El verdadero reto del turismo dominicano no es traer más turistas
La propuesta de Rainieri para elevar el gasto turístico
Durante años, República Dominicana ha medido buena parte de su éxito turístico con una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántos turistas llegaron al país? Y, ciertamente, las cifras de llegada son importantes. Representan empleos, inversión, divisas, actividad económica y oportunidades. Pero quizás ha llegado el momento de hacernos una pregunta diferente: ¿cuánto valor estamos generando con cada turista que nos visita y cuánto de ese valor se queda realmente en el país?
Esa pregunta adquiere especial relevancia a partir de una reflexión planteada por Frank Rainieri, uno de los grandes visionarios del turismo dominicano, quien ha sostenido que el país debe aspirar a elevar considerablemente el gasto diario de los turistas, incluso hasta alcanzar los 300 dólares por visitante. No se trata de una meta para mañana, sino de una visión de hacia dónde debería caminar nuestra industria turística. (Diario Libre )
La realidad actual demuestra que existe espacio para crecer. En 2025, el gasto promedio diario de los turistas extranjeros no residentes rondó los 170.94 dólares. (Diario Libre ) Es decir, el desafío ya no es solamente conseguir que más personas lleguen a nuestras costas. El verdadero desafío consiste en conseguir que quienes llegan encuentren suficientes razones para quedarse más tiempo, salir del hotel, conocer nuestras comunidades, consumir nuestros productos, disfrutar nuestra gastronomía, participar en actividades, comprar artesanía, practicar deportes y vivir experiencias por las que estén dispuestos a pagar.
Porque hay una verdad que deberíamos asumir: el turista no gasta más simplemente porque nosotros queramos que gaste más; gasta más cuando encuentra más cosas que valen la pena comprar.
Y aquí comienza una conversación mucho más profunda sobre el futuro del turismo dominicano.
República Dominicana no puede continuar pensando su turismo como si el país tuviera un solo destino. Tenemos que entender que cada provincia, cada ciudad y cada región posee encantos particulares que pueden convertirse en productos turísticos con identidad propia.
Punta Cana tiene su historia, sus playas, su infraestructura y una extraordinaria capacidad para atraer visitantes. Puerto Plata tiene el mar, la montaña, su arquitectura, su historia y una identidad turística propia. Samaná posee una riqueza natural extraordinaria. La Romana y Bayahíbe tienen condiciones excepcionales para combinar naturaleza, mar, cultura y experiencias. Santo Domingo tiene una ciudad colonial que forma parte de la historia universal, además de gastronomía, cultura, entretenimiento y vida nocturna. Santiago y el Cibao tienen música, gastronomía, tabaco, producción agrícola, cultura, tradición y una identidad profundamente dominicana.
Y podríamos seguir recorriendo el mapa: Miches, Barahona, Pedernales, La Vega, Jarabacoa, Constanza, San Juan, Monte Cristi, Bonao y tantas otras comunidades que tienen paisajes, historias, tradiciones, gastronomía, ríos, montañas, playas, artesanía, música, deportes y manifestaciones culturales que pueden convertirse en experiencias turísticas.
El país no carece de atractivos; lo que necesitamos es convertir esos atractivos en destinos.
Ese es, probablemente, uno de los grandes retos de la próxima etapa del turismo dominicano.
Durante mucho tiempo hemos hablado de atraer turistas. Ahora debemos hablar de distribuir el turismo. No necesariamente para sacar al visitante de los grandes complejos hoteleros, sino para crear suficientes razones, condiciones y seguridad para que quiera conocer lo que existe más allá de ellos.
El turista que llega a Punta Cana puede tener una razón para visitar otra región. El que llega por Santo Domingo puede descubrir Santiago, Puerto Plata o Samaná. El que visita el Sur puede encontrar una experiencia que lo motive a prolongar su estadía. El que viene por negocios puede descubrir nuestra gastronomía, nuestra cultura, nuestros eventos deportivos y nuestros espacios naturales.
La clave está en construir conexiones entre los destinos.
Para lograrlo necesitamos carreteras adecuadas, seguridad vial, transporte eficiente, señalización, limpieza, espacios públicos dignos, conectividad digital, capacitación del personal, seguridad ciudadana, protección ambiental y una oferta de entretenimiento que permita al visitante consumir experiencias fuera del hotel.
Rainieri ha señalado precisamente la seguridad vial, la gastronomía, el deporte y la artesanía como áreas con potencial para incrementar el gasto turístico. (Diario Libre ) Y esa reflexión contiene una enseñanza importante: el turismo no termina en la habitación del hotel.
Un turista puede pagar por dormir, pero también puede pagar por comer, transportarse, conocer, aprender, jugar, comprar, navegar, caminar, asistir a un espectáculo, visitar un museo, participar en una actividad deportiva, contratar una excursión o descubrir una comunidad.
Ahí está la verdadera oportunidad.
Por eso, necesitamos pasar de una visión de turismo basada fundamentalmente en habitaciones ocupadas a una visión de turismo basado en experiencias.
Y para ello debemos incentivar el desarrollo turístico de cada territorio de acuerdo con aquello que lo hace diferente.
No tendría sentido convertir todas nuestras provincias en una copia de Punta Cana. Precisamente lo contrario: debemos evitar la uniformidad. La diversidad es nuestro producto.
Una provincia puede desarrollar turismo de naturaleza; otra, turismo histórico; otra, turismo gastronómico; otra, turismo deportivo; otra, turismo de aventura; otra, turismo cultural; otra, turismo de bienestar. Algunas pueden combinar varios de estos elementos.
Lo importante es identificar el encanto de cada territorio, protegerlo, organizarlo, invertir en él y llevarlo al máximo de sus posibilidades.
