El verdadero outsider

La definición del outsider y sus distintas estrategias de poder

El contexto dominicano y la confianza en los partidos tradicionales. (shutterstock)

El outsider se ha convertido en una figura recurrente de la política contemporánea. Aparece en democracias y bajo ideologías distintas, por caminos que pocas veces se parecen. Pero, ¿qué es realmente un outsider?

En sentido estricto, es alguien que construye buena parte de su legitimidad sobre el hecho de no pertenecer - o presentarse como extraño - a las élites y estructuras tradicionales del sistema. Su principal activo no es la experiencia política, sino la distancia.

Donald Trump ofrece uno de los ejemplos más conocidos. Antes de competir por la Presidencia de Estados Unidos nunca había ocupado un cargo público. Sin embargo, no creó un nuevo partido: escogió competir dentro del Partido Republicano. Un outsider no necesita destruir los partidos tradicionales, puede conquistarlos.

La historia estadounidense ofrece también el contraste. En 1992, Ross Perot desafió a los dos grandes partidos y obtuvo el 18.9 % del voto popular, pero no alcanzó la Presidencia. Interpretar el descontento no basta para conquistar el poder.

Nayib Bukele siguió otro camino. Había sido alcalde del FMLN, pero rompió con esa organización y construyó su liderazgo presentándose como alternativa frente a las estructuras que habían dominado El Salvador durante décadas.

Existe, además, una paradoja: no se llega a ser outsider copiando a otro. Cuando un liderazgo reproduce la estética o las estrategias de quienes antes desafiaron al sistema, la ruptura se convierte en fórmula y la rebeldía en escenografía. A ello se suma un nuevo ecosistema de comunicación. Los algoritmos tienden a amplificar la confrontación y el lenguaje directo. La política ya no disputa solamente votos, disputa segundos de atención. En ese terreno, un buen plan de gobierno puede competir en desventaja frente a quien sabe capitalizar emociones en un clip de 15 segundos.

Los datos ayudan a comprender el fenómeno. Meses antes de las elecciones estadounidenses de 2016, y antes de la nominación de Trump como candidato republicano, Pew Research registraba que el 58% de los votantes estaban insatisfechos con las opciones presidenciales. En El Salvador, Latinobarómetro 2018 registraba apenas un 6% de confianza en los partidos. Ambos ganaron la Presidencia. No existe necesariamente una relación causal. Pero el outsider parece encontrar mayor espacio cuando coinciden desconfianza y la percepción de que el sistema ha perdido capacidad para interpretar las expectativas sociales. Puede ser menos una causa que un síntoma.

Al llegar al poder surge otra contradicción. Aquel que cuestionó las instituciones descubre que necesita de ellas para gobernar: burocracias, mayorías legislativas y presupuestos. Cuando el poder y sus contrapesos dejan de entenderse, ambos pueden debilitar el equilibrio institucional que están llamados a preservar.

¿Existen en República Dominicana condiciones semejantes?

A medida que se acerca 2028, la idea aparece con mayor frecuencia. Pero conviene no confundir audiencia con comunidad, notoriedad con liderazgo, seguidores con electores ni capacidad de captar atención con capacidad de construir mayorías.

El caso dominicano sugiere algunos datos interesantes. Según Latinobarómetro 2024, el 28% de los dominicanos expresa confianza en los partidos políticos, frente al 17% regional. Además, el 62% considera que sin partidos no puede haber democracia, frente al 50% latinoamericano. El Banco Mundial señala además que durante las últimas dos décadas cerca de tres millones de dominicanos han salido de la pobreza y que la clase media supera en tamaño a la población pobre. La pobreza monetaria se redujo de 23.4% en 2020 a 17.3% en 2025. Pero el progreso económico no siempre elimina la demanda por renovación. Una sociedad que progresa eleva sus expectativas sobre servicios públicos, seguridad, transporte y transparencia. Una sociedad que avanza exige más de sus políticos.

Por eso, la pregunta dominicana no debería limitarse a identificar si hay espacio para un outsider. Deberíamos preguntarnos si los partidos evolucionan al mismo ritmo que la sociedad. ¿Se sienten representadas las nuevas generaciones? ¿Pueden producir liderazgos capaces de representar lo nuevo sin romper con sus estructuras?

Quizás ahí cobre relevancia el insider con atributos de outsider. Un liderazgo nacido en el sistema, pero con ideas y fuerza propias; con experiencia para comprender las instituciones y autonomía para desafiar sus inercias. Alguien capaz de pertenecer sin depender, de conocer las reglas sin quedar condicionado a ellas y de representar renovación sin negar su trayectoria. Su principal atributo seria conservar, aun desde dentro, la capacidad de mirar críticamente aquello de lo que forma parte. La ruptura no sería de origen, sino en su manera de ejercer el liderazgo y su capacidad para hacer las cosas de manera diferente.

Francis Fukuyama ha utilizado el concepto de “political decay” para describir cómo las instituciones pueden deteriorarse cuando dejan de adaptarse a circunstancias cambiantes. Si los partidos no evolucionan al mismo ritmo que la sociedad, dejan espacios que otros terminan ocupando. El anti-establishment no aparece simplemente porque alguien decide desafiar al sistema. Emerge cuando una parte de la sociedad siente que el sistema ha dejado de representarla. No son necesariamente la causa de una crisis de representación. Muchas veces son su expresión.

Doctor en Derecho magna cum laude por la Universidad Iberoamericana (Unibe) con maestría en Estudios Internacionales del Derecho por la Universidad de Georgetown, además de otra en Negocios y Políticas Públicas de la Escuela de Derecho.