Juan Pablo Duarte y la dignidad de la política

Del ideal duartiano a la crisis de valores en la política dominicana

Duarte concebía la política como un acto moral y de servicio al bien común, una visión opuesta a las prácticas actuales de beneficio personal, clientelismo y corrupción. (Fuente externa)

La figura de Juan Pablo Duarte adquiere en la República Dominicana contemporánea una vigencia particular y profundamente interpeladora. No se trata solo del Padre de la Patria consagrado en los actos oficiales y en los discursos escolares, sino de un pensador político y un ciudadano que concibió la política como uno de los oficios más sublimes del ser humano. Para Duarte, la política era un acto moral, un ejercicio de responsabilidad y sacrificio al servicio del bien común. Esa concepción choca frontalmente con muchas de las prácticas que hoy predominan en la vida pública dominicana, donde la política suele ser entendida como un medio para el beneficio personal, el clientelismo y la acumulación de poder y riquezas.

Duarte no separó nunca la acción política de la ética. Su proyecto independentista no fue simplemente un movimiento de ruptura con Haití, sino la propuesta de una república fundada en principios: soberanía nacional, respeto a la ley, libertad individual y dignidad humana. En su pensamiento, la nación debía sostenerse sobre ciudadanos conscientes, educados y virtuosos, no sobre caudillos ni intereses particulares. Por eso, Duarte rechazó toda forma de despotismo, viniera de potencias extranjeras o de líderes locales. Su ideal republicano era incompatible con la corrupción, la arbitrariedad y el culto al poder.

La vida personal de Duarte refuerza la fuerza moral de su pensamiento. A diferencia de muchos políticos de ayer y de hoy, no utilizó su compromiso con la patria para enriquecerse ni para asegurar una posición privilegiada. Vivió con austeridad, financió en gran medida el movimiento independentista con recursos propios y aceptó el sacrificio del exilio antes que traicionar sus convicciones. Murió pobre y lejos de su país, sin reconocimiento oficial en vida, pero con una coherencia ética que lo eleva por encima de las miserias de la política cotidiana.

En contraste, la realidad política dominicana actual revela una profunda crisis de valores. La política se ha convertido, en muchos casos, en un negocio rentable, donde el acceso al Estado se percibe como una oportunidad para “resolver la vida”. El descrédito de los partidos, la debilidad institucional y la desconfianza ciudadana son síntomas de esa degradación. Frente a este panorama, la figura de Duarte no funciona como un simple símbolo patriótico, sino como una crítica radical al presente.

Invocar a Duarte hoy implica mucho más que repetir sus frases o rendirle honores formales. Significa asumir su idea de la política como servicio, como entrega y como responsabilidad moral. Significa también reconocer que la crisis de la vida pública no se resuelve únicamente con reformas legales, sino con una transformación ética de la cultura política y cívica. Duarte nos recuerda que sin ciudadanos comprometidos y vigilantes, ninguna república puede sostenerse.

El ejemplo de Juan Pablo Duarte, en el contexto actual, representa una posibilidad moral: la de recuperar la política como un espacio de dignidad y no de vergüenza. Su legado interpela tanto a los gobernantes como a la sociedad en su conjunto. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de país queremos ser y si estamos dispuestos a exigir y practicar una política coherente con los ideales fundacionales de la República. En ese sentido, Duarte no pertenece solo al pasado: es una conciencia viva que sigue juzgando el presente y señalando un horizonte ético para el futuro nacional.