Cuando el derecho se encuentra con la paz

Los desafíos de Iberoamérica y República Dominicana

Defensor del Pueblo Pablo Ulloa y Javier Cremades (fuente externa)

Hay conversaciones que uno no termina cuando se despide. Conversaciones que se quedan trabajando en silencio, que vuelven horas después con más fuerza, que ordenan intuiciones antiguas y nos obligan a preguntarnos, con mayor honestidad, qué estamos haciendo con el tiempo histórico que nos ha tocado vivir.

Eso sentí al compartir con Javier Cremades y con Óscar Arias. No fue simplemente un encuentro con dos figuras de reconocimiento internacional. Fue, sobre todo, una conversación con dos trayectorias que representan causas mayores que sus propios nombres: el derecho como límite al poder y la paz como victoria moral de la civilización sobre la violencia.

En un mundo donde la fuerza vuelve a presentarse como argumento, donde la polarización pretende sustituir al pensamiento y donde muchas democracias parecen cansadas de defenderse a sí mismas, encontrarse con voces que han dedicado su vida a sostener principios resulta profundamente aleccionador. No por nostalgia, sino por responsabilidad. No para mirar el pasado como refugio, sino para entender mejor el futuro que debemos construir.

Javier Cremades ha dedicado buena parte de su vida a defender una convicción esencial: que el Estado de derecho no es un lujo de las democracias maduras, ni un tema exclusivo de abogados, jueces o académicos. El Estado de derecho es la casa común donde la libertad no se convierte en abuso, donde la autoridad no se vuelve arbitrariedad y donde la dignidad humana encuentra protección concreta frente al poder. En tiempos de confusión, recordar eso es un acto de lucidez. En tiempos de polarización, sostenerlo es un acto de valentía.

Óscar Arias, por su parte, lleva sobre sus hombros una de esas historias que ya no pertenecen solamente a un país. Fue presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, pero más allá de los títulos representa una verdad que América Latina no debe olvidar: la paz no es debilidad, la paz no es ingenuidad, la paz no es silencio. La paz es una decisión política, una disciplina moral y una construcción institucional. La paz exige carácter, visión y una profunda confianza en que los pueblos pueden resolver sus conflictos sin destruirse.

Al escucharlos, pensé en nuestra región. Pensé en esta Iberoamérica tantas veces herida por la desigualdad, por la desconfianza, por la fragilidad institucional, por los caudillismos de distinto signo y por liderazgos que han confundido fuerza con imposición y popularidad con legitimidad. Pensé también en la República Dominicana, en su estabilidad, en su crecimiento, en su vocación democrática, pero también en sus deudas pendientes: la necesidad de convertir el desarrollo en bienestar, la ley en garantía, la gestión pública en resultados y la ciudadanía en una experiencia cotidiana de dignidad.

Porque el gran desafío de nuestros países no es escoger entre crecimiento y derechos, entre autoridad y libertad, entre orden y justicia. El verdadero desafío es comprender que ninguna de esas dimensiones se sostiene sola. El crecimiento sin derechos produce distancia. La autoridad sin libertad produce miedo. El orden sin justicia produce resentimiento. Y la democracia sin instituciones fuertes termina convertida en una ceremonia vacía, incapaz de responder al dolor real de la gente.

En República Dominicana tenemos una oportunidad histórica. Somos una nación con estabilidad política, dinamismo económico y una sociedad cada vez más consciente de sus derechos. Pero esa misma madurez nos impone una tarea mayor: hacer que el Estado funcione para todos, no solo en los indicadores generales, sino en la vida concreta de cada ciudadano. Que funcione cuando una persona reclama un servicio público. Que funcione cuando una comunidad pide ser escuchada. Que funcione cuando una familia necesita protección. Que funcione cuando la Constitución debe dejar de ser promesa escrita para convertirse en respuesta viva.

Por eso, la conversación con Cremades y Arias tuvo para mí un valor especial. Me recordó que el derecho y la paz no son conceptos abstractos. El derecho se vuelve real cuando una persona humilde puede reclamar sin miedo, cuando una comunidad olvidada es escuchada, cuando una institución responde, cuando el poder acepta límites y cuando la ley deja de ser distancia para convertirse en garantía. La paz se vuelve real cuando la política renuncia al odio, cuando el diálogo sustituye la imposición, cuando los liderazgos comprenden que ningún triunfo vale la destrucción de la convivencia.

Desde la función pública que me ha tocado ejercer, he aprendido que los derechos no se garantizan solamente con discursos. Se garantizan con presencia, con método, con instituciones que escuchan, con servidores públicos que comprenden que detrás de cada expediente hay una vida, una familia, una comunidad y una esperanza. Un servicio público constitucional no se mide únicamente por lo que tramita, sino por lo que transforma. Garantizar derechos, cuando se hace con resultados, también construye ciudadanía.

Esa fue, quizás, la enseñanza más profunda que me dejó el encuentro: el Estado de derecho y la paz necesitan servidores, no espectadores. Necesitan personas dispuestas a sostener principios cuando resulta incómodo hacerlo. Necesitan instituciones que no se rindan ante la indiferencia. Necesitan sociedades que entiendan que la democracia no se defiende únicamente en los grandes momentos de crisis, sino en cada decisión diaria que afirma la dignidad de una persona.

Javier Cremades representa la defensa del derecho como arquitectura de libertad. Óscar Arias representa la paz como obra de coraje. Uno nos recuerda que sin ley justa no hay democracia verdadera. El otro nos recuerda que sin paz no hay futuro posible. Ambos, desde caminos distintos, nos convocan a una misma tarea: construir sociedades donde el poder tenga límites, la palabra tenga valor, la dignidad tenga protección y el bien común vuelva a ser el centro de la vida pública.

Pero la mayor forma de honrar trayectorias como esas no es repetir elogios, sino asumir consecuencias. No basta con admirar a quienes han defendido el derecho y la paz; hay que preguntarse qué estamos dispuestos a hacer nosotros, desde nuestras instituciones, desde nuestras responsabilidades y desde nuestro territorio, para que esas causas no se queden en discursos, congresos o fotografías. El legado solo permanece vivo cuando alguien decide continuarlo.

Salí de ese encuentro con gratitud, pero también con una obligación. La gratitud nace de haber podido conversar con hombres que han servido a causas superiores. La obligación nace de comprender que esas causas deben bajar al territorio, tocar la vida de la gente, orientar las instituciones y formar una nueva generación de ciudadanos capaces de creer, otra vez, que la política puede ser decente, que el derecho puede proteger y que la paz puede sostener el futuro.

Al final, los pueblos no se salvan por casualidad. Se salvan cuando sus instituciones funcionan, cuando sus líderes sirven, cuando sus ciudadanos participan y cuando la ley se convierte en refugio para el débil y límite para el poderoso.

Eso pensé al conversar con Javier Cremades y Óscar Arias. Que el derecho y la paz, cuando se encuentran, nos recuerdan lo esencial: que la democracia no es solamente un sistema de gobierno, sino una forma de cuidar la dignidad humana.

Y que toda generación, si quiere merecer el futuro, debe decidir a tiempo qué legado está dispuesta a defender.

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.