Santiago Rodríguez: cuando la productividad deja de ser un producto y se convierte en una estrategia
Del cultivo al valor agregado en la producción del casabe
Mientras recorría Santiago Rodríguez descubrí que su principal riqueza no era la yuca, el casabe ni la leche. Su verdadera riqueza era la manera en que esos tres productos estaban conectados.
En Villa Los Almácigos se cultiva la yuca amarga; en Monción esa yuca se transforma en casabe; en Sabaneta la ganadería lechera aporta estabilidad y diversificación a la economía provincial. No estaba observando tres actividades económicas distintas. Estaba viendo una cadena de valor construida desde el territorio. Y comprendí que la productividad no nace cuando una provincia encuentra un buen cultivo; nace cuando logra organizar su economía para que cada municipio aporte aquello que hace mejor.
Para entender esa realidad hay que mirar la historia. Tras la Independencia de 1844, Sabaneta comenzó a poblarse con familias que abandonaron Dajabón después de los enfrentamientos militares de ese año. La región se consolidó como una zona fronteriza de vocación ganadera, donde la abundancia de tierras y bosques definió las primeras actividades económicas. En 1948 fue creada oficialmente la provincia de Santiago Rodríguez, heredando una cultura de trabajo profundamente ligada al campo.
La evolución económica de la provincia explica por qué hoy posee una identidad productiva tan particular. Primero fue la ganadería. Más tarde, la explotación de maderas preciosas abasteció la creciente demanda nacional. Posteriormente llegaron el maní y el tabaco como cultivos comerciales. Ninguno de esos ciclos fue permanente. Todos respondieron a los mercados y a las oportunidades de cada época. La constante no fueron los productos; fue la capacidad de adaptación de la provincia. (Revistas UASD )
Esa historia ofrece una primera lección de economía aplicada: las ventajas comparativas no son estáticas. Los territorios cambian cuando cambian los mercados, la tecnología y las instituciones. La productividad consiste precisamente en anticipar esos cambios y convertirlos en nuevas oportunidades.
Hoy Santiago Rodríguez parece haber encontrado un modelo más sofisticado. Villa Los Almácigos aporta la materia prima mediante la producción de yuca amarga. Monción agrega valor transformándola en casabe. Sabaneta fortalece una importante cadena ganadera y láctea que diversifica el ingreso rural.
En lugar de competir por producir lo mismo, los municipios se especializan y se complementan. Ese es uno de los principios fundamentales de la economía regional: la especialización territorial aumenta la eficiencia cuando existe integración entre los diferentes eslabones de la cadena productiva.
El caso de Monción resulta especialmente revelador. Allí se comercializa más del 85 % del casabe producido en la República Dominicana. La provincia registra alrededor de 52 fábricas, 38 asociaciones de productores y aproximadamente 5,000 familias vinculadas directa o indirectamente a esta actividad. Empresas como Casabe La Ideal producen cerca de 4,000 tortas diarias y destinan alrededor del 70 % de su producción a mercados internacionales. (Revistas UASD )
Estas cifras permiten entender la diferencia entre crecimiento y productividad. Una raíz de yuca vendida como materia prima tiene un valor económico limitado. Esa misma raíz convertida en casabe incorpora procesamiento, empleo industrial, empaque, logística, comercialización y acceso a mercados internacionales. La riqueza no aumenta porque se sembró más tierra; aumenta porque cada etapa agrega conocimiento y valor. Esa es la esencia de la productividad.
La cadena láctea cumple un papel igualmente estratégico. Mientras la yuca y el casabe concentran una parte importante de la actividad agroindustrial, la producción de leche reduce la dependencia de un solo producto y genera encadenamientos con transporte, refrigeración, servicios veterinarios, comercio y pequeñas industrias de derivados. En economía, la diversificación disminuye el riesgo y fortalece la resiliencia de un territorio frente a cambios en los precios o en las condiciones climáticas.
Sin embargo, toda cadena de valor tiene un punto crítico. La reciente escasez de yuca amarga provocó que más del 80 % de las fábricas de casabe de Monción redujeran o paralizaran sus operaciones, recordándonos que la transformación industrial depende de una producción agrícola suficiente y planificada. La productividad no consiste únicamente en fabricar mejor; también exige asegurar el abastecimiento de la materia prima, invertir en investigación, mejorar el rendimiento por tarea y coordinar a productores, industria y financiamiento.
Durante una conversación con César, presidente de la Cámara de Comercio y Producción, escuché una reflexión que sintetiza el desafío de la provincia. Me dijo: “Siempre nos han traído el desarrollo a través de lo que quieren las empresas de fuera; porque nosotros como provincia no hemos podido desarrollar lo que queremos ser; por falta de un plan que nos una.”
Su comentario va mucho más allá de Santiago Rodríguez. Durante décadas, muchas provincias dominicanas crecieron respondiendo a oportunidades aisladas o a decisiones tomadas fuera de su territorio. El siguiente paso del desarrollo dominicano consiste en que cada provincia construya su propia estrategia económica, identifique sus ventajas competitivas y oriente las inversiones públicas y privadas hacia una visión compartida.
El artículo 218 de la Constitución establece que el Estado debe promover el desarrollo equilibrado y fortalecer el aparato productivo nacional. Esa tarea no comienza en Santo Domingo; comienza en el territorio. Comienza cuando los productores acuerdan una visión común, cuando las cooperativas fortalecen las cadenas de valor, cuando las universidades investigan los problemas reales de la producción y cuando las instituciones públicas dejan de trabajar por separado para construir una agenda económica compartida.
Mientras regresaba de Santiago Rodríguez pensaba que las provincias, al igual que las personas, también tienen memoria. La ganadería, la madera, el maní, el tabaco, la leche y el casabe no representan actividades inconexas; cuentan la historia de una provincia que ha sabido reinventarse cada vez que cambian las condiciones económicas.
La verdadera pregunta ya no es qué producto definirá el próximo ciclo de Santiago Rodríguez. La pregunta es si la provincia será capaz de convertir esa extraordinaria capacidad de adaptación en un proyecto común de desarrollo. Porque, al final, la productividad no nace de un cultivo. Nace cuando un territorio convierte su historia económica en una estrategia para construir su futuro.
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