Esos abrazos
Una investigación publicada en 2012 en el Journal of Science Psychology, “reveló que los abrazos reducen de forma significativa la preocupación por morir y mejoran nuestra actitud ante los miedos existenciales.” El dato está reseñado en una entrada del blog demamas&depapas y pone a pensar en el déficit de abrazos con que va a cerrar este 2020.
Es cierto que empiezan a caer barreras y ya hay encuentros en los que instintivamente el abrazo se da, con la cabeza girada de forma extraña y el cuerpo despegado y con mascarilla, por supuesto. Lo del saludo con el codo o con el puño está muy interiorizado pero no tiene futuro.
Dan ganas de achuchar a los niños y a los viejos. Muchas. De abrazar a las amigas y de que te den palmadas en la espalda por lo menos una vez a la semana. No todo es malo, estamos ganando distancia en las filas, lo que se agradece enormemente porque tener pegado a un desconocido en una cola es un incordio insufrible especialmente desde que se inventaron los teléfonos celulares.
Los abrazos, según el Journal of Science Psychology, nos ayudan a soportar los miedos existenciales. Y en esta extraña pandemia que se alarga (¿recuerdan cuando se decía que el calor del verano acabaría con el virus?) los miedos existenciales son reales, no fingidos.
También es cierto que hay abrazos que sobran, abrazos fingidos y traidores, abrazos que sobrepasan cualquier protocolo o cortesía. Abrazos que ahogan, otros que aburren y abrazos que dan escalofríos.
Volveremos a abrazarnos. De hecho y a pesar de las recomendaciones... ya hemos empezado.
(Puede alegar miedo a morir).
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