de nuestra política y de nuestros políticos.
atejada@diariolibre.com
Ese lenguaje no es más que una manifestación, entre otras razones, del carácter patrimonial que ha venido adquiriendo la actividad política. Quien quiere bajarme del poder, lo que quiere en el fondo es quitarme mi fuente de prebendas, mi canasta de oportunidades, mis ingresos, y por eso la violencia es el primer recurso de defensa.
Como la ascensión o caída del poder tiene su equivalente en términos económicos y en ascendiente social, la posición política hay que mantenerla a cualquier precio.
Ese lenguaje de gallera de barrio, de cafetín de mala muerte, podrá ser atractivo a algunos de sus seguidores que viven de la carroña, pero descalifica moralmente a quien lo utiliza. La política debe ser una facilitadora de políticas públicas y de acuerdos entre actores que representen intereses legítimos en la sociedad, no un mercado persa donde se compra y se vende al mejor postor.
El lenguaje de las descalificaciones retrata de cuerpo entero la baja calidad de nuestra política y de nuestros políticos.
atejada@diariolibre.com
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