El realismo soberano en la política exterior de Estados Unidos

Lectura estratégica del discurso estadounidense en la República Dominicana

El discurso marca una nueva lógica de relaciones internacionales basada en soberanía, orden interno y pragmatismo. (Fuente Externa)

El reciente discurso de la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, pronunciado en la ciudad de Santiago, debe leerse como una pieza doctrinal de política exterior y no como una intervención protocolar. Su relevancia no reside únicamente en los temas abordados, sino en el marco conceptual que propone para interpretar el momento internacional actual y la forma en que Estados Unidos concibe hoy la relación entre soberanía, seguridad y prosperidad económica. Lejos de la retórica diplomática tradicional, el mensaje articula una visión coherente entre política interna y política exterior, en la que el interés nacional deja de ser una consigna para convertirse en un principio operativo del Estado.

La premisa central del discurso es clara: los líderes de cada nación tienen la obligación de proteger la soberanía, la cultura y la seguridad de sus ciudadanos. Esta idea no se presenta como una opción ideológica, sino como un deber inherente al ejercicio legítimo del poder democrático. En ese marco, la priorización del interés nacional no se interpreta como aislamiento ni como ruptura con la cooperación internacional, sino como una forma de responsabilidad estatal que permite relaciones más claras, previsibles y equilibradas entre países soberanos. Desde esta lógica, se valora que los Estados actúen con autonomía frente a presiones externas cuando estas contradicen sus realidades internas o sus prioridades estratégicas.

El discurso introduce además una crítica directa al globalismo entendido como un sistema ideológico que, en las últimas décadas, ha promovido agendas homogéneas desconectadas de los contextos nacionales. Se cuestiona el funcionamiento de determinadas estructuras multilaterales que, según el planteamiento expuesto, han derivado en mecanismos costosos, ineficientes y, en ocasiones, contrarios a los intereses de los propios Estados que las financian. La revisión y retirada de Estados Unidos de múltiples organismos internacionales se presenta como una corrección estratégica orientada a recuperar coherencia entre recursos, resultados y soberanía. No se plantea un rechazo a la cooperación internacional, sino una redefinición de sus límites: cooperación basada en intereses claros y respeto mutuo, no en imposiciones ideológicas.

Un elemento particularmente significativo del mensaje es la incorporación explícita de un marco moral en la política exterior. El discurso vincula la acción internacional con la defensa de la vida, la familia y la dignidad humana, y rechaza que la asistencia exterior sea utilizada como instrumento para imponer visiones ideológicas ajenas a esos principios. Más allá de las valoraciones individuales que este enfoque pueda generar, lo relevante es el cambio de señal: la política exterior estadounidense se presenta como una extensión de decisiones políticas adoptadas en el plano interno y respaldadas por su proceso democrático, y no exclusivamente como el resultado de consensos tecnocráticos desvinculados del control ciudadano.

En el plano económico, el discurso establece una relación directa entre seguridad, estado de derecho y desarrollo productivo. La estabilidad no aparece como una abstracción, sino como una condición concreta para que las fábricas operen, las exportaciones se consoliden, los inversionistas confíen y los empleos crezcan. Desde esta perspectiva, Santiago y toda la región del Cibao son presentadas como ejemplos de cómo el orden institucional y la previsibilidad jurídica crean entornos favorables para la industria, la logística y el comercio. Esta lectura se conecta con las estrategias de acercamiento productivo hacia países aliados y confiables, lo que abre una oportunidad real para que la República Dominicana profundice su inserción en cadenas de suministro estratégicas, desde la agroindustria y la manufactura avanzada hasta sectores tecnológicos emergentes.

El tratamiento del tema haitiano revela un enfoque de realismo estratégico que combina el reconocimiento del drama humano con una lectura clara de los límites del Estado. El discurso reconoce la necesidad de apoyar iniciativas que contribuyan a la estabilidad económica de Haití y valora mecanismos orientados a generar empleo y reducir presiones migratorias. Sin embargo, subraya que la solución no puede descansar en políticas de fronteras abiertas que trasladen el costo de la inestabilidad a los países vecinos. Un Haití más estable es presentado no solo como un objetivo humanitario, sino como una prioridad estratégica regional que fortalece la seguridad, protege el comercio y contribuye a la estabilidad de toda la región.

En esa misma línea, el discurso marca distancia respecto de enfoques migratorios que, en el pasado reciente, promovieron la apertura indiscriminada de fronteras. Se argumenta que esas políticas generaron consecuencias sociales, económicas y de seguridad que hoy son ampliamente cuestionadas, y se reivindica el control fronterizo como una función esencial del Estado moderno. Desde esta óptica, ejercer soberanía territorial no es un acto de exclusión, sino una condición para la convivencia democrática, la protección de los derechos y el desarrollo sostenible.

El mensaje concluye reafirmando que priorizar el interés nacional no implica actuar en soledad. Estados Unidos se presenta como un socio que valora a los países soberanos, estables y productivos, y que entiende que la seguridad y la prosperidad de sus aliados fortalecen también su propia estabilidad. Para la República Dominicana, el discurso supone reconocimiento y oportunidad, pero también una invitación implícita a sostener un Estado fuerte, ordenado y previsible, capaz de defender su soberanía, atraer inversión y proteger el bienestar de su población en un entorno internacional cada vez más definido por el realismo soberano.

Leído con serenidad, este discurso no exige alineamientos automáticos ni adhesiones ideológicas. Exige, más bien, comprensión del nuevo lenguaje del poder internacional. En un mundo en transición, la capacidad de leer ese lenguaje y traducirlo en decisiones institucionales inteligentes será determinante para cualquier país que aspire a proteger sus intereses nacionales, fortalecer su economía y preservar su dignidad como Estado soberano.

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.