La Romana: multiplicar el valor
La Romana como modelo de diversificación relacionada y desarrollo económico territorial
La productividad de un territorio no depende únicamente de cuánto produce, sino de cuántas actividades económicas consigue construir alrededor de aquello que aprendió a hacer bien. La Romana ofrece uno de los ejemplos más interesantes del país: una economía que comenzó alrededor de la caña y que, con el tiempo, incorporó industria, zonas francas, turismo, manufactura especializada, puerto, aeropuerto y servicios. Su próximo desafío ya no es simplemente diversificarse, sino conseguir que esa diversidad produzca cada vez más encadenamientos, empresas locales, conocimiento y valor para toda la provincia.
Durante mi recorrido por La Romana pensé que pocas provincias dominicanas permiten observar con tanta claridad lo que los economistas llaman diversificación relacionada: utilizar capacidades desarrolladas en una actividad para abrir nuevas actividades. La agricultura creó infraestructura; la industria demandó trabajadores y servicios; esa experiencia facilitó manufactura exportadora; la necesidad de alojamiento acompañó el desarrollo turístico; y posteriormente el puerto y el aeropuerto ampliaron la conexión del territorio con mercados internacionales. Lo importante no es que estas actividades existan simultáneamente, sino comprender cuánto pueden producir cuando comienzan a conectarse.
La provincia tenía 287,914 habitantes según el Censo de 2022, pero su peso económico resulta considerablemente mayor de lo que sugeriría su tamaño poblacional. Entre enero y agosto de 2026 exportó 504.2 millones de dólares, un crecimiento interanual de 14.3 %, colocándose entre las principales provincias exportadoras de la República Dominicana. Y su canasta demuestra que La Romana hace tiempo dejó de depender exclusivamente del azúcar: cigarros, artículos de joyería e instrumentos médicos figuran entre sus principales productos de exportación.
La caña, sin embargo, sigue siendo indispensable para comprender cómo comenzó esa transformación. Central Romana inició operaciones en 1912 y en 1926 dejó de enviar la caña para ser procesada fuera del país, comenzando a industrializar localmente toda su producción. Un siglo después, durante la zafra 2024-2025, reportó una molienda de 3.21 millones de toneladas cortas de caña, de las cuales obtuvo unas 306,904 toneladas de azúcar, más de 180,000 toneladas de azúcar refino y 21.54 millones de galones de melaza. La empresa reportó además que el uso combinado de cosechadoras y cargadoras mecánicas se acercaba al 60 % del corte, una adaptación vinculada, entre otros factores, a la disponibilidad de mano de obra. Ahí aparece la productividad en su forma clásica: tecnología, mecanización y organización para obtener mayor capacidad de respuesta de los factores disponibles.
Pero la lección más interesante de La Romana comienza cuando dejamos de mirar solamente el azúcar. En 1969 se instaló allí el primer parque de zonas francas del país, inicialmente como una respuesta a la necesidad de generar nuevas fuentes de empleo. Aquella decisión terminaría acogiendo actividades manufactureras completamente diferentes de la economía cañera, incluida la producción de cigarros. En 2025, los parques La Romana I y La Romana II sumaban 8,713 empleos directos, de acuerdo con el Consejo Nacional de Zonas Francas.
Ese dato explica por qué la provincia merece ser observada como algo más que una economía turística o azucarera. La estructura exportadora incluye manufacturas de alto valor y distinta intensidad tecnológica. El perfil territorial de ProDominicana identifica entre sus principales productos cigarros, joyería e instrumentos médicos; y ya en 2023 las exportaciones provinciales alcanzaban 631 millones de dólares, con Estados Unidos absorbiendo alrededor del 88 % de ellas. La evolución hasta los 504.2 millones de dólares acumulados solo en los primeros ocho meses de 2026 confirma que la plataforma exportadora continúa teniendo un peso nacional significativo.
El turismo añadió otra capa a ese proceso. Lo interesante de su origen es que tampoco apareció completamente aislado de la estructura productiva precedente. La necesidad de alojamiento generada por nuevas actividades empresariales llevó primero al Hotel Romana y posteriormente al desarrollo de Casa de Campo. Después llegaron bienes raíces, marina, campos de golf y una infraestructura turística con alcance internacional. Más adelante, el territorio incorporó un aeropuerto internacional y fortaleció su puerto, conectando turismo, comercio y movilidad en una misma plataforma.
