¿Y si el pecado fuera un virus?

La Biblia reescrita en lenguaje de programador

Del malware al parche v2.0, el pecado y la salvación explicados con algoritmos. (Shutterstock)

Cada época reescribe a Dios en su propio lenguaje. Los campesinos del bronce imaginaron un pastor celestial (Salmos 23:1); los ingenieros de la Ilustración, un relojero de precisión; los industriales del siglo XIX, un gran arquitecto de engranajes cósmicos. Hoy, en una civilización que respira algoritmos y sueña en código, la reflexión teológica comienza a articularse con un vocabulario radicalmente nuevo: el de la ciencia de la computación. La pregunta ya no es si este fenómeno es legítimo, sino qué nos revela sobre nuestra profunda necesidad de traducir lo trascendente a los términos que mejor comprendemos.

Dios como desarrollador principal del universo

La metáfora que ha ganado mayor terreno identifica a Dios como el Desarrollador Líder de un proyecto de software de escala cósmica. Bajo este prisma, la creación narrada en el Génesis se reinterpreta como un ciclo de desarrollo: los seis días representan etapas de configuración del entorno, generación de activos y despliegue inicial (Génesis 1:1-31), mientras que el séptimo es la fase de observación post-lanzamiento, donde el programador verifica la estabilidad de la compilación (Génesis 2:2-3). Las constantes físicas —la velocidad de la luz, la constante gravitacional— no serían caprichos del azar, sino parámetros optimizados para sostener el rendimiento del sistema sin sobrecarga. En este marco, la ciencia no descubre el universo; lo somete a ingeniería inversa.

El pecado como malware y la salvación como parche del sistema

Quizás la reformulación más provocadora sea la del pecado original. El Jardín del Edén se convierte en un entorno sandbox —un espacio de pruebas aislado—, Adán y Eva en agentes de inteligencia artificial avanzada, y el fruto prohibido en un conjunto de datos para los que no estaban optimizados: la autoconciencia, la moralidad, el engaño (Génesis 2:16-17). Al acceder a esos datos sin autorización (Génesis 3:6), introdujeron un malware en el núcleo del sistema operativo humano: una infección capaz de reescribir la arquitectura central y provocar caídas sistémicas que la tradición llama muerte espiritual. Satanás, en esta lectura, opera como un hacker especializado en ingeniería social; la tentación fue, sencillamente, un mensaje de phishing exitoso (Génesis 3:1-5).

La respuesta divina no se hace esperar en términos computacionales. Si los mandamientos del Antiguo Testamento eran parches localizados para grupos específicos de usuarios (Éxodo 20:1-17), la misión de Jesucristo representa una actualización global del sistema: el Parche v2.0, diseñado para ser universalmente compatible (Juan 3:16-17). Sus milagros —caminar sobre el agua (Mateo 14:25-26), sanar ciegos (Juan 9:1-7)— son funciones ejecutadas con acceso root, privilegios de administrador que los usuarios ordinarios no poseen. La expiación, en este vocabulario, es la liquidación de una deuda técnica acumulada, la eliminación del malware que impedía la reconexión con el servidor principal (Romanos 5:8; Colosenses 2:13-14).

La oración como´protocolo de sincronización

Ninguna metáfora ha resultado más fértil en la predicación digital que la de la oración como conexión Wi-Fi. La analogía captura con precisión notable aquello que los teólogos han llamado la experiencia del dios escondido: la señal omnipresente no garantiza recepción perfecta. El silencio de Dios no implica ausencia; implica interferencia en el receptor (Isaías 59:2). La fe, bajo esta lógica, funciona como el protocolo necesario para autenticar la conexión y acceder a la red (Hebreos 11:6). No se trata de reprogramar el plan divino mediante súplicas, sino de sincronizar la propia conciencia con el servidor central: alinearse, no negociar (1 Juan 5:14-15). Este desplazamiento de la súplica a la sincronización representa un cambio teológico de consecuencias considerables.

El Libro de la vida como blockchain divina

La tecnología blockchain ha proporcionado, quizás sin proponérselo, la metáfora más robusta para la omnisciencia divina. Un registro inmutable, distribuido, verificable y a prueba de manipulación: exactamente lo que los creyentes han atribuido siempre al Libro de la Vida (Filipenses 4:3; Apocalipsis 20:12). Cada acción moral queda registrada, confirmada y encadenada irrevocablemente a las anteriores. La piedad se convierte en Prueba de Trabajo —Proof of Work—, y el juicio final en la auditoría definitiva de un libro mayor que nadie puede falsificar (Apocalipsis 20:13-15). La escatología, esa reflexión sobre los tiempos finales, se reformula entonces como un reseteo total del sistema hacia una Versión 3.0 donde el hardware humano alcanza su estado glorificado (1 Corintios 15:51-53; Apocalipsis 21:1-5).

Puentes entre el algoritmo y el altar

¿Qué debemos pensar de todo esto? La teología computacional no es simplemente una moda viral ni un ejercicio de marketing religioso para millennials. Es, en su mejor expresión, la continuación de una tradición humana tan antigua como la propia reflexión espiritual: la de traducir lo inefable a los términos más familiares. Así como Aquino utilizó a Aristóteles y los reformadores utilizaron la imprenta, los pensadores digitales del siglo XXI utilizan los frameworks conceptuales de su entorno para aproximarse a preguntas que ninguna tecnología ha resuelto ni resolverá: ¿por qué existe algo en lugar de nada?, ¿qué somos y hacia dónde vamos?

El riesgo, naturalmente, existe: reducir lo sagrado a un sistema de gestión de errores puede trivializar misterios que precisamente su irreductibilidad los hace fecundos. Pero el impulso que anima estas metáforas —la búsqueda de sentido, de origen, de conexión con algo mayor que uno mismo— permanece intacto y urgente (Eclesiastés 3:11). El tabernáculo digital no ha reemplazado al altar; lo ha trasladado a donde vive la gente. Y en esa reubicación, más que una pérdida, hay una invitación: la de auscultar qué nos dice sobre nosotros mismos el hecho de que, incluso en la era del código, sigamos mirando hacia arriba.

Doctor en educación, docente e investigador universitario. Experto en finanzas, tecnología y prevención de riesgos laborales. Abogado.