Si una comunidad tiene un río extraordinario, hay que preguntarse qué infraestructura necesita para convertirlo en una experiencia turística sostenible. Si tiene una montaña, hay que crear senderos, seguridad, señalización y servicios. Si tiene una tradición gastronómica, hay que convertirla en una ruta culinaria. Si tiene una historia particular, hay que contarla. Si tiene artesanos, hay que crear espacios donde sus productos puedan llegar al visitante. Si tiene talento musical, cultural o deportivo, hay que convertirlo en parte de la oferta.
El desarrollo turístico no debe comenzar preguntando qué tiene el turista, sino preguntando qué tiene cada comunidad que el turista todavía no conoce.
Y en esto Punta Cana representa una lección extraordinaria.
Punta Cana no siempre fue lo que conocemos hoy. Su desarrollo comenzó en 1971, cuando Frank Rainieri y Theodore Kheel emprendieron la construcción de un proyecto turístico en una zona que entonces era profundamente aislada. El propio Grupo Puntacana recuerda que en aquella época no existía siquiera una carretera adecuada de acceso y que el proyecto comenzó con una infraestructura muy pequeña. (Punta Cana )
Lo que ocurrió después demuestra que los grandes destinos no aparecen por casualidad. Se construyen con visión, inversión, infraestructura, planificación, perseverancia y una idea clara de futuro.
Por eso, Punta Cana no debería ser vista como el problema de la concentración turística dominicana; debería ser vista como una prueba de concepto.
Si fue posible transformar un territorio aislado en una de las marcas turísticas más reconocidas del Caribe, la pregunta que debemos hacernos es por qué no podemos desarrollar otros grandes polos turísticos, cada uno con su propia identidad.
No necesitamos otro Punta Cana idéntico a Punta Cana.
Necesitamos encontrar el Punta Cana que existe, con identidad propia, en cada rincón de la República Dominicana.
Ahí es donde la visión turística puede convertirse verdaderamente en una política de desarrollo nacional.
Porque cuando un turista visita una comunidad y consume en un restaurante local, compra una artesanía, utiliza un transporte, contrata un guía, visita un museo, participa en una excursión o compra un producto elaborado en esa localidad, el turismo deja de ser solamente una actividad de hoteles y pasa a convertirse en una herramienta de desarrollo económico territorial.
Eso significa que aumentar el gasto turístico no debe entenderse únicamente como conseguir que el visitante pague más por su habitación. Significa crear una economía alrededor del visitante.
Y esa economía puede beneficiar al pequeño empresario, al artesano, al agricultor, al pescador, al guía turístico, al transportista, al restaurante, al artista, al emprendedor y a miles de dominicanos que no necesariamente trabajan dentro de un hotel.
Por eso, el próximo salto del turismo dominicano debería medirse con tres preguntas: ¿cuántos turistas llegan?, ¿cuánto gasta cada uno? y ¿en cuántos lugares del país se genera ese gasto?
Si conseguimos aumentar las tres variables simultáneamente, habremos dado un salto cualitativo.
Más visitantes. Mayor gasto. Mayor distribución territorial.
Ese debería ser el nuevo horizonte.
Y para alcanzarlo necesitamos una política pública que no se limite a promocionar el país en el exterior, sino que identifique el potencial turístico de cada provincia y construya una verdadera hoja de ruta nacional.
Un mapa turístico de la República Dominicana que no solamente indique dónde están los hoteles, sino dónde están nuestras historias, nuestros sabores, nuestras montañas, nuestros ríos, nuestras playas, nuestros pueblos, nuestras fiestas, nuestros artistas, nuestros artesanos, nuestros deportes y nuestras tradiciones.
Un mapa que conecte aeropuertos con comunidades, hoteles con restaurantes, destinos con carreteras, naturaleza con infraestructura, cultura con visitantes y emprendimientos locales con mercados internacionales.
Porque el futuro del turismo dominicano no puede depender exclusivamente de que sigamos recibiendo millones de personas. Debe depender de nuestra capacidad para hacer que cada visitante encuentre más razones para gastar, quedarse y regresar.
República Dominicana tiene algo que muchos destinos quisieran tener: diversidad en un territorio relativamente pequeño.
Tenemos mar, montaña, historia, cultura, música, gastronomía, deporte, naturaleza, ciudades, pueblos y una identidad que no necesita ser inventada.
Lo que necesitamos es organizarla, desarrollarla y venderla al mundo.
Quizás esa sea la verdadera evolución que debe experimentar nuestra industria turística: pasar de preguntarnos cuántos turistas queremos traer a preguntarnos qué país queremos mostrarles y cuánto de ese país queremos que ellos puedan conocer.
Porque el gran objetivo no debería ser solamente llenar hoteles y aeropuertos.
Debería ser llenar de oportunidades a nuestras comunidades.
Y si alguna vez logramos que un turista llegue a República Dominicana por Punta Cana, pero termine hablando de la gastronomía de Santiago, las montañas de Jarabacoa, la historia de Santo Domingo, las playas de Samaná, la naturaleza de Pedernales, la cultura de Puerto Plata o cualquier otra experiencia que haya descubierto en el camino, entonces habremos conseguido algo mucho más importante que atraer turistas.
Habremos construido un verdadero destino turístico nacional.
Ese debería ser el próximo gran salto de la República Dominicana: no solamente tener una industria turística grande, sino tener un país turísticamente diverso, conectado, competitivo y capaz de convertir cada uno de sus encantos en una oportunidad de desarrollo.
Porque nuestro mayor potencial turístico quizás no esté en el próximo millón de turistas que podamos traer.
Está en los millones que ya vienen y en todo lo que todavía no les hemos dado razones para conocer, disfrutar y consumir.