Las cloacas son necesarias
El linchamiento que dura lo que el siguiente clic
Cuando un crucero o un avión arriban tras un largo viaje, nadie se ruboriza al ver cómo les acoplan mangueras para extraer las inmundicias. Es un gesto civilizatorio, higiénico, necesario. Las ciudades hicieron lo propio hace siglos con cloacas y desagües. Entendieron que la convivencia empieza por saber qué hacer con los residuos. La modernidad, vista así, no es más que un sistema cada vez más eficaz para evacuar lo que sobra sin fingir que no existe.
La tecnología contemporánea ha cumplido una función parecida al posibilitar sentinas digitales donde se vierten los instintos más bajos, la maledicencia, la bilis acumulada, el resentimiento que antes circulaba en voz baja y hoy necesita altavoz. Han drenado, y al hacerlo, paradójicamente, han desactivado parte de su poder corrosivo.
La maledicencia, cuando se vuelve abundante, pierde valor. El chisme eficaz era escaso, sigiloso y selectivo. Hoy es torrencial, repetitivo, previsible. Se grita tanto que ya no hiere. La indignación permanente envejece en horas. El linchamiento digital dura lo que tarda el siguiente. Así, en su sobreexposición, la injuria se trivializa y sus protagonistas mutan en irrelevantes.
Antes, difamar exigía oficio, relato, ingenio, memoria. Hoy basta con un teclado, una cuenta sin rostro, indisposición para el trabajo honrado, pero no para la maldad, y un arrebato momentáneo. El resultado no es una sociedad más vigilante, sino más fatigada. Todo cansa cuando se vuelve ruido.
Conviene volver a la advertencia clásica de Fray Luis de León, escrita en 1583: “Avive el seso y despierte la memoria”. No basta conocer al difamador; es preciso pensar y recordar. La tecnología nos ha proporcionado sentinas donde evacuar lo peor de nosotros. La inteligencia —esa, en cambio— sigue siendo una responsabilidad estrictamente individual, justo antes del reflejo automático de tomar el celular.