Por (Cedida por Pablo Ulloa)
El puerto muestra bien esa capacidad de conexión. Durante 2025, La Romana recibió 278,791 cruceristas en 110 operaciones, aproximadamente el 10 % del total nacional, lo que la colocó como el tercer punto de recepción de cruceristas del país. Cada visitante que desembarca representa una oportunidad económica, pero el verdadero indicador de productividad no es solamente cuántas personas llegan, sino cuánto valor logra capturar el territorio de cada llegada mediante transporte, gastronomía, comercio, excursiones, cultura, servicios y pequeñas empresas.
Ahí aparece para mí la próxima gran discusión de La Romana. La provincia ya demostró que puede diversificar empresas y sectores; ahora debe profundizar la diversificación territorial. No basta con que existan simultáneamente un ingenio, zonas francas, un resort, un aeropuerto y un puerto. El salto superior ocurre cuando el hotel compra más productos locales, cuando una pyme puede convertirse en proveedor de una gran industria, cuando la universidad forma exactamente el talento que demandan las empresas, cuando un crucerista consume dentro de la ciudad y cuando el conocimiento adquirido en una zona franca termina fortaleciendo otras empresas del territorio.
Esa es también la importancia de instituciones como la Cámara de Comercio y Producción de La Romana, presidida por Juan Francisco Melo. En 2026 la Cámara ha colocado entre sus preocupaciones la agilización de la permisología para proyectos de inversión y ha fortalecido la relación entre universidad y empresa mediante acuerdos con UNIROMANA. Ambos asuntos parecen distintos, pero forman parte de una misma ecuación productiva: una inversión pierde rendimiento cuando tarda excesivamente en completar trámites, y una empresa pierde competitividad cuando no encuentra el capital humano que necesita.
La institucionalidad pública tiene una responsabilidad equivalente. La gobernadora Ivelisse Mercedes Méndez encabeza la representación del Gobierno central en la provincia, mientras el alcalde Eduardo Kery Metivier administra una ciudad sometida a la presión que generan industria, turismo, comercio y tránsito. La Alcaldía ha trabajado junto al INTRANT y al sector transporte en medidas de movilidad y reorganización del tránsito pesado. Esto no es un asunto separado de la productividad: una mercancía pierde competitividad cuando moverla cuesta demasiado, un trabajador pierde horas cuando la ciudad se congestiona y un destino turístico pierde calidad cuando su espacio urbano no acompaña el dinamismo de su economía.
Por eso La Romana también obliga a mirar con atención la relación entre el gran enclave productivo y la ciudad que lo rodea. Una provincia puede exhibir cifras extraordinarias de exportación, turismo e inversión y, al mismo tiempo, necesitar que una proporción mayor de ese dinamismo circule por sus barrios, empresas y trabajadores. La productividad territorial se vuelve más sólida cuando el crecimiento de las grandes actividades crea mercados para pequeños negocios, eleva salarios mediante conocimiento y habilidades, estimula nuevos emprendimientos y fortalece los servicios públicos que utiliza toda la población.
Aquí está, precisamente, la enseñanza que considero más valiosa. Durante mucho tiempo asociamos diversificación con abandonar una actividad para comenzar otra. La Romana demuestra un camino distinto. La diversificación también puede construirse acumulativamente: la agricultura desarrolla infraestructura; la industria genera capacidades; esas capacidades atraen manufactura; la manufactura abre conexiones internacionales; el turismo utiliza esa conectividad; y el puerto y el aeropuerto multiplican las posibilidades del conjunto.
El reto ahora consiste en evitar que esas capacidades funcionen como islas.
Si un productor local puede vender a hoteles, si una empresa de servicios puede suplir simultáneamente a zonas francas y turismo, si los jóvenes formados en la provincia pueden acceder a los empleos tecnológicos que generan las exportaciones, y si puerto, aeropuerto, ciudad e industria operan bajo una lógica territorial común, La Romana estará produciendo algo más importante que azúcar, cigarros, instrumentos médicos o habitaciones hoteleras: estará produciendo un ecosistema económico.
Esa es una diferencia fundamental. Un producto puede tener un buen año; un ecosistema productivo puede resistir décadas. Una empresa puede generar miles de empleos; un territorio bien articulado puede generar generaciones de empresas.
La Romana ya hizo una parte difícil del recorrido: pasó de una economía construida alrededor de la caña a una estructura donde conviven agroindustria, manufactura, turismo, logística y servicios. Su próximo salto consiste en conseguir que una mayor proporción de esas actividades compre, contrate, forme, transforme y reinvierta dentro del propio territorio.
Porque la productividad alcanza su mayor expresión cuando dejamos de preguntar solamente cuánto produce una provincia y comenzamos a preguntar cuánto valor nuevo es capaz de construir alrededor de todo lo que ya produce.
Ese puede ser el próximo capítulo de La Romana: no simplemente diversificar su economía, sino multiplicar el valor de sus conexiones.