Remar sin excusas
La rendición de cuentas como carta de navegación del Estado
Quizá la atención pública esté más pendiente de los posibles cambios que suelen anunciarse cada 27 de febrero en la burocracia del Estado que de la rendición de cuentas misma. La quiniela desplaza al balance. Los nombres pesan más que los números. Y, sin embargo, la fecha no nació para alimentar rumores palaciegos, sino para someter la gestión al escrutinio republicano. Con la fiesta de la Independencia viene la dependencia del Ejecutivo de los delegatarios del poder: los ciudadanos. Hay que darles cuenta de qué se hace con lo que entregaron en las urnas.
La rendición de cuentas es más que un inventario prolijo. Es una oportunidad política de primer orden: fija prioridades, reconoce tropiezos y define el rumbo inmediato. Cuando se desperdicia, el discurso se vuelve catálogo. Pero, si se asume con rigor, se convierte en carta de navegación.
El Gobierno, a falta de vientos propicios, está obligado a remar, lo que exige ritmo, coordinación y músculos entrenados. La nave del Estado no avanza por inercia ni por optimismo declarativo. Avanza cuando hay dirección clara y disciplina en la ejecución.
Los apagones y la crisis de Senasa no tienen por qué ser un golpe definitivo. Pueden —deben— ser el sacudón que despierte energías dormidas. Los problemas estructurales se enfrentan y el maquillaje sobra. La electricidad intermitente erosiona confianza. La incertidumbre en la cobertura de salud inquieta a los más vulnerables. Ahí es donde el discurso presidencial debe anclar: en soluciones verificables, plazos creíbles y responsabilidades definidas.
¿Qué se espera desde la Asamblea Nacional? No fuegos artificiales, sino realismo. No cifras lanzadas como confeti, sino prioridades jerarquizadas. La República no necesita euforia. Necesita mando, método y constancia para remar cuando el viento no sopla a favor.