Dos personajes postmodernos: Trump y Bad Bunny
Son productos del mismo fenómeno, aunque el presidente no lo reconozca
El recién celebrado evento deportivo del Super Bowl, una de las principales atracciones deportivas del deporte estadounidense, concitó una singular atención. Al interés que tradicionalmente despierta dicho evento, se agregó un elemento que trascendía lo deportivo, se trataba del acostumbrado entremés artístico que se presentaría en los trece minutos de descanso que separan las dos jornadas de competencia, en razón de que esta parte estaría a cargo de quien en la actualidad es una celebridad en el mundo del espectáculo en general y del latinoamericano en particular, el cantante artísticamente conocido como Bad Bunny.
El anunciado espectáculo de Bad Bunny parece haber hecho mella al dueño del espectáculo en Estados Unidos, el presidente Donald Trump, quien en la víspera del evento cuestionó e hizo público su desacuerdo. Esta inconformidad fue más explícita luego del show de medio tiempo, cuando el mandatario, con su acostumbrada estridencia afirmó: “El show del medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores de la historia”, para luego hacer una afirmación más incisiva aún: “nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”. Esta actitud de Trump despertó el orgullo latinoamericano, ahora cuestionando en un elemento fundamental para la identidad latina e hispanoamericana en general a saber: el idioma español.
De este polémico incidente, la imagen de Bad Bunny resultó fortalecida, no sólo ante los latinoamericanos, sino ante el mundo hispano en general, cuyo idioma resultó de algún modo lacerado por las diatribas proferidas por Donald Trump. Además, este apoyo concitado por el artista constituye también una clara manifestación de la consolidación de la era de la postmodernidad, la cual ha marcado desde hace más de medio siglo los fenómenos culturales del sistema capitalista actual.
La sociedad postmoderna, implica una ruptura con la modernidad, aunque hay quienes consideran que lo postmoderno constituye una etapa de la modernidad, pero este es un tema cuyo abordaje la naturaleza de este trabajo nos lo impide.
Ahora bien, lo que sí está fuera de discusión es que la posmodernidad tiene una serie de rasgos que la distancian del proyecto moderno, en este sentido Fredric Jameson, en su libro: “Teoría de la postmodernid@d”, uno de los trabajos de mayor incidencia en el debate sobre el tema, sostiene que: “En ella -la postmodernidad- desaparece la antigua frontera (característicamente modernista) entre la alta cultura y la llamada cultura de masas o comercial, y surgen nuevos tipos de textos imbuidos de las formas, categorías y contenidos de esa industria de la cultura que con tanta vehemencia han denunciado los ideólogos de lo moderno…. En efecto, a la postmodernidad le ha fascinado precisamente este paisaje “degradado”, chapucero y kitsch, de las series televisivas y de la cultura Reader´s Digest…” (Pág. 25)
La sociedad contemporánea, desde las décadas de los años sesenta y setenta, ha estado pasando por un proceso de adaptación al paradigma postmoderno, el cual ha generado sus dificultades por los contrastes que este plantea con relación a la modernidad, los cuales son de un grado tal que podríamos decir lo que afirmó Jonathan Swift en su libro: “la Batalla de los libros”, para ilustrar la querella entre los Antiguos y los Modernos: “Los primeros son como las abejas, que extraen de la naturaleza la miel que fabrican; los segundos, como las arañas, tejen sus telas con los propios excrementos” (Citado por Marc Fumaroli: “Las abejas y las arañas)
Ahora bien, en la actualidad, las estridencias propia de la rebelión postmoderna ya no escandalizan y el cuerpo social ya las ha asimilado con enorme complacencia. Este poder de asimilación el autor supracitado lo describe en los siguientes términos: “En cualquier caso, respecto a la rebelión postmoderna contra todo esto también debe señalarse que sus propias características ofensivas ya no escandalizan a nadie, desde el hermetismo y el material explícitamente sexual, hasta la crudeza psicológica y las abiertas expresiones de desafío social y político que superan todo lo que hubiera cabido pensar en los momentos más extremos del modernismo. Y no sólo se reciben con una enorme complacencia, sino que estos mismos rasgos se han institucionalizado y armonizan con la cultura oficial o pública de la sociedad occidental.” (Op. cit., Págs. 26 y 27)
Independientemente del apoyo que concitaba el tema elegido por el artista para el Super Bowl: la exaltación y reivindicación de lo latino, denigrado por Trump a través de diversas manifestaciones, concitaba apoyo. Fenómenos como el de Bad Bunny y el de Donald Trump -un político de factura también postmoderna, por lo que no se explica cómo no entiende al artista si hablan el mismo lenguaje-, son beneficiarios de este proceso de consolidación de la postmodernidad, lo cual explica el apoyo por parte de la sociedad, inentendible en tiempos del modernismo radical, a fenómenos como el de Bad Bunny, pura expresión postmoderna, y por si existe alguna duda al respecto les transcribo el contenido de la estrofa número 19 de la canción “Safaera”, de la que el artista es coautor y la cual fue cantada por él en el espectáculo deportivo: “Si te lo meto no me llame´. Que esto no e´pa que me ame´, ey. Si tu novio no te mama el culo. Pa’ eso que no mame”
Nunca había leído ni escuchado un verso -si resiste el calificativo- de las canciones Bad Bunny, y confieso que cuando leí la estrofa antes transcrita me invadió un sentimiento de vergüenza y pensé, que corto se quedó Nietzsche y su denuncia contra la simplicidad: “ o sancta simplicitas! ¡En qué extraña simplificación y falsificación vive el hombre! “¡Con qué claridad y libertad y ligereza y simplicidad nos hemos tomado todo nuestro alrededor! ¡Como supimos darle a nuestros sentidos un cheque en blanco para todo lo superficial” (F. Nietzsche: “Más allá del bien y del mal”, obras completas, volumen IV, pág. 313). Este sentimiento no significa que nos aferremos a viejos moralismos cansinos ni a vetustas tradiciones, porque estamos contestes en que estas militan en contra del desarrollo personal y social y atrofian lo más esencial de las sociedades democráticas: la diversidad. Pues como afirma Judith Shklar: “La principal amenaza de nuestro desarrollo personal no es simplemente la presión política gubernamental, sino la presión para ajustarnos a las convenciones y creencias de nuestra sociedad, a la que a menudo nos referimos como “las masas”. La sociedad tiende a imponer una uniformidad gris: se ve aplastado el genio de los individuos originales y creativos, quienes sufren la persecución, el escarnio y el rechazo y nunca desarrollan sus talentos innatos. (Judith Shklar: “Los derechos en la tradición liberal”; págs. 30 y 31)