Historias sin verdades

Dicen que la primera baja de cualquier guerra es la verdad, pues como dice la canción, “cada quien cuenta el cuento a su manera”.

En la guerra civil peledeísta, los discursos de los dos napoleones han tenido como característica esencial la deformación de la verdad histórica, el acomodo del pasado a las conveniencias de cada parte en conflicto.

Esto no debiera de extrañar porque el hombre siempre repite conductas y errores, pero en una época caracterizada por el despliegue extraordinario de medios de comunicación, en la cual cada persona es cronista y bibliotecaria de recursos gráficos, los protagonistas de las historias debieran tener más cuidado con lo que cuentan, pues prácticamente todo lo que se hizo o se dijo en público está documentado y es fácil contrastarlo con la versión de ahora.

Esta actitud no solo desacredita el mensaje que se quiere enviar y disminuye las influencias que se quieren sembrar, sino que también rebaja la estatura de los mariscales de campo que dirigen la refriega.

La historia está llena de ejemplos de grandes hombres que cuando han perdido la ecuanimidad, movidos por el rencor o por cualquiera de las pasiones bajas, han olvidado su posición cimera y se han comportado en la discusión, al decir de Stefan Zweig de Napoleón, “como una lavandera de patio”.

Un consejo no pedido: no sobrestimen su capacidad para enjaular al país en una lucha sin más trascendencia que la de los estrechos confines del rencor. El país ha pasado peores y sigue en pie. Recuerden con Zweig: “La historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista no toma en cuenta más que los resultados”.