La política sin relevo
La brecha entre la agenda partidaria y las preocupaciones de la juventud
Con la abstención juvenil hemos topado en estos tiempos digitales y de liviandad exasperante y exuberante. Fenómeno que se expande urbi et orbi visto que, en los países de la OCDE, los electores de 18 a 24 años votan, en promedio, menos que los adultos. En las elecciones europeas de 2024 apenas participó el 36 % de los jóvenes habilitados de 15 a 24 años.
En las elecciones dominicanas de 2024 votó el 54 % de la generación Z, casi lo mismo que el 55 % de los baby boomers. Distintas geografías, una pregunta común: ¿qué ocurre cuando una generación empieza su vida pública de espaldas a las urnas?
Lejos ya esos episodios en que la juventud marchaba, protestaba y la escasez de años contrastaba con la riqueza del programa de recomposición social que enarbolaban. Que no vote ahora es un problema: llegarán a la madurez con una relación distante con la política.
Sería cómodo achacar a la ligera la abstención a la apatía en la población de menos de 35 años, y endosarle culpas a diestra y siniestra.
Los partidos tampoco facilitan el camino a la huestes juveniles. Sus disputas, sus figuras y sus promesas suelen situarse a años luz de quienes buscan respuestas concretas sobre vivienda, empleo, ingresos o a las angustias del futuro que les espera.
Más incómodo resulta preguntarse qué han hecho las organizaciones políticas para merecer atención y confianza. El desinterés crece porque las preocupaciones de los jóvenes no encuentran lugar en la agenda pública y porque quienes hacen política no comprenden sus códigos de comunicación.
Una democracia puede sobrevivir a una elección con muchos jóvenes ausentes. Lo difícil será sostenerla si envejecen convencidos de que participar nunca sirve para cambiar nada.