La buena suerte de Pedro Botello
Es inexplicable que pasen los días y el diputado Pedro Botello siga sin ser amonestado. Arrojar piedras contra el Congreso no es aceptable en ninguna democracia que se respete, pero ser diputado y encabezar la manifestación que las lanza es desconocer absolutamente la función para la que fue elegido.
El diputado Botello tiene suerte. Imagine que usted organiza una marcha hacia su empresa, llama a un grupo de enfadados para que le secunden y la protesta termina con las ventanas rotas. Es muy probable que usted fuera, como se dice ahora... “desvinculado” ipso facto.
Botello el diputado no corre ese riesgo. Puede ser que no tenga clara la diferencia entre inmunidad e impunidad o que sus compañeros de partido y los colegas de curul encuentren que es una de esas cosas que pasan, una travesura, una gracieta...
A los legisladores les pedimos mucho de palabra pero en realidad les exigimos muy poco.
Tampoco somos, los ciudadanos, muy exigentes con los partidos. Son los que elaboran las listas que votaremos y que llevan a sus afiliados a ocupar posiciones de enorme poder. Un poder tan grande que regulan nuestra vida diaria con sus decisiones o con sus indecisiones. Y la verdad es que los requisitos y los controles para conformar esas propuestas, las listas electorales, no suelen ser excesivamente rigurosos.
Si el Partido Reformista Social Cristiano languidece a duras penas, si sobrevive con la respiración asistida que le prestan sus aliados cada cuatro años quizá se deba a esta permisividad. A los ciudadanos nos toca obligar a los partidos a subir su nivel de exigencia.
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