Los franceses se las traen

En diplomacia, como en la comedia, a veces basta un gesto para desencadenar un pequeño vodevil

Vista del Palacio del Elíseo. (Fuente externa)

En diplomacia, como en la comedia, a veces basta un gesto para desencadenar un pequeño vodevil. En París, escenario natural del drama y la ironía, el protagonista reciente ha sido el embajador estadounidense Charles Kushner, quien en menos de un año ha logrado dos incidentes diplomáticos que parecen sacados de una opereta.

Kushner no es un diplomático de carrera. Es el padre de Jared Kushner y fue condenado por delitos federales en Estados Unidos antes de recibir un indulto presidencial de Donald Trump en 2020. Ese detalle, que en otros tiempos habría complicado una carrera pública, no ha impedido que terminara representando a Washington en una de las capitales más sensibles del mundo diplomático: París.

Y París, como se sabe, tiene sus maneras.

El primer episodio ocurrió en agosto pasado. Kushner publicó una carta abierta en The Wall Street Journal dirigida al presidente francés Emmanuel Macron. En ella expresaba su “profunda preocupación por el dramático aumento del antisemitismo en Francia y la falta de acción suficiente del gobierno para enfrentarlo”.

En cualquier otro foro el debate habría sido político. Pero en diplomacia los tonos importan tanto como los contenidos. El Ministerio de Europa y Asuntos Exteriores de Francia reaccionó con visible irritación: calificó las acusaciones de “inaceptables” y convocó al embajador estadounidense para una severa reprimenda.

El segundo acto llegó hace apenas unas semanas. En Lyon, un activista de extrema derecha murió tras una pelea con militantes de extrema izquierda. La embajada estadounidense en París publicó entonces en X que el “extremismo violento de izquierda está en aumento” y que aquello “debería preocuparnos a todos”.

Para el gobierno francés aquello no fue un comentario inocente, sino una intromisión en asuntos internos. De nuevo, Kushner fue citado para explicaciones. Pero esta vez ocurrió algo todavía más curioso: el embajador no se presentó.

En el mundo diplomático, donde los rituales pesan tanto como los tratados, la ausencia fue interpretada como una descortesía mayor. La respuesta llegó rápidamente. El ministro de Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, decidió prohibir a Kushner reunirse con funcionarios del gobierno francés.

Es una sanción peculiar. No es una expulsión ni una ruptura de relaciones, pero equivale a quitarle al embajador lo esencial de su oficio. Sin acceso a los interlocutores oficiales, la diplomacia queda reducida a una actividad decorativa.

Así que, de momento, el representante de Washington en París se encuentra en una situación insólita: sigue siendo embajador, pero sin poder hacer lo que hacen los embajadores.

Todo lo cual confirma una vieja intuición europea: cuando se trata de política, protocolo y susceptibilidades nacionales, los franceses se las traen.  París, siempre tan elegante para el teatro, continúa demostrando que incluso los incidentes diplomáticos pueden tener algo de comedia.

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