Y más empleados públicos

La trampa del clientelismo en la nómina pública

Pululan por los pasillos, si es que van. No necesitan escritorios ni asignaciones porque, en realidad, no trabajan. Simplemente engrosan ese ejército que los partidos nos regalan continuamente como pago de favores, recompensa de lealtades o combustible para sus maquinarias electorales.

Las cifras de la nómina pública retratan uno de nuestros males más persistentes. Nada como los números, fríos y directos, para entender el problema. En mayo de 2017 había 576,324 empleados públicos. Nueve años después,  780,060: 203,736 más, un aumento de 35.4 %. Solo entre mayo de 2025 y mayo de 2026 ingresaron 35,789 personas, equivalentes a 130 nuevos empleados cada día.

La población, naturalmente, no ha crecido a ese ritmo. La ONE estima poco más de 10.8 millones de habitantes en 2026. Tenemos, pues, aproximadamente un empleado público por cada 14 habitantes. Sería magnífico si semejante ejército hubiese producido una revolución de eficiencia. Empero, no parece que los permisos lleguen 35 % más rápido, las escuelas enseñen 35 % mejor, los hospitales curen 35 % más ni los trámites hayan perdido un tercio de sus ventanillas, sellos y peregrinaciones.

No todos sobran, naturalmente. El Estado necesita maestros, médicos, policías, técnicos y funcionarios competentes. El problema comienza cuando la nómina deja de responder a necesidades públicas y se convierte en instrumento de asistencia política: empleos para premiar lealtades, satisfacer dirigentes y alimentar clientelas.

Cada puesto innecesario consume recursos que no llegan a carreteras, hospitales, escuelas o seguridad. Tiene algo peor: se vuelve permanente.

Si algo puede criticársele a esta administración no es haber instaurado la práctica, sino haberla continuado. Adelgazar la nómina tropieza siempre con el mismo inconveniente: despedir empleados innecesarios significa disgustar compañeros necesarios.

Ahí reside la trampa nacional. Todos denuncian el clientelismo desde la oposición y descubren sus virtudes cuando llegan al Gobierno. Y nosotros pagamos la nómina.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.